POR: DR. JORGE JINCHUÑA HUALLPA
El precio del cobre pasó de US$ 4.15 por libra en 2024 a US$ 6.27 por libra en junio de 2026, según la serie del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP), lo que implica un incremento aproximado de 51%.
Esta subida no proviene necesariamente de una mayor producción, sino de una mejora extraordinaria del precio internacional. El BCRP registra el cobre LME en centavos de dólar por libra como indicador oficial de cotización externa.
Para una empresa cuprífera, el efecto económico es directo: si mantiene el mismo volumen producido, sus ingresos aumentan solo por precio. Por cada libra vendida, el ingreso adicional sería de US$ 2.12 frente al promedio de 2024. En una minera que exporta millones de libras, ello se convierte en ganancias extraordinarias o “renta minera de precio”, sin necesidad de ampliar capacidad productiva.
El mercado confirma este ciclo alcista: el cobre llegó a US$ 6.43 por libra el 12 de junio de 2026, 35.66% más que un año antes, y alcanzó máximos históricos en junio de 2026. Reuters también reportó precios LME cercanos a US$ 13,572 por tonelada el 10 de junio de 2026, equivalentes a niveles excepcionalmente altos. El fundamento de esta subida está en la combinación de demanda global por electrificación, inteligencia artificial, redes eléctricas y vehículos eléctricos, junto con restricciones de oferta minera y tensiones geopolíticas.
Desde la economía política, el problema es distributivo: las empresas mineras capturan mayores utilidades por una variación externa del mercado, mientras regiones productoras como Arequipa, Moquegua o Tacna esperan que ese excedente retorne vía canon, regalías, impuesto a la renta, empleo e inversión territorial.
Por ello, cuando el precio sube de US$ 4 a más de US$ 6 por libra, no solo hay bonanza empresarial: también debería abrirse un debate público sobre captura fiscal, justicia territorial y redistribución de la renta minera.


