POR: OMAHAR TORRES MENDOZA
La historia de la provincia de Islay no sólo abarca un par de cientos de años, es mucho más antigua. Aunque a los chauvinistas no les guste la palabra Chiribaya y se empecinan en centrar la identidad sólo en la ciudad de Mollendo, el sentido de pertenencia y orgullo debería extenderse por toda la superficie territorial de 3846.49 km², donde cada metro cuenta con historia propia —antigua y actual—, así como con nombres y hechos que han moldeado un posible futuro.
La cultura Chiribaya se desarrolló entre los años 900 y 1350 de nuestra era, en el área geográfica delimitada entre la provincia de Ilo y el Valle de Tambo, llegando hasta Chile. Catalogada como una civilización preinca con agricultura, cerámica y textilería que podemos admirar en el museo arqueológico de Mollendo, cuenta además con el perro pastor Chiribaya —declarado Patrimonio Cultural de la Nación—, una raza especial de canes utilizada en aquellos años para el pastoreo de llamas, lo cual representa un verdadero orgullo.
La capital de la provincia tiene sus peculiaridades y los distritos también poseen sus atractivos, empezando por el más reconocido en el mundo: Mejía. Con sus lagunas y un registro de 211 especies de aves, entre residentes y migratorias, se convierte en un refugio natural y un humedal esencial del litoral sudamericano. Conservarlo y preservarlo, además de una política de Estado, debe ser un orgullo local con apoyo al ecoturismo, la avifauna y la investigación; a ello se suma la iglesia de la Inmaculada Concepción, declarada monumento histórico.
En el extremo opuesto está el distrito de Islay, con las ruinas olvidadas del antiguo puerto de alrededor de 180 años —consideradas viviendas históricas y patrimonio de la nación—, donde se asentaron los pobladores primigenios del moderno puerto. Llama también la atención el faro de punta Islay, guía de navegantes y pescadores, junto a sus caletas, quebradas, calas e islotes, sin olvidar las áreas de lomas como el cerro San Andrés, teñido de multicolores flores en esta época de primavera.
Cocachacra destaca por la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, con casi 218 años de construida en sillar, adobe, madera y piedra, un monumento permanente por su estilo neoclasicista mestizo. No podemos olvidar la iglesia Inmaculada Concepción de Pampa Blanca, de edificación neogótica francesa; el ingenio azucarero Chucarapi, que con más de 110 años continúa funcionando entre diatribas y esfuerzos, pero endulzando siempre los paladares más exigentes; y la extensión territorial de Valle Arriba, ideal para la expansión agrícola.
El distrito de Punta de Bombón llama la atención con la iglesia de Nuestro Señor de los Desamparados, de estilo neoclásico, flanqueada por el cerro Bandurrias y el Cristo Blanco de casi 12 metros de altura, desde donde se aprecia el imponente y progresista Valle de Tambo con sus campos de cultivo que lo convierten en la despensa del sur peruano y de países vecinos. Hacia el oeste llega la brisa de las playas de veraneo y el turismo estacional.
El distrito de Deán Valdivia, llamado coloquialmente La Curva, es el centro geográfico de la provincia de Islay y destaca principalmente por su gastronomía —tema sobre el cual hablaremos más ampliamente en otra publicación—. Llama el interés su mirador o atalaya turística natural desde donde se valora la campiña fértil. El pueblo de La Ensenada recuerda la estancia del ferrocarril que funcionó hasta el siglo pasado, donde aún pueden apreciarse estructuras de madera de la época. Este recorrido es solo una pequeña muestra de los muchos atractivos que poseemos; en un mundo moderno que crece con cemento y asfalto, estas joyas nombradas y muchas más deben ser revalorizadas para que las nuevas generaciones continúen diciendo, como nosotros, que se sienten orgullosas de ser de esta tierra, ya sea de nacimiento o por adopción.

