Por: Arnulfo Benavente Díaz
El escritor argentino Jorge Luis Borges observó el fútbol con una mirada crítica, alejada de la pasión que despertaba en multitudes de Argentina y el mundo. Para el autor de El Aleph, el deporte rey no representaba belleza ni profundidad, sino una manifestación de la irracionalidad colectiva.
Borges sostenía que ver a hombres correr detrás de una pelota carecía de valor estético y definía al fútbol como una pérdida de tiempo absurda. Con ironía afirmó que “el fútbol es popular porque la estupidez es popular” y lo consideró una expresión de las pasiones humanas desperdiciadas en rivalidades nacionalistas.
Su rechazo no se limitaba a una cuestión de gustos. Detrás de sus críticas existía una preocupación filosófica y política. El escritor, testigo del auge de los totalitarismos del siglo XX, veía en los estadios un espacio donde las masas podían ser manipuladas y donde el orgullo individual podía quedar subordinado al triunfo de un equipo.
Para Borges, la cultura estaba vinculada con la individualidad, el pensamiento propio y el libre albedrío. Por ello, consideraba que el fútbol representaba una necesidad humana de pertenecer a una multitud y dejarse llevar por el entusiasmo colectivo de un gol.
Sin embargo, su rechazo hacia el fútbol también tenía un origen personal. Borges nunca practicó este deporte ni tuvo interés por la pelota desde su infancia. Solo asistió una vez a un estadio, cuando acompañó a su amigo Enrique Amorim a un partido entre Argentina y Uruguay. Según testimonios de aquella jornada, el escritor permaneció de espaldas a la cancha durante todo el encuentro, conversando sobre literatura de los antiguos griegos.
Así, la relación de Borges con el fútbol revela una contradicción curiosa: mientras millones encontraban en este juego una pasión compartida, él veía una muestra de la pérdida de la razón individual frente al poder de la multitud.

