Arqueología de Mejía: Douglass, 1892

Douglass hizo algunas excavaciones y fue testigo de restos arqueológicos antes de la década de 1950, en que los agricultores modificaron a mano y con maquinaria la falda de las lomas.

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POR: RODRIGO LLOSA

“El motivo del viaje a Mejía fue el de visitar y examinar el antiguo cementerio de Chule, que se cree haya sido una de las muchas aldeas de pescadores diseminadas a lo largo de la costa en épocas anteriores a la venida de los españoles”. Lo escribió Andrew Ellicott Douglass, quien estuvo en Mejía a fines del verano de 1892. Aunque el artículo recién se publicó en 1928 en una revista arequipeña.

ANDREW E. DOUGLASS

Es relevante el año en que el astrónomo estadounidense (1867-1962) visitó Mejía buscando, como yo, restos en Chule. Lo es porque sucedió medio siglo antes del proyecto de irrigación que cambió radicalmente el distrito.

Douglass hizo algunas excavaciones y fue testigo de restos arqueológicos antes de la década de 1950, en que los agricultores modificaron a mano y con maquinaria la falda de las lomas. Lo hizo en la zona que corresponde a lo que hoy llamamos Chalán, el actual cementerio y la quebrada de Chule.

MEJÍA, IDENTIDAD PREHISPÁNICA

Quedan prevenidas las autoridades de que son zonas con restos arqueológicos que deben ser reportados para mejorar la comprensión de las culturas prehispánicas que ocuparon Mejía. Necesario apuntar que la gran mayoría de familias que habitan actualmente el distrito son posteriores a esa década de 1950.

PADRE DE LA DENDROCRONOLOGÍA

Andrew no fue cualquier visitante, acuñó la técnica que data los árboles a través del estudio del crecimiento e incremento anual de sus anillos. Graduado del Trinity College de Connecticut, llegó a Arequipa en enero de 1891 como asistente de William Pickering para instalar el observatorio astronómico de Harvard cuando tenía 24 años. Lo sabemos por los informes de Edward Pickering (hermano mayor de William) y Solon Bailey, director del proyecto en Arequipa.

En 1894, Douglass se mudó a Arizona, contratado para ubicar un nuevo observatorio donde trabajó analizando Marte. Tras discutir con su jefe por teorías que bien merecen el calificativo de marcianas, como lo cuenta Stefan Hughes, se puso a enseñar español. Luego terminaría siendo profesor de la Universidad de Arizona, que conserva sus cartas y escritos.

LA VISITA A MEJÍA

El artículo llamado “Excursiones Científicas” se publicó en junio de 1928 (revista n.º 5). Douglass ya había divulgado en enero de ese año (revista n.º 3) sobre cómo saber hasta dónde llegó el mar con el maremoto de 1868 entre Mollendo, Mejía y Tambo. Escribió: “La Inundación de 1868 […] se ha medido ahora 24 años después del acontecimiento [es decir, 1892]”.

En 1928, la revista arequipeña que recibió el nombre en homenaje al escocés Jacobo Hunter era dirigida por su heredero José Minaya, quien tuvo apoyo de Francisco Mostajo. Allí Douglass se dice escocés por la proveniencia de su familia. No parece que haya regresado al Perú en la década de 1920, cuando National Geographic financiaba sus expediciones e investigaciones vinculadas a la datación arqueológica a través de la madera. Entonces, con 61 años, envió sus apuntes juveniles a contactos arequipeños vinculados con la revista que se custodia en la Biblioteca Municipal de Arequipa.

CONOCIMIENTO QUE SE DILUYE

En ese mismo número de 1928, Alberto Ballón Landa escribió un poema dedicado a Julia de Romaña, a quien denomina reina del carnaval de Mejía. De suponer que veraneantes de entonces leyeron a Douglass, aunque la cultura de la diversión se transmite con mayor fluidez.

FRAGMENTOS DE SU ENSAYO

“Chule se haya a 1 milla [1,6 km] de Mejía en el camino de herradura que conduce a Mollendo […] Se cree que haya sido un caserío de pescadores y sus reliquias se consideran como muy pobres. Sin embargo, ha sido cavado parte de su terreno y se ven esparcidos huesos, conchas, pedazos de tela y vasijas de barro”.

“En un punto de la meseta había una quebrada en donde encontramos muchas señales de construcciones como si hubiera sido usado como desembarcadero […] En algunos cercos se han descubierto tumbas, a pesar de que dichos cercos no son evidentemente sino cimientos de viviendas”.

Douglass encontró las bases de lo que piensa fue un templo de 18 x 24 metros. ¿Acaso vinculable al Cristo de Chule hallado en décadas posteriores, como lo publicamos en Prensa Regional el 17 de agosto de 2026? También halló cercos o ranchos de 2,4 x 3 m. “De todos ellos solo quedan los cimientos y la línea de piedras inferior”. Añadió: “Al observar todas las tumbas se ve que son de tres o cuatro pies de diámetro [0,9 a 1,2 m] por cuatro o seis de profundidad [1,2 a 1,8 m] perfectamente circulares y cuidadosamente construídas con piedras ásperas, destinadas a formar una superficie plana por dentro”. Por los restos de madera que luego menciona, planteó que estaban techadas con cuartones. Hoy diríamos que sus observaciones corresponden a la cultura chiribaya.

“Encontramos algunos esqueletos a menos de un pie [30 cm] bajo la superficie, de cadaveres al parecer insepultos […] La mayor parte de los restos extraídos habían sido ya exhumados por otros y arrojados como objetos de ningún valor”. Obtuvo 10 cabezas “de formas pronunciadas artificalmente”. Deformación craneana usual en culturas prehispánicas de la costa sur peruana.

“Además de los cráneos, sacamos muchas piedras de las que se usan para moler”. Ya le contaré yo de los batanes en otra entrega. También halló flechas, fragmentos de artículos de cobre como prendedores de vestimenta, una cabeza de pato hecha de barro y piedras talladas.

OBSERVADOR NATURAL

Douglass se interesó por las dunas peruanas. Tenía la teoría de que en Arequipa y La Joya hubo una época en que llovió mucho. La formuló al observar depósitos en el suelo similares a los de lagos y ríos.

Traduciré del inglés un párrafo de su estudio de periodicidad de lluvias en el sur del Perú, publicado por la revista Science en 1892: “Desde un punto situado por encima de la estación de Tambo y hasta el nivel marino actual, es posible encontrar rastros de la acción del oleaje. Esto significa que, en tiempos geológicos recientes, la costa ha emergido gradualmente del mar hasta alcanzar una elevación de 1100 pies [335 m]. Un examen exhaustivo de la región permitiría determinar si este proceso ocurrió con regularidad, mediante periodos ocasionales de ascenso rápido, o a través de elevaciones repentinas. En Mollendo resulta evidente que la costa no ha experimentado elevación alguna, y el hecho de que el guano se haya estado acumulando en las islas durante miles de años indica que dicha costa ha permanecido prácticamente estable por largo periodo. Sin embargo, no cabe duda de que el último cambio en el nivel de la costa consistió en un ascenso de 1100 pies. Si bien no es mucho, debió alterar de forma significativa la duración relativa de las estaciones húmedas y secas”.

Nos hubiéramos llevado bien con usted, señor Douglass. Le mando un saludo a la distancia del tiempo desde esta Mejía también prehispánica.

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