Solo el pueblo salva al pueblo

“¿Tienes balón de oxígeno en casa?”, me preguntó el doctor. No, le dije. “Consigue uno, lo puede llegar a necesitar. Hay que actuar rápido o tu mamá se puede ir”, me respondió, mientras que yo no podía articular palabra. ¿Irse?... “Aló, aló, ¿estás ahí Soledad?”, decía el médico. Yo simplemente no podía hablar.

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POR: SOLEDAD ORCOAPAZA LUQUE – ACTIVISTA

“Tranquila hijita, no pasa nada”, decía ella para no preocuparme a través del hilo telefónico. Pero su voz agitada me daba señales de que el virus, ese que les ha arrancado el aliento a miles, ya la había alcanzado. Y a esa angustia se sumó otra, la de la distancia. Ella en Arequipa y yo en Tacna, sentí que una ola fría me envolvía. Fue un 28 de julio, esa fecha está marcada con tinta indeleble en mi memoria porque fue el inicio de la lucha contra la muerte, felizmente ella salió victoriosa y ahora puedo escribir estas líneas.

El dolor y la preocupación me tomaron prisionera pues, por entonces, Arequipa era la región más golpeada por la pandemia en el sur peruano. Y lo sigue siendo, ya que, según el reporte de la Gerencia Regional de Salud, hay más de 123 mil contagiados y una cifra que supera los 2 mil fallecidos. Los hospitales colapsaron, conseguir una cama UCI era prácticamente un milagro, un balón de oxígeno se convirtió casi en un artículo de lujo, en ese momento el precio superaba los 6 mil soles, una cifra exorbitante para los que no están forrados en billete como los señorones de este país.

Lo primero era encontrar un auto que me traslade desde Tacna a la ciudad blanca. Tenía que llegar en el tiempo más breve, así que cogí los objetos más importantes y fui rauda al terminal de buses, el único que salía en ese momento era uno con destino a Moquegua. No lo pensé dos veces y abordé. En esa travesía me acompañó mi compañero de vida German, me dio la mano y el hombro para desahogar mi tristeza. Confieso que nunca antes, tantas lágrimas habían rodado por mis mejillas, pensaba que lo peor ocurriría.

Llegamos a nuestro primer destino, siendo nuestro anfitrión el resplandeciente sol moqueguano y unas calles casi desiertas. Caminamos hasta llegar al paradero de colectivos y para nuestra suerte encontramos uno que iba a Arequipa. Como suele pasar en este tipo de casos, el conductor olfateó nuestro apuro y aprovechando la desesperación nos asaltó los bolsillos, cobrándonos 15 veces más el pasaje normal.

Esas horas de viaje fueron las más largas de mi existencia, mil ideas revoloteaban mi mente, por momentos el llanto era incontrolable, intentaba respirar, tomar agua, calmarme, pero era imposible. Él me daba aliento, sus palabras me hacían pisar tierra, tenía que tranquilizarme o de lo contrario, yo no sería de gran ayuda. El miedo de perder a la que mujer que te trajo al mundo, es indescriptible, quien ha tenido a sus seres queridos enfermos saben a qué me refiero. Es como un hoyo profundo que se dibuja en el centro del alma. Miraba el reloj a cada instante, sentía que las manijas avanzaban muy lentamente.

Por fin llegué a Arequipa, el majestuoso Misti parecía mirar a sus hijos con profundo pesar por lo que estaban atravesando. Fui a casa, me encontré con mis hermanos y pude ver a mamá, pero de lejos. Mi corazón se sobresaltó. Quería estrecharla entre mis brazos, pero no podía porque la aislaron. Mis compañeros de lucha no tardaron en comunicarse y brindarme su apoyo, el primero fue mi querido Ralfo, quien me dio mucha fortaleza y acertadas indicaciones. Me contactó con médicos de Lima, cuya oportuna orientación fue valiosísima. Fueron más que doctores, ángeles. Con usted compañero Ralfo, con los doctores Julio y Wilfredo, tengo una deuda de gratitud eterna.

Marco es otro apreciado compañero y joven médico que nos ayudó a conseguir medicamentos. Sus intervenciones y consejos fueron un gran soporte. Tampoco puedo dejar de mencionar a mi estimado Joo, militante de gran constancia; a mis compañeras y dirigentes de diferentes rincones del país, Lucía, Sole, Mery, Ingrid y Leyna quien me comunicó con el doctor Cristhian quien siempre estuvo dispuesto a absolver mis dudas a cualquier hora. Y cómo no agradecer a doña Luz María y a mis compañeros de Argentina, siempre preocupados y pendientes de todo lo que se pueda necesitar. Mi agradecimiento también a mis familiares, amigos y maestros de la universidad. Toda una red de solidaridad que nos mantuvo firmes, con lo que queda demostrado que solo el pueblo salva al pueblo.

Mi hermana ya le había suministrado medicamentos a mamá, tenía todos los síntomas de Covid-19. Pasaron pocos días y su saturación era inestable y baja, no llegaba a 90, la ivermectina y lo demás no hicieron el efecto esperado. El neumólogo nos dijo que eso era una mala señal y nos pidió una placa de sus pulmones. El resultado: bronconeumonía. La alegría por verla, de creer que iba a mejorar pronto, fue tan breve como un suspiro.

“¿Tienes balón de oxígeno en casa?”, me preguntó el doctor. No, le dije. “Consigue uno, lo puede llegar a necesitar. Hay que actuar rápido o tu mamá se puede ir”, me respondió, mientras que yo no podía articular palabra. ¿Irse?… “Aló, aló, ¿estás ahí Soledad?”, decía el médico. Yo simplemente no podía hablar.

“Cálmate, busca a una enfermera y toma nota de los medicamentos que te voy a dictar”, refirió. Para mi familia, dada la situación en Arequipa, llevarla al hospital no era una opción. El doctor ordenó urgente tratamiento vía intravenosa por 7 días. Esas ampollas eran caras y no se conseguían en cualquier farmacia, recorrimos más de una clínica, hasta que en San Juan de Dios las encontramos, aunque solo una parte, porque la venta era restringida.

Por una semana, la enfermera visitó mi casa tres veces al día. Mamá se encariñó con ella, la muchacha era joven y la trataba con paciencia. A mamá decidimos cobijarla en casa con nuestro amor porque no confiamos en el sistema de salud. El tratamiento vía intravenosa rindió sus frutos, aunque persistían algunas molestias. Era hora de una prueba Covid y de otra placa a los pulmones, la primera salió negativa, mientras que la segunda revelaba que, aunque había superado la peor etapa, el virus dejó algunas secuelas.

El doctor ordenó que mamá siga con un tratamiento, pero esta vez oral. Fui a las farmacias de los policlínicos que están frente al hospital Honorio Delgado, vi largas colas en el nosocomio. El escenario era tristísimo. Rostros compungidos y cansados, mujeres sollozando, hombres a la espera de alguna noticia de sus familiares internados, otros haciendo cola en la morgue y, de fondo el sonido de las ambulancias que iban y venían.

Décadas atrás, el antropólogo José Matos Mar sostuvo que hay dos Perúes paralelos. Por un lado, el Perú oficial y, por el otro, el Perú marginado. Hoy sigue existiendo dos Perúes y el coronavirus lo ha comprobado: uno, en el que los ricos se salvan y otro en el que los pobres se mueren. La atención que reciben los poderosos es muy distinta a la que reciben los menos afortunados. Los ricos también se contagian, el asunto es que ellos se salvan ¿Y por qué? Porque tienen mejores posibilidades.

Uno es el Perú que nos muestran los medios de comunicación serviles al sistema, y otro el Perú real, el de las calles, el de los hospitales colapsados, el de las casas que están en los cerros, sin agua ni desagüe, son más de 7 millones de peruanos que no tienen acceso al vital elemento. En Arequipa y otras regiones, las personas murieron haciendo colas en los hospitales, en el taxi o en sus propias viviendas. Así de gris se tiñó el panorama.

El lucro de la salud es otro gran problema. Ejemplo de ello es el monopolio de las empresas farmacéuticas. En el Perú una empresa controla casi todo el negocio. La constitución que nos heredó el régimen de Alberto Fujimori lo permite. Conforme a esa carta magna, nos desarrollamos en una economía de libre mercado (libre abuso), es por eso que los precios de las medicinas pueden ser fijados libremente por los dueños de las farmacéuticas.

Y no es que nuestro país entró en crisis desde que hizo su aparición el Covid-19, no. El Perú ya arrastraba una profunda crisis social, económica y política por la profundización del modelo neoliberal, del capitalismo, desde los años 90 con el gobierno del dictador y violador de derechos humanos. El coronavirus no ha hecho más que desnudar la terrible y profunda desigualdad que existe en el Perú. Como en un teatro, se cayó el telón y vimos las cosas como son. Sin anestesia.

Análisis & Opinión

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