Cinco generaciones en una oficina: ¿quién aprende de quién?

Lo que se gana no es solo información, sino la posibilidad de verse sin etiquetas. Quien enseña algo se siente valorado; quien aprende algo, también.

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POR: MG. ADM. DAVID DIEGO OVIEDO TURPO

En la mayoría de oficinas ya no basta con preguntar quién llegó primero. Hoy conviven, bajo el mismo techo y a veces en el mismo equipo, los tradicionalistas que se resisten a retirarse, los baby boomers, la generación X, los millennials y los recién llegados de la generación Z. Cinco maneras de entender el trabajo, el tiempo y la autoridad compartiendo una misma cafetera.

Lo habitual es repetir los estereotipos: los mayores son rígidos, los jóvenes impacientes, los del medio, cansados. Es una explicación cómoda, pero injusta. Detrás de cada etiqueta hay una persona con miedos, ambiciones y una historia laboral que no cabe en una tabla de marketing. Cuando un jefe de cincuenta y ocho años pide que le impriman el correo, no necesariamente se resiste al cambio; quizá solo necesita que alguien le explique por qué antes del cómo.

La pregunta del título sugiere una respuesta incómoda: todos aprenden de todos, aunque pocos lo admiten. El veterano sabe leer un conflicto antes de que estalle, negociar con paciencia y reconocer cuándo un cliente no está diciendo lo que realmente quiere decir. Esa intuición no se descarga de ninguna plataforma. Por su parte, el joven que llegó hace seis meses domina herramientas digitales con una naturalidad que a otros les costó años y cuestiona procesos que todos daban por sentados, simplemente porque nadie le explicó que “siempre se hizo así”.

El problema aparece cuando el aprendizaje se concibe en una sola dirección. La mentoría clásica, de arriba hacia abajo, ya no alcanza. Por eso cobra sentido la llamada mentoría inversa, donde el recién llegado enseña y el experimentado escucha. No es una moda de recursos humanos: es un acto de humildad que, bien llevado, rompe jerarquías innecesarias y fortalece la confianza. Lo que se gana no es solo información, sino la posibilidad de verse sin etiquetas. Quien enseña algo se siente valorado; quien aprende algo, también.

Claro que no todo es armonía. Las diferencias en los horarios, en la forma de comunicarse —un audio de WhatsApp para unos, un memorando formal para otros— y en la manera de entender la lealtad generan fricciones reales. En una misma reunión, uno espera que se hable de frente y otro prefiere que se cuide la forma; ambos buscan respeto, solo que lo piden de distinta manera. Ignorarlas no las resuelve. Hace falta conversarlas, ponerles nombre y acordar reglas claras, sin imponer el estilo de una generación sobre las demás.

Finalmente, la oficina multigeneracional es un espejo de la sociedad que viene: diversa, cambiante y obligada a convivir. Las organizaciones que lo entiendan dejarán de preguntar quién tiene razón y empezarán a preguntar qué puede aportar cada quien. Quizá la respuesta a la pregunta inicial sea más sencilla de lo que parece: aprende más quien más pregunta, sin importar el año en que nació.

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