Por: César Caro
Hace treinta días falleció, víctima de la pandemia actual, don Ante Augusto Vizcarra Chocano y con él parte de una generación de políticos moqueguanos querendones de su tierra y preocupados por su crecimiento más allá de cualquier interés personal lo que los hacía dignos de respeto y atención.
Siempre sus palabras eran escuchadas con atención, hasta que se impuso, –y no solo en nuestro medio–, el “pensar” y actuar que muy bien describe Vargas Llosa en su ensayo “La civilización del espectáculo”, en el cual trata sobre un mundo en el que el entretenimiento está en la cima de la escala de valores actuales, donde pasar un buen rato escapando del aburrimiento, es una pasión universal, a la cual al parecer tampoco ha escapado el Nobel si consideramos su actual actuar y decir.
¡Su apoyo fue constante y sin cortapisa alguno! Y nos permitió entablar una amistad que creció y se prolongó a través de los años en innumerables encuentros y charlas en las que pude aprender de su experiencia y amor a Moquegua en una época en la cual la mayoría de las personas ya no tienen valor sobre lo estético, no se sabe lo que es talentoso o no, que es la belleza y que es la fealdad…y que es lo que puede tener una perpetuidad en el tiempo como por ejemplo un poema de Vallejo, del mismo Ante Augusto o de su pariente José Santos Chocano, prefiriéndose más lo superficial e inocuo que pasará de moda al día siguiente o en menos de lo que canta un gallo.
Para su persona, desde su juventud la región Moquegua era una preocupación constante. Un desasosiego permanente en razón a que veía y juzgaba con espíritu crítico el actuar de las actuales autoridades y ello decía, en razón a que “a mí no me pueden dorar la píldora porque yo he sido alcalde, presidido lo que hoy es el Gobierno Regional y además diputado y si bien es cierto que he tenido errores, ello es lo que han sido: ¡Errores y no intenciones con el fin de lucrar como ocurre generalmente hoy en día…!”
Y para finalizar estas líneas, no se me ocurre otra cosa que recordar la canción de Alberto Cortez, “Cuando un amigo se va/Galopando su destino/Empieza el alma a vibrar/Porque se llena de frío” y nos hace reparar cuan cerca nos encontramos del destino final al cual todos vamos a llegar, cabiendo quizás el recalcar con Atahualpa Yupanqui: “No le tengo miedo a la muerte, a lo que sí le tengo miedo es al trance, el ir hacía allá. Confieso que tengo curiosidad por saber de qué se trata.”
Y volviendo al recuerdo de Ante Augusto, no estaría de más que de una u otra manera, tanto a su persona como a otros distinguidos moqueguanos que ya partieron, se les rinda homenaje recordándolos, –se me ocurre–, colocando sus bustos o imágenes en una avenida, plaza o malecón de nuestra ciudad…