POR: DAVID DIEGO OVIEDO TURPO
Cada semestre pasa lo mismo. Un grupo de estudiantes se desvela armando un plan de negocio brillante, lo sustenta con seguridad, recibe un aplauso del jurado y una nota alta, y una semana después esa idea desaparece en una carpeta que nadie vuelve a abrir. Son proyectos bien pensados, bien documentados y completamente inertes. La pregunta que queda pendiente no es si los estudiantes son capaces de emprender, sino por qué tan pocos proyectos académicos cruzan la línea hacia la vida real.
La respuesta parece tener menos que ver con talento y más con el objetivo que se persigue al diseñar esos trabajos. Un proyecto de curso se construye para convencer a un profesor; un emprendimiento se construye para convencer a un cliente que no tiene ninguna obligación de escuchar. Son dos públicos con incentivos distintos y, mientras se siga evaluando solo la coherencia del documento, se seguirá formando excelentes redactores de planes de negocio, no necesariamente emprendedores.
DEL AULA AL MERCADO
El cambio empieza por sacar el proyecto del salón antes de que termine el ciclo. No hace falta esperar la sustentación final para hablar con clientes potenciales: se puede validar una hipótesis de precio con veinte llamadas, probar un prototipo simple con usuarios reales o vender antes de fabricar. Esa incomodidad de exponerse al rechazo temprano es, paradójicamente, lo que separa a quien tiene una buena calificación de quien tiene un negocio con posibilidades. Y es algo que puede enseñarse y exigirse dentro del curso, no después de él.
También hace falta cambiar el diseño de la evaluación. Si se premia la elegancia de las proyecciones financieras a cinco años más que la evidencia de que alguien, fuera del aula, estaría dispuesto a pagar por esa solución, se está enviando la señal equivocada. Un buen indicador de progreso no es un Excel impecable, sino un puñado de conversaciones reales con el mercado, por incómodas o desordenadas que resulten.
EL PAPEL DE LAS UNIVERSIDADES
Las universidades tienen un papel que no pueden delegar por completo en la buena voluntad del estudiante: sostener el proyecto después de la nota. Incubadoras, semilleros, alianzas con mentores externos y algo de capital semilla no son un lujo decorativo, son el puente que evita que la energía de un buen equipo se apague apenas se cierra el semestre. Sin ese acompañamiento, hasta la idea mejor validada corre el riesgo de morir por simple falta de tiempo y de dinero.
No se trata de convertir cada trabajo de curso en una startup, ni todos los estudiantes quieren o deben emprender. Pero si de verdad se quiere que la educación en administración forme personas capaces de construir algo propio, es necesario dejar de tratar los proyectos académicos como un ejercicio de simulación y empezar a tratarlos como lo que podrían ser: el primer borrador de un negocio real. El resto, la disciplina, la validación y la persistencia, ya depende de que alguien se atreva a sacarlo de la carpeta.

