Visita a Ilo

Aurelio Miró-Quesada describe la antigua Pacocha, la bahía, el puerto y los olivares de Ilo en una evocación publicada en 1947.

ARCHIVO

POR: AURELIO MIRÓ-QUESADA

Después de un largo viaje, descendemos en Ilo.

No se necesita un campo especial, porque la playa misma se ofrece, acogedora, para recibir los aeroplanos. Es una playa vasta, refrescada por el aire salino y hecha apacible por la arena, en la que viene a perderse suavemente el murmullo apagado de un mar tranquilo y azulísimo.

Bajo la intensa luz del sol, contemplo por primera vez la amplia bahía. No estoy precisamente en Ilo, sino en la antigua Pacocha, ya que la primitiva ubicación de Ilo se hallaba un poco más al norte, donde ahora solo se ven algunas casas rústicas, como marcando el lugar en el que se realizaban las faenas del puerto hasta que el terremoto de 1868 obligó a trasladar la población.

En todo caso, los dos nombres se unen en la geografía y en la historia, como los dos extremos de una playa que ha sido escenario muchas veces de gallardías y aventuras.

Así, sobre la calma espejeante de sus aguas, el 29 de mayo de 1877 se trabó el combate desigual entre el “Huáscar”, que enarbolaba la bandera rebelde de Piérola, y los buques ingleses “Shah” y “Amethyst”; singular episodio que nimbó de prestigio romántico el nombre sonoro del caudillo, y fue como el anuncio de la bravura heroica que, dos años después, iba a cubrir de gloria al monitor, que hoy es el símbolo y el numen más alto y encendido de la Marina del Perú.

Ilo es ahora un lugar tranquilo y agradable, con calles reposadas y edificios ligeros, y en que la parquedad de la vida comercial está finamente compensada con esa sensación de bienestar que da el clima templado.

Como todas las poblaciones que son puerto y ciudad al mismo tiempo, en ella también se observa esa mezcla de lugar de tránsito y de estancia. Como ciudad, su sitio principal se halla en la plaza. Como puerto, su actividad mayor está en el muelle, que si de un lado entra en el mar, del otro parece prolongarse en la estación del ferrocarril que va a Moquegua.

Cerca de allí está el malecón, simpático remanso donde dialogan las parejas en las noches de luna, o se entretienen, en el día, viendo jugar a los bañistas en el agua tranquila, o recortar con sus brazos tostados la parda maraña de los “yuyos”, que allí se llaman, con más ornamentado vocablo, “alacantos”.

LOS OLIVOS

La sugestión de Ilo no está en su ambiente de reposo, ni en sus privilegiadas condiciones de puerto, ni en su clima benigno. Su interés mayor está en el valle, enaltecido a través de los siglos por el prestigio resonante y sazonado de sus olivares.

Más que los de Camaná, más que los de otras tierras propicias de la costa, que hasta han llegado a dar su nombre a asientos pequeños y a caletas, los olivos de Ilo han sabido mantener su equilibrio entre las dos riquezas: de la materia y del espíritu.

El nombre de sus campos se ha visto rodeado muchas veces por el doble sonido de las monedas y de las leyendas. Nombres antiguos de Alastaya, de Yerbabuena, de Chiribaya, de Maquinto —Amoquinto—; olivares de San José, de Alfaro, de la Quebrada Seca, de Pocuma, Tacaguay, Talamolle o Alfarillo, que han sabido también poner su nota heráldica en la industria moderna del jabón.

¿Cuándo se plantarían los primeros olivos de esta zona? Los documentos no consignan la fecha, ni dan tampoco el nombre de quienes llevaron hasta allí las primeras estacas. Parece fuera de duda, sin embargo, que ha de haber sido en la segunda mitad del siglo XVI, cuando se extendieron por todo el virreinato los retoños de los tres olivos sevillanos que trajo don Antonio de Rivera.

“Tan pobre de agua es este valle —decía de Ilo el intendente de Arequipa, don Antonio Álvarez y Jiménez, al describir la visita realizada en 1792—, que lo único que se sustenta sin peligro son los olivares”.

A veces, se recordaba también su origen sevillano. Como en esa elección conventual de 1709, que narra el padre Cappa, en que al saberse el triunfo de fray Alejandro Paz, natural de Sevilla, sobre fray Pedro Zabala, vizcaíno, los partidarios del nuevo prior se lanzaron al claustro, entonando esta cuarteta improvisada:

De Sevilla fue el olivo

primero que vino acá

¡Vítor por Sevilla! ¡Vítor!

¡Vítor por el padre Paz!

 

Amables leyendas del olivo, que se hacen presentes ante mí cuando voy avanzando por el valle de Ilo. Son campos continuos de olivares, animados este año por una cosecha excepcional.

Me imagino las escenas pasadas de la “raima”, cuando los campesinos vendrían a recoger en sus gruesos mandiles las aceitunas tentadoras. Después se les repartiría en las anchas vasijas —antes de pardo y tosco barro y hoy solamente de madera— en las que se echa el agua, que ha de cambiarse varias veces para quitar el amargor.

Luego vendría el momento de la sal; como esa sal pura y magnífica del cerro de Puite, tan cercano. “Cura” de la aceituna y técnica difícil, peculiar de la salmuera. Para conocer el grado de saturación exactamente, no hay como echar una papa en el agua, siguiendo la vieja y probada costumbre: cuando la papa flota es que la sal es suficiente.

Todo esto se me explica, entre bromas y anécdotas risueñas, mientras la brisa agita levemente las ramas perezosas de los graves olivos.

Escenas de cantos y de “raimas”, de idilios a la sombra de las copas propicias, de anchas botijas que guardaban tesoros encubiertos por blandas montañas de aceitunas. Embarques resonantes, que contrastaban con la angustia de las parvas cosechas de otros tiempos.

“A los principios —contaba el Inca Garcilaso— se daban por mucho regalo y magnificencia tres aceitunas a cualquier convidado, y no más”.

Gala y, a un tiempo, cautela de ese fruto, de que ya el viejo refranero español recomendaba con medida: “Aceituna, una”; pero no podía menos que añadir con largueza, ganado por el noble color, el jugoso sabor y la frescura: “y si es buena, una docena”.

Texto extractado de Costa, sierra y montaña (1947).

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