POR: ATTILIO R. MINUTO (1887-1957)
¿Qué revoluciona la casa desde hace más de una quincena? ¿Un torbellino? ¿Un terremoto? Ni lo uno ni lo otro. Por eso, quienes la habitan no demuestran inquietud. Antes bien: satisfacción, alegría y, sobre todo, esperanza. La esperanza de recuperar la salud del cuerpo y del espíritu. La esperanza en el milagro que presentimos puede producirnos el cambio de clima, la alegría promisora de otro ambiente, la visión más clara del infinito y el beneficio que proporciona el agua del mar, que, en su movimiento eterno y constante, besa, ruge o baña todas las costas del planeta.
Es la temporada que llega, que invita, que exige. Y la temporada —casi en olvido ya— es abandonar, durante los tres meses últimos del año, el clima seco de la tierra amada; fortalecer el cuerpo y también el espíritu; huir de ocupaciones y preocupaciones frente a la inmensidad del cielo, abierto a todas las excelsitudes; frente a los crepúsculos, maestros de enseñanzas inefables y reflexiones profundas; y cerca, muy cerca, del oleaje que nos acaricia o nos reprende.
Y es para conquistar todo eso que debemos emprender diversas operaciones preliminares: descubrir el guía experto que nos lleve por el accidentado camino, sin perdernos; el manso caballo o la pasollanera yegua que, en vez de molernos, acaricia nuestros músculos desacostumbrados al trotar desquiciante.
Es por eso que desenfundamos el centenario almofrej —cubierta antigua de cuero que encerraba nuestra cama—; que nos anticipamos a obtener que nuestro sastre nos proveyera de ropas veraniegas; y, entre otras cosas más, que sacáramos las alforjas de su escondite, para repletarlas con el avío, consistente en todo género de comestibles, entre los que resaltaban las tiernas gallinas asadas, rellenas con cebollas y rocotos pasados en vinagre.
Gallinas cuyas carnes adquirían un sabor peculiarísimo, insospechable, envueltas primero en servilletas y luego en papeles impresos. Y era tan especial ese sabor, tan deleitoso, que, en repetidas veces, las hacía preparar y envolver de esa misma manera, sin que lograra obtenerlo. Años más tarde, pude explicarme la causa. Era el centuplicado apetito que producía la marcha; las leguas que nos habían deshecho y que continuarían deshaciéndonos.
Se hace interesante, quizá necesario, describir el camino. Y allí tenéis la cabalgata que va alejándose cada vez más de la ciudad; la pierde de vista después de voltear el Portillo Grande; llega a Montón de Trigo; luego a las haciendas El Palo, El Conde, San Luis o El Molle, pertenecientes entonces a don Armando de la Flor, don Tomás Cornejo, don Santiago Zapata y don Felipe Zeballos, respectivamente, en las que el viajero descansa o pernocta, pródiga y cariñosamente atendido.
Sube la cuesta de La Rinconada; ingresa a las pesadas e inacabables “laderas”, desde las que puede divisarse la esbelta y lejana silueta del Misti; y ya destrozado por la macurca, que es algo más que el cansancio, después de vencer la Pampa del Palo y de admirar los nevados tacneños; El Palo, la mitad del camino, lugar desierto donde la costumbre arroja al viajero, ávido de descanso y apetito.
Allí suele pasar la noche y luego, reiniciando la jarana antes de la salida del sol, baja la peligrosa cuesta del Jaboncillo, bordea una estrechísima quebrada y, sorpresivamente, descubre el triste verdor de los olivares ileños, prestos a regalarnos con un descanso cordialmente amigo, ya en Chiviquina, ya en El Huérfano, La Fundición, Algodonal, Chaspaya, La Pampa, Algarrobal o Chiribaya. En esta, propiedad de los señores Almenara, y en Loreto, de don José María Artieda, los agasajos y pruebas de afecto que recibían los viajeros eran, sencillamente, extraordinarios.
Y otra vez sobre el paciente jamelgo, después de subir algunas cuestas; la pampa de Ilo, promisora del hallazgo, con sus lomas, sus amancaes, sus botoncillos y otras florecillas silvestres que dibujan un alfombrado de maravilla, regalador de perfumes embriagadores.
Sorprendiéndonos, los espejismos fantásticos, y luego el mar, el mar, el mar buscado, el mar hallado, y a sus pies, a sus orillas, ¡el puerto! En él, brazos muertos nos estrechan, primero, amorosamente. Son los de María Santos Reyes de Vásquez y de sus vástagos; los muy y siempre respetables de Manuel Gambetta, y los de su hermano Juan; los del coronel Pedro Espejo y sus gatos; los de Luis Melchori y Juan Daneri; los del bondadoso y muy querido Ángel Pablo Ghersi; los de Cayetano Garibaldi, Pedro Valle y Lorenzo Torrelio; los muy cordiales de Augusto Díaz Peñaloza; los de ese singularísimo profesional que se llamó Américo Garibaldi, prototipo del médico sabio, hecho esfuerzo y abnegación; y, entre otros tantos, los de Jesús Alponte, ese que pareciera alma del puerto y que fuera sencillo pescador y caballero.
Y antes que todos ellos, iluminando los cielos de la patria y de la historia, el grande y excelso espíritu de Domingo Nieto, ¡Gran Mariscal de los Ejércitos del Perú!
Más tarde, hoy: los de Luis Ghersi, Luis Díaz, Edmundo Torrelio y otros tantos, todos hombres sanos, fuertes y honorables. Y aquí, en Lima, representando, con honor, a los que fueron y a los que son: Humberto Ghersi Mosquera.
Levantados, casi con el alba, al día siguiente, ya estamos dentro del agua y lo estamos después de santiguarnos. Y si lo hacemos en los baños llamados públicos primero, lo haremos después en los llamados de Las Gambetta y, posteriormente, en las playas de El Tablón, Punta Colorada, San Lorenzo, Boca del Río, Peña Blanca, La Piedad, La Poza del Cura, Caleta de Negros o Calienta Negros, Puerto Inglés, El Faro y Pozo de Lisas.
Y unas veces en una y otras en otra, el paseo por las tardes con todos los atractivos del lunch suculento, hecho, esencialmente, a base de todo género de pescados y mariscos, singularizándose el excitante y muy sabroso chupín, el corderito asado, los cuyes fritos, diversidad de picantes, y con ellos el vino, la cerveza, la chicha, el alegre compás de las guitarras, el cantar surgido de gargantas privilegiadas, la marinera bien jaleada y el fuego de los espíritus reemplazando al del sol, que está hundiéndose ya en el horizonte… [Lima, 30 de octubre de 1953.]

