POR: CARLOS CARPIO MONTOYA
Hay momentos en la historia de los pueblos que terminan marcando su rumbo. Uno de ellos ocurrió a las 4pm del domingo 9 de junio de 1968, cuando un grupo de jóvenes cocachacrinos, reunidos en el bar Rosedal de Mollendo decidió organizarse para impulsar el desarrollo de su tierra. Así nació la Junta Pro Adelanto de Cocachacra.
No fue un gesto simbólico, sino una respuesta concreta a una realidad marcada por carencias. En aquellos años, incluso la educación secundaria obligaba a migrar. Las vías eran precarias, el acceso a servicios básicos limitado y las oportunidades escasas. Frente a ello, estos jóvenes —entre ellos Roberto Delgado Herrera, Luis Toranzo Cuadros, Gonzalo Zegarra Reyes y Noé Carpio Toranzo (mi padre)— optaron por actuar.
Su mérito no estuvo solo en identificar problemas, sino en asumir que el progreso debía construirse desde la propia comunidad. El entonces alcalde, Julio Rivera, lo expresó con claridad: “la única forma de trabajar por el progreso de Cocachacra era con la unión de todos sus hijos”.
Incluso el primer acuerdo de la Junta —apoyar la festividad de la Virgen de la Asunta—patrona de Cocachacra y de Arequipa, reflejaba una visión amplia: desarrollo no solo como obra material, sino también como identidad y cohesión.
Han pasado más de cinco décadas. Cocachacra ha avanzado, pero aún arrastra brechas que limitan su crecimiento. Al mismo tiempo, nuevas oportunidades como el proyecto minero Tía María se presentan y exigen una mirada responsable: cómo traducirlas en bienestar concreto, respetando la esencia del valle de Tambo.
En ese punto, la historia ofrece una enseñanza simple y vigente. Aquella generación no esperó condiciones ideales; se organizó, sumó esfuerzos y actuó con sentido de pertenencia. Ese ejemplo conserva hoy plena actualidad.
Cocachacra tiene memoria, tiene experiencia y tiene una base social que ya ha demostrado su capacidad de construir. Sobre ese cimiento, el reto es claro: trabajar juntos para convertir las oportunidades en desarrollo real y sostenido.
Porque, como hace más de cincuenta años, el futuro de Cocachacra no se impone ni se improvisa. Se construye desde la unión de todos sus hijos, llamados a abrir un camino de oportunidades y bienestar para las nuevas generaciones.

