POR: GUSTAVO VALCÁRCEL SALAS
Había transcurrido un año desde que en 1618 los moradores del pueblo de Moquegua pidieron al virrey se deje sin efecto la fundación de la villa de Esquilache, pedido que fue replicado de inmediato por estos vecinos, quienes reclamaban no solo su conservación, sino el aumento de la nueva villa.
En el entretiempo se hicieron las necesarias consultas a las más altas autoridades eclesiásticas, para dar término a este pleito que amenazaba con poner fin a las cordiales relaciones que siempre existieron entre ambos pueblos, que compartían el mismo valle, los mismos intereses y, además, a varias familias las unía el estrecho vínculo de la sangre al estar emparentadas.
INTERCEDE EL OBISPO
Fue así que, con el fin de resolver el problema que se suscitó entre ellos, en 1620 llega a Moquegua en santa visita su ilustrísima el señor obispo en persona, doctor don Pedro de Perea, fraile agustino que buscaba amistar a los díscolos vecinos. Fue el primer prelado que se hizo cargo de la diócesis de Arequipa en agosto de 1619.
Su eminencia vino con el exprofeso propósito de conciliar ambas poblaciones. Se esperaba que su ilustrísima, profeso en la orden de San Agustín, que había estudiado en la Universidad de Salamanca, el centro intelectual más importante de Europa, donde obtuvo el grado de maestro de teología, lograra dicho objetivo. Allí coincidió con Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios; con Luis de Góngora y Argote, eximio poeta máximo representante del culteranismo; con Fray Luis de León, alabado vate y maestro salmantino, entre otras lumbreras del Siglo de Oro español.
Al poco tiempo de asumir el episcopado arequipeño, había dado muestras de su probado dinamismo pastoral, evangelizando tanto a nativos como a peninsulares en la ciudad de Arequipa y sus alrededores, capacidad y talento que se reafirma al haber elevado a catedral el principal templo de Arequipa; inició la construcción del seminario de San Jerónimo, uno de los principales centros de ilustración de la región; a la provincia de Moquegua, que era un solo curato, la divide —como lo dice el cura Montenegro— y hace del pueblo de Santa Catalina, incluyendo al valle, un curato, constituyendo la iglesia matriz y la vicaría; termina haciendo otra doctrina de los pueblos de Torata, Yacango y Tumilaca.
Se esperaba confiadamente que un personaje con tales antecedentes y pergaminos no tuviera inconvenientes en restablecer la paz y la concordia entre los encrespados y fieles cristianos de ambas riberas del valle de Moquegua.
LOS VECINOS ACEPTAN
De modo que el 16 de junio de 1620, veinte vecinos y heredados en el pueblo de Moquegua, en nombre de los demás vecinos del valle, dicen que «habiendo nuestro Señor traído a este valle al ilustrísimo señor don fray Pedro de Perea, obispo de Arequipa, con santo celo y deseo de componer y allanar la discordia y diferencia causada entre nos los vecinos y los de la villa de San Francisco de Esquilache, sobre la población de ella y deseando conseguir y poner en efecto la paz y concordia que su señoría ilustrísima amonesta y tiene tratada, concertada y para que con su grande autoridad y protección y amparo tenga el feliz suceso y perpetua estabilidad que prometen tales principios y esperanzas», dan poder al capitán Juan Rodríguez de Vez, que, siendo el representante del pueblo de Santa Catalina de Moquegua, se desempeñaba como teniente general de corregidor y justicia mayor de San Francisco de Esquilache, provincia de Colesuyo, para que presente y confirme las capitulaciones ordenadas por su ilustrísima, que se leyeron de verbo ad verbum (al pie de la letra) en nuestra presencia y del presente escribano.
Lamentablemente, no conocemos la propuesta que alcanzó monseñor.
Dos días después, son diez vecinos de la villa de San Francisco de Esquilache y valle de Cochuna quienes otorgan poder al almirante Juan de Olea, en una escritura que tiene el mismo tenor por haber sido redactada por el mismo escribano Diego Dávila.
PERSISTE LA DISCORDIA
Fray Pedro de Perea, teólogo salmantino que tuvo el honor de ser recibido por el pontífice Clemente VIII y haber sido gratificado por Paulo VI con dos cartas de recomendación, se vio desairado en sus propósitos por reconciliar a los díscolos habitantes de Moquegua y Esquilache.


