POR: CESAR CARO JIMÉNEZ
Cada cierto tiempo, en casi todos los rincones de nuestra patria, se enraízan sueños, proyectos e incluso leyes que, a decir de sus impulsores, nos harán alcanzar el ansiado desarrollo, el cual permitirá contar con innumerables recursos económicos y puestos de trabajo, olvidando que el subdesarrollo no es solo resultado de factores sociales, sino también de otros elementos condicionantes económicos y no económicos, externos e internos, respecto a determinados mercados, que son los que determinan el éxito o fracaso de una actividad económica.
Para comprenderlo mejor, hagamos un poco de historia: en tiempos de la Intendencia de Arequipa, en el siglo XVII, año 1792, en Moquegua vivían 8,323 personas, siendo la segunda ciudad más poblada después de Arequipa, que tenía 22,030, ocupando además la misma posición en cuanto a contribución económica con el erario nacional de aquel entonces, lo que permitió que en su ámbito se construyeran espléndidas iglesias y casas, cuyo mobiliario en gran parte provenía de Francia e Inglaterra. Podría decirse que fue la época dorada de Moquegua, que da sustento al decir de nuestros abuelos de que los tiempos pasados fueron mejores.
Y es que en el siglo XVII Moquegua, gracias a la demanda de Potosí —ciudad que llegó a tener una población de más de 150 mil habitantes—, se convirtió en la principal proveedora de aguardiente y vino, no solo de Potosí, sino también de La Paz, Charcas, Oruro e incluso de gran parte de las poblaciones aledañas al Río de la Plata, lo que se reflejó en la singular importancia económica que tenía Moquegua en aquella época.
Aquí cabe resaltar que, en aquellos tiempos, como incluso en nuestros días, un factor determinante eran los costos fijados por la distancia entre el mercado productor y el comprador. Por ello, Moquegua dominaba el mercado del aguardiente y el vino para Potosí, dado que el trayecto a recorrer por las mulas —el medio de transporte de la época— era mucho más corto comparado con las distancias de otros valles como Arequipa, Camaná, etcétera.
Pero la bonanza no fue eterna: las minas de Potosí comenzaron a agotarse, a lo que se sumaron varios terremotos de gran intensidad; además, la Guerra del Pacífico fue el colofón final.
Sin embargo, obviando la realidad histórica y económica, se intentó replicar lo ocurrido en el pasado, destinándose esfuerzos y recursos en procurar impulsar el cultivo de la vid para su transformación primordialmente en pisco, sin considerar que ya no existía un mercado al cual se pudiera llegar en mejores condiciones que la competencia (Lima es el mayor mercado actual y Moquegua no puede competir en una serie de factores con Ica).
Pero, volviendo a nuestros días, en los que hemos visto desaparecer en el horizonte proyectos como la petroquímica, el gasoducto, el corredor ferroviario bioceánico central, la irrigación de las Lomas de Ilo, etcétera, en medio de la torpeza o desinformación de las autoridades y postulantes a serlo, aparte de ciertos colegios profesionales que brillan por su silencio, se continúa perdido entre sueños y deseos, comisiones sin aterrizar en la realidad económica, sin atreverse a preguntarse, por ejemplo: ¿cuántos inversionistas privados existen?, ¿cuáles son los mercados a los que se puede acceder?, ¿cuántos trabajos realmente se pueden crear? y, lo que es más importante, ¿hasta qué punto es factible cambiar las actuales reglas de juego en cuanto a la propiedad y explotación de los mismos, que hoy favorecen más al sector privado que a la nación en su conjunto?

