La vigilancia democrática

El acto de votar no es un punto final, sino el inicio de un compromiso democrático que exige a los ciudadanos nuevos compromisos.

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POR: JESÚS MACEDO GONZALES

El acto de votar no es un punto final, sino el inicio de un compromiso democrático que exige a los ciudadanos nuevos compromisos. Como soberanos del poder político, los ciudadanos hemos plasmado nuestra voluntad en las urnas; una huella que, independientemente de nuestras afinidades personales, define el rumbo colectivo.

Es aquí donde el sentimiento de pertenencia se cruza con el rigor institucional: los elegidos, hayan sido o no nuestra opción preferida, asumen la responsabilidad de representar a la nación en su conjunto, no solo a su facción.

Si bien el panorama electoral nos deja un sabor agridulce, la realidad es que la configuración política ya está trazada, puesto que algunos han votado a los que debían, y también han botado a los que deberían salir. No obstante, algunos partidos del pacto mafioso ya no están y siguen; aun así, hay un cambio significativo al menos parcialmente. Si las elecciones son el primer pulso de la democracia, la vigilancia democrática desde los ciudadanos es el aire que la mantiene viva. Desde una perspectiva académica, la democracia no se agota en el procedimiento electoral; se fortalece mediante el control social permanente.

Existe una obligación ética y contractual: los elegidos deben honrar la palabra empeñada en los debates y cristalizada en sus planes de trabajo. Por ello, el escrutinio público es indispensable. Vigilar a la autoridad no es un acto de hostilidad, es un acto de amor por el país; es recordarles que el poder que ostentan es delegado, no propio.

Uno de los grandes dolores de nuestra historia reciente es la crisis de legitimidad. Esa sensación de traición que sentimos cuando quienes nos pidieron el voto terminan haciendo exactamente lo contrario a lo prometido. Para evitar este vacío, la vigilancia debe ser técnica y activa. Debemos auditar la labor legislativa: revisar proyectos, fiscalizar sus votos y contrastar si sus propuestas responden a las necesidades reales de la población. Asimismo, la gestión pública no admite más improvisaciones. Parte de nuestra tarea es poner la lupa sobre el personal de confianza. ¿Quiénes rodean a la autoridad? ¿Tienen la solvencia técnica y ética para administrar lo que es de todos?

Una democracia sin ciudadanos informados es una cáscara vacía. Quien crea que su trabajo terminó al depositar la cédula en la caja está profundamente equivocado. El político nos falla porque, a menudo, nos encuentra indiferentes. Votar es, en esencia, un acto de fe y esperanza en un futuro distinto. Al elegir, delegamos nuestra representación en alguien que consideramos competente. Por eso, la vigilancia democrática debe ser la continuación del debate público, pero ya no entre candidatos que compiten, sino entre ciudadanos que construyen.

Seamos claros: el Perú no cambiará solo por tener “buenos” gobernantes. El cambio real ocurre cuando la democracia se vuelve movilizante, crítica y, sobre todo, perseverante.

Bajo el principio de soberanía popular, nosotros somos los jefes; las autoridades son administradores temporales de la cosa pública que nos pertenece. Esto nos impone una carga ética: no podemos exigir integridad si no somos coherentes con los valores democráticos en nuestra vida diaria. La apatía es el terreno donde crece la corrupción.

Al final del día, la salud de nuestra nación depende de que entendamos que el poder sigue en nuestras manos. No nos alejemos, no callemos; sigamos ejerciendo la vigilancia democrática con el rigor académico y el corazón de quien ama a su tierra.

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