Bodas de plata de la promoción Veritatis Splendor: el latido intacto de una generación marcada por la tierra

Este reencuentro ha sido el verdadero viaje: el de volver a mirarnos a los ojos, reconociendo en la mujer madura y profesional a aquella adolescente que se quedó con las maletas hechas, pero con el espíritu intacto.

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POR: DRA. FANNY REAÑO BAYONA (*)

Hay silencios que guardan risas antiguas, pasillos que conservan ecos de uniformes impecables y nombres que nos devuelven de golpe a la vereda luminosa de la juventud. Este mes de octubre, en el marco de la magna celebración por los 70 años de creación institucional del querido colegio Santa Fortunata, fundado un 12 de enero de 1956 y cuna indiscutible de la formación femenina en Moquegua, las exalumnas de la promoción “Veritatis Splendor” celebramos nuestras bodas de plata. Son 25 años exactos desde que cerramos esa etapa fundacional para abrirle paso al vasto y exigente mundo. Nuestra historia lleva tatuado en el alma el compás exacto de la prueba, de la memoria y de la resistencia.

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Nuestra formación guarda el mapa de dos tiempos y geografías que hoy se abrazan en la nostalgia. Crecimos compartiendo risas, recreos y secretos de carpeta en los pasillos de aquella entrañable casona de la calle Lima, el claustro tradicional de puras mujeres, hasta el segundo o tercero de secundaria. De pronto, los avatares institucionales nos condujeron a culminar esta hermosa etapa en la moderna infraestructura de Samegua-Cerrillos. Aunque los años trajeron cambios, nos reconocemos hijas de la mística congregación franciscana. En aquellas aulas se nos impartía una disciplina que hoy valoramos como un faro: orden riguroso, pulcritud, cabello natural recogido en trenzas sin mechones en el rostro y un respeto cultivado desde el saludo. Éramos un colegio competitivo que dejó el nombre del plantel en lo alto. Esa exigencia, combinada con el cimiento del hogar, moldeó a las destacadas profesionales que hoy somos en el saber, la salud, el derecho y el desarrollo del país. Imposible no rendir tributo a la querida hermana Nélida, quien con aguda picardía nos sacaba de la distracción recordando entre risas que “estábamos pensando en el chino de la esquina”, y a los maestros entrañables que guiaron nuestro camino.

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Aquella atmósfera encontró una prueba de fuego que marcaría nuestro destino generacional. En el año 2001, la tierra sacudió Moquegua con un devastador terremoto que hirió profundamente a nuestra ciudad. La emergencia no solo alteró la infraestructura de nuestros primeros años, sino que truncó los sueños más clásicos de la adolescencia: el ansiado viaje de promoción colectivo se esfumó entre escombros y la urgencia de levantarnos como pueblo. Pasamos de la ilusión escolar al desafío de enfrentar la adversidad con una madurez prematura, obligadas a abrazarnos a la distancia y a entender que la vida cambia en segundos.

Por eso, celebrar estas bodas de plata no fue hacer una pausa decorativa. Muchas volvimos a pisar nuestra tierra natal desde distintos rumbos con el único propósito de reencontrarnos. Las vivencias se desplegaron con emoción desbordante: desde la actuación artística en Samegua-Cerrillos y la fiesta jubilar, hasta la develación de nuestra placa conmemorativa en mármol.

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Volver a sentarnos en las bancas para la clase modelo fue un viaje mágico. Reencontrarnos con la profesora Guisela Flores (“Gigi”) en Educación Física nos devolvió el entusiasmo de los recreos, mientras que escuchar al inolvidable profesor Juan Bravo en Literatura significó revivir la exigencia de antaño, recordando cómo una tiza surcaba el aire si la atención flaqueaba.

El tiempo no ha apagado la mística fortunatina. El ejemplo de Santa Fortunata, joven mártir que protegió nuestra tierra, sigue iluminando nuestro caminar. Del mismo modo, hacer honor al nombre de nuestra promoción “Veritatis Splendor” (El esplendor de la verdad), inspirado en la encíclica del papa Juan Pablo II, ha sido mantenernos fieles a nosotras mismas, actuar con coherencia ética y abrazar la luz. Quedan innumerables anécdotas, pero al contemplar la placa y entregar la posta a las nuevas generaciones, surge la reflexión: cuando las pruebas de la vida vuelvan a sacudirnos, ¿habrá alguna tormenta capaz de apagar esta llama? Las paredes habrán cambiado, pero el latido de nuestro grupo seguirá vivo, intacto y unido para siempre.

¡Paz y bien!

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(*) Abogada y obstetra, doctora en Derecho y Ciencia Política (UNMSM), doctora en Salud Pública y magíster en Administración de Servicios de Salud.

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