Aplastado por Cristo: el razonamiento motivado de los creyentes

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Por: Diego Rossel (Director de la Nueva Ilustración [www.nuevailustracion.org])   

Un cura falleció después de que una estatua de Jesús de Nazaret crucificado cayera sobre su cabeza mientras celebraba una misa. La ironía del trágico acontecimiento resulta especialmente interesante por las diversas justificaciones que algunos creyentes han elaborado para preservar su fe.

«El problema del mal» es uno de los argumentos más discutidos en los debates académicos sobre la existencia de Dios. El argumento plantea una incompatibilidad entre la existencia de un Dios omnipotente, omnisciente y perfectamente benevolente y la presencia del mal en el mundo. Los teístas tienen un gran número de respuestas que oscilan desde la existencia del libre albedrío hasta las razones ocultas a la «lógica humana» de la acción divina. Por supuesto, en este corto texto no pretendo centrarme en su análisis y sus refutaciones. En realidad, el acontecimiento ocurrido el domingo 18 de octubre en la ciudad de Guayaquil, no solo añade una dimensión problemática a la discusión sobre el mal, sino que ha evidenciado de manera más extrema una de las características más interesantes del pensamiento religioso o dogmático: el razonamiento motivado.

El razonamiento motivado es la tendencia a procesar e interpretar información de manera que favorezca una conclusión previamente deseada. Es decir, ocurre cuando una persona se topa con evidencias que parecen contradecir sus creencias, elabora explicaciones alternativas, reinterpretar los hechos o introducir hipótesis adicionales para preservar sus convicciones.

Lo interesante es que, en el caso del pensamiento religioso, el razonamiento motivado se presenta con mayor facilidad que en otros ámbitos. Esto se debe a la naturaleza de las entidades y los procesos a los que este tipo de creencias hacen referencia. Veamos: el pensamiento religioso está sustentado por un tipo de pensamiento más profundo llamado «pensamiento mágico». El pensamiento mágico es una forma de razonamiento que atribuye relaciones causales entre acontecimientos u objetos sin que exista evidencia suficiente de una vinculación. Se caracteriza por explicar determinados fenómenos mediante fuerzas sobrenaturales, poderes ocultos o conexiones mágicas que no han sido demostradas empíricamente.

A la hora de preservar una creencia del tipo «Dios existe y es un ser completamente benevolente», se establecen dos razones por las que es especialmente fácil aplicar el razonamiento motivado. La primera es que, para el creyente, Dios es el creador supremo de la realidad; esto implica que tiene la capacidad y autonomía para realizar y modificar acontecimientos a su voluntad sin ningún tipo de restricción. La segunda es que, dado que Dios es, por definición, un ser sobrenatural, es decir, que está por encima de la naturaleza y sus leyes, no es necesario explicar los mecanismos de acción, las leyes causales o las razones lógicas para que un hecho ocurra. De hecho, el creyente podría preferir apelar a la ignorancia de las “razones divinas” antes que cuestionar si quiera la existencia de la deidad correspondiente. De esta manera, el universo puede aparentar ser absolutamente cruel y despiadado y puede ser contradictorio con la concepción divina de un Dios amoroso, pero para el creyente siempre habrá razones o mecanismos misteriosos para justificar lo ocurrido.

Así, el sujeto no solo estaría predispuesto a preservar su creencia debido al apego emocional que ha construido hacia ella a lo largo de los años, sino también a causa de su naturaleza mágica.

La religión, el dogma y, sobre todo, Dios están salvaguardados por fuerzas mágicas misteriosas que no pueden ser ni corroboradas ni refutadas, solo arbitrariamente creídas, de la misma forma que se podría creer fervientemente en las hadas sin necesidad de evidencia.

Lo cierto es que el trágico acontecimiento del sacerdote evidencia que el universo sigue operando bajo sus leyes. Su aparente indiferencia no es más que un recordatorio de que el control del entorno depende estrictamente de nuestro intelecto y de nuestra capacidad tecnológica.

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