POR: EIFFEL RAMÍREZ AVILÉS
Christopher Nolan ha puesto en el cine otra de sus fantasías realistas. Ya lo hemos visto trabajar en películas como Interestelar o Tenet. En estas últimas clava como un tronco sobre la tierra los avances científicos, pero deja que las ramas vuelen hacia la fantasía, hacia la ciencia ficción. El resultado: un espectador enamorado del futuro.
En esta ocasión, Nolan se obsesiona con otro modelo, la Odisea de Homero. Siempre he de admirar a esos individuos que inventan sobre invenciones, que reescriben a los clásicos y los funden en una visión personal. Es el hijo que toma prestado las herramientas del padre y construye el segundo piso de la casa.
Todos tenemos grabadas en la memoria las aventuras de Ulises u Odiseo. Y más las tenemos guardadas gracias a las varias películas que sobre la guerra de Troya se han ejecutado. ¿Cuál viene a ser la diferencia esta vez? En primer lugar, la propia marca del director, que hace que muchas de las escenas parezcan un desenlace de por sí y a la forma de reservar datos escondidos o ambiguos para mantener en suspenso al observador.
Se puede criticar a los monstruos de Nolan que aparecen en su Odisea. El gigante Polifemo, sin duda, parece un extraterrestre. Pero si uno atiende a los detalles, estos van configurando un escenario de terror inesperado. Si no, mírese cómo se ha trabajado en este film a Circe, la desquiciada hechicera que convierte a los hombres en animales. La obra de esa maldita nos escarapela la piel.
Además, en la película hasta pareciera que el propio Ulises fuera a perecer. Uno siente los sentimientos de los pobres soldados atrapados en una cueva o cerca a naufragar. Uno los irá sintiendo a lo largo de la película, cuando ellos, poco a poco, urdan su pobre destino. El argumento nos hunde en su vórtice emocional.
Hace tiempo había echado al olvido el libro de Homero. Nolan me lo ha vuelto a rescatar. La historia de Ulises es la historia de la humanidad, la voluntad de salir y de volver a casa. A Odiseo no solo lo esperan su hijo y su esposa, sino también su perro Argos y un ciego criado. Estos dos últimos simbolizan mucho. A diferencia de Agamenón, a quien le esperó una alfombra púrpura y pomposa, para luego ser asesinado, a Odiseo lo reciben dos seres humildes. La verdadera nostalgia se cifra, por lo tanto, en las cosas pequeñas, en las remembranzas sencillas, en las minucias patéticas pero bellísimas.
Esta debe ser la oportunidad para que el mundo regrese otra vez a los griegos, esos hombres-sin-fin. Polifemo es tan real como los molinos de viento del Quijote. Es decir, nos marcan con estacas los límites, pero también nuestros propios sueños. ¿Tan distantes nos parecían la historia de Ulises y la historia de nuestro Inca Garcilaso? Ahora ya no lo deben ser: es la misma historia bifurcada. El mar, la lejanía, la nostalgia los unen. Como aquel, cualquier americano es griego.
Siempre he dicho que, cuando vaya a ver una película, olvídese de los críticos de cine o de literatura. Entonces, olvide del mismo modo estas mis ideas venidas como a empujones y vaya más bien a contemplarla. Sienta el aliento de esos soldados que regresan a casa; infle el pecho ante aquel ciego entristecido por su amo; críspese; levántese; ame.


