La tercera opción electoral

Viciar tu voto o votar en blanco es una forma de manifestar tu posición democrática.

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POR: VICENTE ANTONIO ZEBALLOS SALINAS

Artículo 184 de la Constitución: “El Jurado Nacional de Elecciones declara la nulidad de un proceso electoral, de un referéndum o de otro tipo de consulta popular cuando los votos nulos o en blanco, sumados o separadamente, superan los dos tercios del número de votos emitidos”.

Concluido el escrutinio electoral y formalizada la proclamación de los candidatos que ingresan a la segunda vuelta electoral, diversos líderes de opinión, excandidatos presidenciales y destacados analistas han expresado su incomodidad y rechazo por las dos alternativas que los resultados colocan en la palestra de la decisión para este próximo 7 de junio, anunciando su determinación por el voto en blanco o nulo, induciendo a los electores por esa misma opción.

A ello debemos añadir que la votación obtenida por los dos candidatos no supera el 30% de los votos válidos, lo que evidencia una baja aceptación y una débil legitimidad. Sin embargo, las reglas electorales son precisas: ingresan a esta etapa quienes obtuvieron la más alta votación, sin establecerse mínimos.

LA NULIDAD DEL PROCESO

Es al JNE, como máxima autoridad del sistema electoral, a quien corresponde asumir una decisión excepcional, bajo el contexto de una circunstancia electoral al límite: la de declarar la nulidad del proceso electoral, sostenido en un criterio de carácter numérico, bajo tres causales.

La primera, cuando los votos nulos sean mayores a los dos tercios de los votos emitidos. La segunda, cuando los votos en blanco sean mayores a los dos tercios de los votos emitidos. Y la tercera, cuando los votos nulos y en blanco, sumados, sean mayores a los dos tercios de los votos emitidos.

SEGUNDA VUELTA Y REPRESENTACIÓN

La segunda vuelta se propone como una alternativa democrática destinada a reforzar la representación democrática, más aún tratándose de la primera magistratura del país. La exigencia de mayoría absoluta para ser elegido en primera vuelta, forzadamente, se materializa en la segunda vuelta, tratándose de solo dos candidatos, lo que perfectamente puede llevar a mayorías calificadas ficticias.

Es propio de una democracia la generación de acuerdos políticos, la articulación de distintas fuerzas políticas, unas por identidad ideológica, otras por coincidencias programáticas u otras porque visualizan en el escenario electoral un enemigo común; pudiendo concretarse en la formalización de una alianza política electoral, que incluiría una participación común en un hipotético triunfo y gestión de gobierno, o tan solo quedarse en la manifestación de un apoyo político electoral.

EL DILEMA ELECTORAL

Tiempo atrás, Mario Vargas Llosa colocó en el debate político su célebre frase “votar por el cáncer o el sida”. Con sumo sarcasmo político, manifestaba que ambas propuestas eran peligrosas para el país. Se refería a Keiko Fujimori y Ollanta Humala, dilema bajo el que nos encontramos en sucesivos procesos electorales, pero ahora bajo una fractura social mucho más delicada, ahondada por la crisis de nuestro sistema político que nos acompaña sistemáticamente.

La irrefutable evidencia de dos países en uno, sin percibirlo debidamente, hay afanes centralistas y excluyentes, como hay reclamos de un Estado más presente, más sensible y oportuno.

Las agrupaciones políticas, a través de sus líderes, van pronunciándose y alineándose a uno u otro actor de la segunda vuelta, pero esta vez el dilema es más directo. Es una definición ideológica, descalificando al contrario y en defensa de su visión de país, radicalizando posiciones y, ante la incertidumbre generada, disimuladamente va tomando cuerpo una tercera opción: viciar el voto o votar en blanco para que el JNE declare la nulidad de las elecciones.

VOTO NULO O EN BLANCO

Como lo señala expresamente la disposición constitucional arriba transcrita, se requiere de una ostentosa mayoría de votos: dos tercios de votos emitidos, que no es un imposible jurídico, allí está la prescripción normativa, más sí una exigencia inviable. No hay precedentes y, aun en la convicción de que pueda convencerse al elector por esta decisión, nuestra cultura cívica o democrática no alcanza a interiorizar esta posibilidad.

Es innegable, y así lo asumimos, que viciar tu voto o votar en blanco es una forma de manifestar tu posición democrática: tu desacuerdo con el sistema político, tu disconformidad con el sistema electoral, tu percepción de incapacidad en los candidatos, tus criterios ideológicos y tantos más, perfectamente pueden inclinarte a asumir una posición de rechazo, y así lo expresas con tu voto.

En el contexto presente, y bajo la posibilidad cierta de no lograr que se declare nulo el proceso, la decisión de quienes no optaron por una u otra candidatura no hará más que legitimar a estos últimos, pues se elige a quien tenga la mayoría absoluta de votos válidos, dentro de los que no se consideran los votos nulos o blancos.

Es decir, serán otros los que decidan y que quizás no tengan la madurez ni el discernimiento político para definirse por la candidatura que, bajo lo limitada de la oferta política, pueda significar aún una alternativa seria y comprometida con los intereses nacionales.

DEMOCRACIA Y RESPONSABILIDAD

En diversos momentos nos hemos sentido motivados a un voto nulo o en blanco, pero las mejores decisiones tienen a su favor el tiempo, que nos permite elucubrar con cautela lo que significa nuestra decisión electoral.

Caer en el ejercicio pasivo del voto, no inmiscuirnos ni tomar posición, es renunciar a nuestro propio derecho al voto, porque esa decisión, por más ética que nos parezca, no hace más que desafectarnos de la democracia, a la que le exigimos oportunidades, solidaridad y justicia. La esencia de una democracia es la alternancia y la decisión por mayorías, pero con respeto a las minorías, y el común de los peruanos, pese a las graves objeciones propuestas contra las dos candidaturas que lograron la más alta votación, así lo decidieron y, en una respuesta democrática, esta debe respetarse.

La autoexclusión es más bien síntoma de flaqueza en las convicciones democráticas, y si el argumento es que la democracia está en riesgo, esta se defiende con los propios argumentos que propone la democracia, no petardeándola con posiciones de desaire democrático.

No se trata de incidir en la crónica premisa de votar por el mal menor, se trata de votar con convicción, en la esperanza de que nuestra decisión electoral será determinante para los destinos de nuestro país. Y si aún tenemos reparos, asumamos que llegamos a estas circunstancias por nuestras propias desidias, que sea oportunidad para reclamarnos un mayor compromiso y responsabilidad para lo que exigimos como democracia. Hagamos activismo político desde el voto, pero tampoco reduciéndolo a ese acto.

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