La Casa de las Muñecas: el corazón herido de Ilo

No es solo una casona; es un cofre de memorias que hoy cruje bajo el peso del olvido.

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POR: EMPERATRIZ VIZCARRA HELFER

En la intersección de las calles Junín y 2 de Mayo, donde el salitre del Pacífico besa las maderas de pino Oregón, se alza un gigante herido que los ileños llaman, con un nudo en la garganta, la “Casa de las Muñecas”. No es solo una casona; es un cofre de memorias que hoy cruje bajo el peso del olvido.

La historia comenzó entre el estruendo de los cañones. Era 1880 y la Guerra del Pacífico desfiguraba el rostro de nuestro puerto. Los soldados chilenos, impresionados por la soberbia arquitectura y la ubicación estratégica de la casona, la convirtieron en su cuartel. Sus pasillos, diseñados para la paz y el hogar, se llenaron de botas extranjeras y órdenes militares. Durante meses, la Casa Zapata fue el centro del mando de ocupación, viendo pasar barcos invasores desde sus ventanas de guillotina.

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UN DESTINO MÁS NOBLE

Pero la casa tenía un destino más noble. Al morir su última dueña, la señora Lucrecia Perea de Zapata, el destino del inmueble cambió para siempre. Doña Lucrecia, en un acto de amor supremo por su tierra, dejó escrito en su testamento que la casona pasara a la Diócesis de Tacna y Moquegua. Su mandato fue sagrado: aquel edificio debía ser un faro de ayuda para los más necesitados.

Y así fue. La Iglesia abrió las puertas a quienes más sufrían: mujeres víctimas de la violencia, madres que huían del miedo con el alma rota. En esos salones, el llanto se transformó en labor. Las mujeres instalaron talleres de costura y, con retazos de tela y ternura, comenzaron a confeccionar muñecas. Cada puntada era una herida que sanaba; cada muñeca terminada era una victoria sobre el maltrato. El pueblo, al verlas trabajar día tras día, bautizó el lugar como la “Casa de las Muñecas”, convirtiendo un apellido de linaje en un nombre de esperanza.

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PROMESA DETENIDA

Sin embargo, el tiempo se volvió cruel. Llegó el año 2018 y, con él, una promesa que parecía el inicio del rescate. La Municipalidad Provincial de Ilo y la Diócesis firmaron un convenio para financiar los estudios técnicos que devolverían la vida al inmueble. Parecía que el Centro de Interpretación Cultural y el Museo Local estaban cerca. Pero el reloj se detuvo.

Hoy, en pleno 2026, ese convenio es un papel amarillento que descansa en un escritorio frío, mientras la casona se desmorona. Las maderas que resistieron una guerra hoy se rinden ante la desidia. El espacio que debería estar lleno de mujeres aprendiendo, creando y sanando está invadido por el silencio y el polvo.

Es doloroso caminar por la esquina de Junín y 2 de Mayo y ver que el refugio de dignidad se ha convertido en una ruina. Recuperar la Casa Zapata no es solo restaurar paredes; es cumplir la última voluntad de doña Lucrecia y devolverles a las mujeres de Ilo el taller donde sus sueños dejaron de ser de trapo para volverse realidad. El tiempo de las promesas congeladas terminó; es hora de que las muñecas vuelvan a su hogar.

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