Los cines de mi puerto

Las funciones de cine en Ilo reunían a vecinos, familias y jóvenes en salas de madera, entre carteles pintados, música y películas seriadas.

ARCHIVO

POR: EDUARDO VEGAZO MOVICH

CINE MARISCAL NIETO

Tengo referencias de que, en años anteriores, funcionó algún cine —casi familiar— en los tiempos del “furor del cine silente”. Sin embargo, mencionaré solo lo que mis ojos vieron allá por los años 1940, cuando existía en Ilo el cine “Mariscal Nieto”, a mitad de cuadra del jirón Dos de Mayo, frente a la Plaza de Armas.

Este “cinema pionero” fue una edificación construida íntegramente de madera y calaminas, exteriormente pintada con un amarillo pálido.

La pantalla estaba instalada hacia el lado norte de la sala; la platea, integrada por bancas de madera con asiento y espaldar rígidos, ubicadas en lugar central y preferencial; la galería, con cuatro gradas, también de madera, ubicada en el costado oeste y a lo largo de la sala, desde la que los asistentes miraban las películas con la cabeza permanentemente volteada hacia la izquierda.

En un inicio, las películas eran mudas, es decir, transcurrían unos instantes de película y luego aparecía el “intertítulo” explicando lo que habían manifestado los personajes, sin embargo, sí tenían música de fondo. La etapa de las películas del “cine silente” estuvo vigente entre 1888 a 1929, pues luego comenzó la era del cine sonoro o “cine hablado”, que se inicia con películas de USA como El gran dictador, de Charles Chaplin, o de John Ford en Qué verde era mi valle, y la mexicana Allá en el Rancho Grande, con Tito Guízar, y muchas más.

Se proyectaban funciones solamente cuando llegaban a Ilo los rollos de película en algún barco que hizo escala en Mollendo, lo que motivaba un lleno total. Tiempo después, al llegar el cine “Kocting”, ese cine dejó de funcionar, convirtiéndose en un bar, también muy concurrido.

CINE KOCTING

El año 1944, como signo de modernidad en Ilo, surgió el cine “Kocting”, del señor Humberto Kocting, ubicado en la calle Moquegua, frente a la Plaza de Armas.

Desde Mollendo, llegaban los rollos de película en aviones Fawcett, que aterrizaban en la “pampa de aterrizaje”, comprendida en las actuales urbanizaciones Garibaldi, Ilo, Huáscar y Aduaneros.

Diariamente anunciaban las películas en carteles que eran pintados por Lucho Dill-Erba o Víctor Baca. Un muchacho instalaba cuatro carteles atados a postes del centro del pueblo y dos en la fachada del cine, anunciando próximos estrenos. Posteriormente, surgieron películas “en tecnicolor”.

En el centro de la sala se ubicaban las butacas de la platea. A ambos lados de esta, las laterales, independizadas mediante muretes de 1.20 metros de altura. La galería tenía ingreso independiente, cuyas gradas de madera se ubicaban en la parte posterior y alta de la sala, a ambos costados de la cabina de proyección.

BOLETOS, COLAS Y FUNCIÓN

Los boletos para platea y lateral se adquirían en una ventanilla hacia la calle, y para galería, en otra, para lo cual había que formar agotadoras colas, cansancio que era mitigado en las carretillas con golosinas y demás antojos, ubicadas frente al cine e iluminadas con lámparas llamadas “inverta”. Un parlante difundía música de última moda, finalizando con una marcha que anunciaba el inicio de la función.

Los sábados proyectaban dos películas: la primera era una “bowboy” o alguna mexicana, y luego los esperados “tres episodios” de una “serial” fantástica o policial. El resto de días, películas de temas varios para “mayores”.

Frecuentemente, la función era detenida unos minutos al finalizar cada rollo de cinta para instalar el siguiente, durante los cuales se hacía sentir el reclamo de la “patota brava de galería”, con sus ásperas y floridas expresiones, en muy claro “idioma playero” y estruendoso zapateo sobre las gradas de madera. Pasados estos inconvenientes, seguidos de sonoras carcajadas y algunos ¡shiiiiit…! de silencio, volvía la calma y la acción de la película.

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