Primeros recuerdos

Mi origen no es cusqueño, como se piensa, sino moqueguano: nací en Ilo el 8 de febrero de 1891, en una casa de bajos frente al mar. – Luis E. Valcárcel.

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POR: LUIS E. VALCARCEL

Mi origen no es cusqueño, como se piensa, sino moqueguano: nací en Ilo el 8 de febrero de 1891, en una casa de bajos frente al mar. Cinco o seis años antes, mis padres habían contraído matrimonio en la ciudad de Moquegua.

Cuando tenía un año, mis padres me llevaron al Cusco, donde viví hasta comienzos de la década de 1930. Por eso no guardo ningún recuerdo de Moquegua, a la que volví siendo adulto para visitar su campiña y pueblos, dedicándome entonces a una serie de lecturas e investigaciones sobre mi tierra natal y pasado familiar.

Domingo Luciano Valcárcel, un comerciante de Moquegua, fue mi padre, y Leticia Vizcarra Cornejo, mi madre, hija de un funcionario moqueguano que tuvo mucho prestigio en la entonces provincia litoral. Su familia, de las más respetadas de la ciudad, era muy tradicional; en ella, la autoridad paterna era sumamente rígida y norma de vida el culto a los valores católicos.

Moquegua, durante la época colonial, fue famosa por sus vinos y aun en pleno siglo XIX mantenía ese prestigio. A ambas márgenes del río Osmore se levantaban los viñedos, frondosos y con mucho colorido. Las parras despedían un aroma que invitaba a tomar un vaso de buen vino.

Sin embargo, las cosas cambiaron como consecuencia de la guerra con Chile, que provocó la decadencia de la economía vitivinícola moqueguana, ya que, a raíz del conflicto, se cerraron los mercados de Tarapacá y Tacna. Después del desastre, la poca protección que prestó el gobierno a esta producción impidió su recuperación. Por si fuera poco, la filoxera acabó con los viñedos que aún se conservaban.

La economía de Moquegua en 1903 estaba en franca decadencia como consecuencia del cierre de los mercados de Tarapacá y Tacna a los vinos y aguardientes del valle, por lo que fue necesario llevarlos a Puno, Cusco y Bolivia, recorriendo largas distancias por malos caminos.

Cuando la crisis de Moquegua se hizo grave, muchas familias decidieron irse a otras ciudades.

Sin embargo, por entonces los Valcárcel ya no vivían ahí; habían emigrado conmigo a una ciudad distante, en la que crecí: el Cusco.

Entre los migrantes moqueguanos hubo tres núcleos familiares que confluyeron en el Cusco: los Espejo, los Tamayo y los Valcárcel.

Antes de cumplir un año, en noviembre de 1891, partimos al Cusco en un viaje casi inconcebible y penoso, pues atravesamos a lomo de mula las regiones más desérticas del sur del Perú, inclusive la pampa de Clemesí, hasta llegar a Arequipa. De allí, por tren, continuamos viaje al Cusco. Nos acompañaban 10 o 12 arrieros que conducían nuestras pertenencias.

La relación comercial entre ambas ciudades había sido muy intensa desde el siglo XIX. El vino, el aguardiente y las aceitunas moqueguanas eran productos muy apreciados en el Cusco. Antes de que el ferrocarril se extendiera hasta el Cusco, la llegada del vino o del aguardiente de Moquegua constituía un verdadero suceso.

Mi padre fue quizás uno de los últimos moqueguanos en migrar al Cusco, atraído por el buen mercado de vinos que la ciudad representaba entonces. Moqueguanos audaces y con iniciativa, como Tamayo y Espejo, se hicieron millonarios en pocos años, convirtiéndose en ricos terratenientes. Mi padre, por su parte, logró una posición económica solvente y la posibilidad de desarrollar más sus negocios.

Texto resumido de Memorias, de Luis E. Valcárcel.

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