POR: CELSO VERA SUÁREZ
Luis E. Valcárcel Vizcarra nació en Ilo un 8 de febrero de 1891. Al año de su nacimiento, su padre, comerciante en vinos y aceitunas, lo trasladó al Cusco. Allí cursó estudios elementales y superiores. Llegó a ejercer las cátedras de Historia del Arte Peruano e Historia del Perú en la Universidad San Antonio Abad del Cusco.
Por la década de 1930 se trasladó a Lima, donde ejerció la docencia universitaria en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en las cátedras de Historia Cultural del Perú e Introducción a la Etnología.
A lo largo de su vida cumplió una destacada labor en el campo educativo, periodístico, histórico, folklórico y cultural. Su preocupación por buscar una identidad peruana, originaria y andina lo llevó a estudiar y a investigar con ahínco la historia del Perú antiguo y, por ello, llegó a convertirse en una autoridad de lectura obligada en este campo.
Su aporte fue haber pensado el proceso de transculturación en que se debate la cultura peruana y revalorar nuestra cultura antigua, así como tomar en cuenta nuestro pasado para construir el presente.
Fue orientador de la Escuela Arqueológica y Etnológica e iniciador de los estudios de la Antropología Social. Su trabajo histórico lo plasmó en obras como Historia de la cultura antigua del Perú, en dos volúmenes; Etnohistoria del Perú antiguo; e Historia del Perú antiguo, en tres volúmenes.
Su obra para dar a conocer la historia, cultura y folklore del Perú es tan vasta que, aparte de las ya enumeradas, se mencionan otras como Del ayllu al Imperio, De la vida incaica, La ruta cultural del Perú, Mirador indio, Cusco, capital arqueológica de América, El virrey Toledo, gran tirano del Perú y Altiplano andino.

Luis E. Valcárcel ha sido, entre los de su generación, quien caló con más hondura y ahínco en el pasado incaico y, por ello, es una de las cuatro figuras a tomar en cuenta en el campo de la Historia del Perú.
En ese marco, se mencionan las personalidades de Luis E. Valcárcel, para las épocas preinca e inca; Raúl Porras Barrenechea, para la época de la Conquista y el Virreinato; José Guillermo Leguía, para la época de la Emancipación; y Jorge Basadre Grohmann, para la época de la República.
Luis E. Valcárcel fue parte del movimiento indigenista de su época. Vaticinaba un cambio social con protagonismo indígena. Este ideal lo plasmó con énfasis y mucha claridad en Tempestad en los Andes, obra que vio la luz en 1927.
No por algo, José Carlos Mariátegui, en el prólogo de esta primera edición, dice: “Tempestad en los Andes llega a su hora, su voz herirá todas las conciencias sensibles. Es la profecía apasionada que anuncia un Perú nuevo. Y nada importa que para unos sean los hechos los que crean la profecía y para otros sea la profecía la que crea los hechos”.
J. C. Mariátegui, en los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, en el proceso de la literatura, en el rubro de El indigenismo, hace un paralelo entre Enrique López Albújar y Luis E. Valcárcel: “López Albújar mira al indio con ojos y alma de costeño; L. E. Valcárcel, con ojos y alma de serrano”.
Cierto, Valcárcel veía la injusticia que se cometía con el pueblo indígena por parte de los terratenientes y gamonales, escuchaba sus quejas, hablaba quechua igual que ellos. Todas estas experiencias las plasmó en un anexo de Tempestad en los Andes, que él tituló: “Yo denuncio”, donde dice: “A los colonialistas de hoy y de siempre lo que les interesa es contar con una masa dócil y moldeable que conserve los privilegios de las castas dominantes. Frente a las fuerzas oscuras que se van desencadenando —y que yo denuncio— es imperiosa la conjunción de todos los elementos progresistas. Pertenezco a la generación de José Carlos Mariátegui, César Vallejo, José Sabogal, y me creo obligado a invocar una estrecha unión entre los grandes partidos que están alentados por un hermoso idealismo: anhelar un Perú verdaderamente libre de sus seculares opresores, de sus eternos colonialistas”.
Pensamiento que resuena vigente hoy, en este Perú que nos duele tanto cada día, todos los días, en pleno siglo XXI, 2026, a casi 100 años de haberlo anunciado. Grande, Valcárcel.


