POR: LUIS LARICO MAMANI
Este 12 de abril, el pueblo peruano participó activamente, ejerciendo su derecho al voto de manera democrática, pero hay un aspecto que ha pasado casi desapercibido en el departamento de Moquegua y, seguramente, en todo el país: la desinformación que rodeó el proceso electoral. Se trata de un hecho gravísimo que ha estado presente en el pasado, está presente en la actualidad y, probablemente, también lo estará en el futuro.
El departamento de Moquegua es uno de los departamentos con menor número de electores. Según el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (RENIEC), fueron 166 254 ciudadanos habilitados para votar. De ellos, el 74 % solo tienen educación secundaria, 13 % cuentan con formación técnica o superior y 11 % han cursado únicamente educación primaria.
A esto se suma un grupo menor, pero significativo de 3 292 ciudadanos sin nivel de instrucción registrado, además de casos de educación inicial y especial. Quiere decir que el 85 % de los residentes moqueguanos no superan la educación secundaria, lo que nos dice que las habilidades y capacidades para analizar la política, la sociedad y las tendencias económicas son restringidas; podríamos decir que estamos sujetos a la probabilidad de que “cualquier cosa puede pasar”.
Esas cifras no son solo datos demográficos vacíos. Revelan una realidad concreta: más de tres cuartas partes del electorado no contaba con formación técnica o superior, lo que puede traducirse en mayores dificultades para acceder, comprender y evaluar información electoral vinculada a planes de gobierno.
A lo largo de este proceso electoral se ha podido percibir un ambiente cargado de desinformación, donde muchos peruanos tienen presente que votar es un acto centrado, casi exclusivo, en la elección presidencial. Y no es para menos, considerando la intensidad de las campañas enfocadas en determinadas candidaturas.
No obstante, este proceso electoral no solo se basa en ello. Después de muchos años, el Perú regresa a un sistema bicameral, siendo así relevantes las elecciones de senadores, diputados y representantes del Parlamento Andino.
Sin embargo, estas decisiones fundamentales continúan pasando a un segundo plano, muchas veces sin un conocimiento real de sus funciones ni del impacto que tendrán en el rumbo político del país.
Ahora bien, no podemos ignorar la gran fragmentación política presente en el proceso electoral, donde hubo 35 candidatos buscando la presidencia. Esta dispersión solo dificulta al ciudadano promedio informarse adecuadamente. Los debates presidenciales han sido muy necesarios en este aspecto, ya que permitieron conocer a los candidatos presidenciales y sus propuestas.
Esta problemática no ha nacido con estas elecciones; ya existía y seguirá existiendo. El problema no solo es institucional, también es ciudadano. Y, sin duda, no es que el ciudadano no quiera informarse, es que el sistema no le facilita comprender lo que decide. Informarse no tiene por qué ser una opción secundaria.
Cuando se vota sin conocer funciones, candidatos o mecanismos básicos del proceso, el acto electoral pierde toda legitimidad y calidad.
Por eso, más allá de los resultados, que sin duda generan debate, estas elecciones dejan una reflexión incómoda: no basta con votar, es necesario comprender lo que se vota. Porque una democracia no se mide solo por la cantidad de votantes, sino el nivel de conciencia con el que esos votos son emitidos.
Las elecciones pasaron, pero la forma en que votamos merece más atención que el resultado mismo.

