POR: OMAHAR TORRES MENDOZA
Según las referencias históricas, durante el Imperio incaico el castigo para quienes infringían las normas de conducta era muy drástico, con el fin de que la población tuviera precaución frente a los actos ilegales. De acuerdo con el cronista y traductor Felipe Guamán Poma de Ayala, en su obra Primer Nueva Crónica y Buen Gobierno, se hace referencia al Zancay o Sancayhuasi, que en quechua significa “Casa del temor”. Se trataba de una especie de bóveda subterránea destinada a traidores, delincuentes y a quienes atentaban contra el incanato. Estaba poblada por serpientes, osos y pumas. A los sentenciados se les llevaba allí y, si por azares del destino sobrevivían —hecho que casi nunca ocurría—, se consideraba que la Pachamama o Madre Tierra los había perdonado y quedaban en libertad.
En nuestros tiempos conocemos las frases Ama Sua (no seas ladrón), Ama Llulla (no seas mentiroso) y Ama Quella (no seas ocioso), atribuidas a la trilogía moral del Imperio del Sol. Sin embargo, los historiadores indican que recién se tiene referencia de ellas con el surgimiento del Movimiento Nacional Inca, en 1780, durante el virreinato, en el contexto de las gestas independentistas y del levantamiento de Túpac Amaru II. Estas expresiones también guardan relación con influencias de la Revolución Francesa y con la decadencia de la sociedad colonial, que iba olvidando la grandeza de la cultura andina.
Han transcurrido más de 600 años y, en un mundo acelerado por la tecnología y la inmediatez, hemos ido perdiendo valores fundamentales para evitar la anarquía. Los reiterados hechos de corrupción nos han convertido en insensibles o conformistas, y el mal accionar de las autoridades parece resultarnos irrelevante. Tanto es así que se ha popularizado la frase: “No importa que robe, pero que haga obra”, expresión de la que se aprovechan muchos políticos para mantenerse en el poder institucional con el respaldo de quienes deberían sancionar las conductas delictivas.
Siempre debemos tener presente el dicho: “Hay que saber de dónde venimos para saber a dónde vamos”. Sin olvidar que durante la última década del siglo XX sufrimos algunos de los niveles más altos de corrupción conocidos, muchas veces preferimos no recordarlo. Las nuevas generaciones desconocen o muestran poco interés por la historia reciente, pese a hechos verificables reflejados en los vladivideos, el control de medios de comunicación que vendieron su línea editorial, la malversación de fondos y los sobornos, sin dejar de lado las cuestionadas privatizaciones, como las ocurridas en la provincia de Islay.
Para muestra, un botón, o muchos. En los últimos 30 años, de once presidentes de la república, nueve han tenido o tienen problemas judiciales, con denuncias o sentencias por colusión, lavado de activos, crímenes de lesa humanidad, tráfico de influencias y otros delitos que se cuentan por decenas. Esta es parte de nuestra historia y realidad, pero suele quedar reducida a una anotación marginal o a un dato estadístico. Ello ocurre porque, una y otra vez, en las elecciones generales, regionales y municipales, se termina votando por quienes no siempre reúnen las mejores condiciones para gobernar con transparencia y responsabilidad en el manejo de los recursos públicos.
Y como la historia aún no termina, hoy cobran actualidad las acciones de algunos candidatos a nivel nacional, provincial y distrital que, conociendo la prohibición constitucional de reelección en determinados cargos, han encontrado un vacío legal. Se inscriben como primer regidor o primera regidora, hacen renunciar a quien encabeza la lista y luego asumen la candidatura a la alcaldía. Se repite entonces el argumento de que, como no está expresamente prohibido, no es ilegal. Sin embargo, esta práctica se encuentra muy lejos de lo ético y de lo correcto. Pero, mientras el elector sea complaciente y el político ambicione permanecer en el cargo, en un país sin memoria parecerá que todo vale, aunque después lleguen las lamentaciones por haber respaldado lo irregular, actualizando el viejo adagio popular: “Este es mi ‘Perusalén’ y qué le vamos a hacer”.

