Recuerdos de Mollendo

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POR: ARNULFO BENAVENTE DÍAZ   

La década de los 60 fue el tiempo de oro del estibador marítimo de Mollendo. La iglesia Inmaculada Concepción sonaba cuatro campanadas en la madrugada del Puerto Bravo. El primus estaba encendido para hacer hervir el agua.

El guardián del resguardo, antigua Aduana, y de los quioscos de venta de comida “Jalisco”, dijo a nuestra madre: “Señora Teresa, buenos días, ¿todo está bien?”. Ella respondió con una ligera sonrisa: “Todo bien, Jalisco”. Poco a poco, los otros quioscos se abrían al amanecer.

El trabajo marítimo de la estiba necesitaba una buena alimentación para soportar turnos continuados. En la primera cuadra de la calle Alfonso Ugarte (lugar de la nombrada) se ubicaban varios quioscos que vendían desayunos preparados especialmente para dicha labor. El servicio de té con pan iba acompañado de un plato de churrasco, pescado frito, entre otros.

Las vendedoras y encargadas fueron: Sabrina, Edmunda, Teresa, Petronila, Isidora, Julia, Justa, Ticona, Natalia, Cata, Buen Amigo, Cecerina y otras.

Todo estibador llevaba “el gancho” para trabajar con sacos de metal o azúcar. Asimismo, utilizaba un delantal denominado “cutamba” y “el saquillo”.

Los grupos o cuadrillas estaban constituidos por nueve y hasta quince trabajadores para Mollendo, Muelleros, Inglesa y Grace Line.

Con el cambio del lugar de trabajo de Mollendo a Matarani, la empresa de transporte “Pastor” los trasladaba hasta su destino de labor marítima. Allí trabajaban en el muelle, buque, winche, bodega, etc.

Alrededor del ambiente de trabajo siempre se presentaban dos personajes populares de la época, dedicados a vender pieles de vicuña y objetos para turistas extranjeros y nacionales: “Peña” y “el Arequipeño”.

Recordamos el habla, las bromas, la jerga, las anécdotas y las costumbres de los porteños. Los estibadores fueron gente honesta y de oratoria ejemplar.

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