POR: DRA. FANNY REAÑO BAYONA**
Mientras en las calles de Moquegua se desempolvan las banderas y el fervor patriótico se reduce a desfiles protocolares con discursos de ocasión, el verdadero telón de fondo ya se levantó. Estamos a puertas de unas elecciones regionales y municipales en las que el tablero político parece un doloroso ejercicio de amnesia colectiva.
OBRAS INVISIBLES, SALUD ABANDONADA Y GESTIONES QUE NAUFRAGAN
Antes de mirar quiénes aspiran a gobernar mañana, hay que ajustar cuentas con quienes están sentados hoy en los sillones del poder. Si salimos a la calle, la respuesta generalizada de la ciudadanía es lapidaria: no hay nada sobresaliente que ver a simple vista.
Moquegua sigue entrampada en los mismos problemas estructurales de siempre, mientras las administraciones se consumen en la inercia.
Por un lado, tenemos al alcalde provincial de Mariscal Nieto, John Larry Coayla, quien llegó bajo la agrupación Alianza para el Progreso y cuya gestión municipal pasa completamente desapercibida.
Con una indolencia alarmante frente a las necesidades básicas, ni siquiera ha tenido la capacidad de articular o asumir un papel firme para apoyar las demandas de salud pública de la provincia —una competencia local fundamental de prevención—, dejándonos una ciudad sin proyectos transformadores, sin agua asegurada y con pistas destrozadas.
Si miramos hacia el sur costero de la región, en la provincia de Ilo —con su propia dinámica socioeconómica, portuaria y política, desvinculada del trajín andino de Mariscal Nieto y General Sánchez Cerro—, el alcalde Humberto Tapia Garay, quien llegó bajo la bandera del Partido Demócrata Somos Perú, ha enfrentado un periodo marcado por intensos entrampamientos administrativos y cuestionamientos legales que han restado impulso a la esperada reactivación portuaria y de saneamiento que demanda la provincia porteña.
En el ámbito regional, la gran decepción recae sobre la gestión de Gilia Gutiérrez Ayala, quien pasó a la historia local por ser la segunda mujer en liderar el Gobierno Regional de Moquegua. Ella llegó al poder bajo el paraguas de Somos Perú —agrupación tristemente célebre por cargar con el peso y la sombra de Martín Vizcarra—, para luego mutar, por conveniencia política, hacia otras carpas.
¿Qué nos ha dejado su paso por el GORE? Obras estancadas, promesas hídricas que se quedaron en maquetas y una salud regional desatendida frente a emergencias y carencias históricas. Anuncios millonarios en el papel y cifras alegres que jamás se tradujeron en desarrollo real.
“Moquegua no se empobrece por falta de recursos, sino por exceso de tolerancia frente a la mediocridad disfrazada de esperanza”.
PARTIDOS CASCARÓN, VALLAS Y VIENTRES DE ALQUILER
Con este triste antecedente, revisar la lista de candidatos que se alistan para las siguientes elecciones regionales y municipales es entender el patético rostro del sistema partidario nacional.
Muchas de las organizaciones que hoy pretenden colocar autoridades en Moquegua son partidos cascarón que colapsaron estrepitosamente en las urnas nacionales, según los reportes oficiales del Jurado Nacional de Elecciones —JNE— y la normativa electoral vigente sobre la valla de representación.
Agrupaciones tradicionales y vehículos de caudillos, como Alianza para el Progreso o Podemos Perú, sufrieron reveses históricos al quedarse por debajo del umbral mínimo de votos válidos o de la cuota parlamentaria exigida por ley, quedando al borde de la cancelación de su inscripción en el Registro de Organizaciones Políticas —ROP—.
¿Qué hacen, entonces, en provincias como Mariscal Nieto, General Sánchez Cerro o Ilo? Operan estrictamente como vientres y partidos de alquiler.
Utilizan las elecciones subnacionales como su última y desesperada tabla de salvación administrativa, prestando sus siglas a operadores políticos de dudosa reputación y a rostros reciclados que ven al Estado como un botín.
Ahí tenemos el retorno de figuras conocidas, como Jaime Rodríguez Villanueva con Kausachun, o Abraham Cárdenas Romero bajo las filas de Acción Popular, además de otros operadores que vuelven a tentar la suerte cobijados bajo siglas nacionales fracturadas que solo buscan sobrevivir a costa del presupuesto regional.
Frente a este panorama, los rostros que aspiran a sucederlos ya empiezan a desfilar por las redes sociales y las plazas, ofreciendo la misma receta gastada: discursos de cartón, promesas de desarrollo sin sustento técnico y una amnesia conveniente sobre su propio pasado político.
Pretenden vendernos “modernidad” aquellos mismos que fueron cómplices del silencio institucional, demostrando que la nueva oferta electoral no es más que una extensión reciclada de la mediocridad que hoy nos gobierna.
LA CULPA COMPARTIDA: ¿CIVISMO O COMPLICIDAD?
Pero seríamos mezquinos si les echáramos la culpa únicamente a los políticos de turno o a estos partidos en extinción. El problema estructural más grave vive en las ánforas.
¿Cómo se puede hablar de amor a la patria este 28 de julio cuando el electorado parece cómodo en la desmemoria?
Nos indignamos en la sobremesa por la falta de agua, de hospitales y por la nula gestión de nuestras autoridades, pero, a la hora de marcar la cédula, caemos en la trampa del “voto por costumbre”, del candidato que regala polos o del caudillo cobijado en un partido de alquiler.
Nos hemos acostumbrado a un civismo de papel, de escarapela en el pecho, mientras entregamos el futuro de la región a fantasmas políticos.
“No le temamos al enemigo externo; el verdadero peligro vive en la amnesia con la que marcamos la cédula cada cuatro años”.
INTERROGANTES PARA EL ESPEJO:
¿Qué estamos dispuestos a tolerar los moqueguanos?
Este 28 de julio, antes de cantar el himno nacional con la mano en el pecho y de dejar que la marea de la coyuntura electoral nos arrastre otra vez, corresponde interpelar a cada actor de este drama regional.
A las autoridades en funciones —la gobernadora y los alcaldes provinciales de Mariscal Nieto e Ilo—: ¿con qué autoridad moral miran las celebraciones patrias cuando dejan una región con servicios de salud quebrados, obras fantasma y una gestión que nadie ve en la calle? ¿Cómo se explica el desinterés por asumir un papel articulado frente a los problemas más urgentes de la población?
A los candidatos y a los partidos cascarón que hoy alquilan siglas: ¿no les da vergüenza reciclarse bajo carpas moribundas que fracasaron en el ámbito nacional, ofreciendo exactamente el mismo recetario populista que mantiene a Moquegua estancada? ¿De verdad creen que la ciudadanía tiene memoria de corto plazo para olvidar sus antecedentes?
Y a nosotros, los ciudadanos: ¿seguiremos cambiando nuestro futuro por una escarapela de cartón, un polo de campaña o la comodidad del voto automático?
Moquegua no necesita más autoridades invisibles ni partidos de alquiler que solo buscan salvar su inscripción a costa de nuestra riqueza.
Este 28 de julio, la pregunta no es cuánto amamos al Perú, sino a quiénes les estamos entregando las llaves de nuestra propia casa.
** Doctorado en Derecho y Ciencias Políticas (UNMSM), doctorado en Salud Pública, magíster en Administración de Servicios de Salud, abogada y obstetra.


