POR: FERNANDO VALDIVIA CORREA
Y un buen día se fue. Juró el pasado 28 de julio y, sorpresivamente, cincuenta y dos días después presentó su renuncia como ministro de Transportes y Comunicaciones (MTC) ante el premier Luis Galarreta y la mandataria Keiko Fujimori. En la misiva expresó que la decisión la tomó por motivos de salud, sin especificar qué enfermedad lo aquejaba, aunque luego de unos días aclaró que dejaba el portafolio para no llegar a perjudicar su salud.
Con amplia experiencia en gestión pública (titular de las carteras de Producción y de Defensa durante el segundo gobierno del extinto presidente Alan García; congresista; parlamentario andino; y director del Banco Central de Reserva del Perú), Rafael Rey aceptó el reto de liderar una de las entidades más complejas del Poder Ejecutivo. En los últimos diez años, el MTC incrementó su presupuesto en S/ 2000 millones (pasó de S/ 10 mil millones en 2016 hasta S/ 12 mil millones actualmente), con variados proyectos de inversión, tanto en infraestructura como en comunicaciones.
Asumimos que pronto se dio cuenta de las enormes dificultades burocráticas (en ocasiones necesarias) para atender una determinada problemática presentada en el seno del ministerio y/o en programas adscritos (Provías Nacional y Provías Descentralizado), relacionada con algún proceso de selección u obra paralizada, entre otras; amén de las sesiones de Consejos de Ministros o llamados desde la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM) o Palacio de Gobierno, aunado a las inacabables demandas de la población en los viajes al interior del país. Sí, desgasta. Y bastante.
Esto último no equivale a afirmar incompetencia por parte del ingeniero Rey. Por el contrario, es tomar claramente conciencia de la realidad vivida, día tras día, sin fines de semana para darse siquiera un respiro. Además, sus palmarés académicos lo respaldan. Como también el hecho de contar con un staff de profesionales calificados alrededor (vices, secretario general, directores, asesores, etc.), agregando al personal administrativo de carrera (valiosos muchos de ellos, doy fe). Sí, aunque no suficiente, pues salir a explicar ante la prensa un tema mediático es tarea del ministro. Insisto, extenuante.
Así que probablemente tuvo que elegir entre seguir este acrecentado ritmo laboral (con ingratitudes propias del puesto) o dar un paso al costado. Y escogió lo segundo. Con el mismo ímpetu de su personalidad al llamar las cosas por su nombre (sin edulcorar), y cuando es moneda corriente aferrarse literalmente “con uñas y dientes” al cargo, Rafael dijo “no voy más”. Y eso es meritorio, como lo han reconocido personajes críticos. He ahí a Jaime Delgado, senador de Ahora Nación, al aseverar que “cualquiera podía discrepar ideológicamente con él, pero es una persona que en el trayecto de vida ha mostrado ser respetable”.
No está más (quizá de momento, nunca se sabe) Rafael Rey en el Ejecutivo, pero sabemos que la historia lo recordará, confiamos, positivamente.

