POR: MG. ADM. DAVID DIEGO OVIEDO TURPO
Desde el 1 de octubre, el sueldo mínimo en el Perú dejó de ser S/ 1130 para convertirse en S/ 1230. En los titulares, el cambio parece una cifra más. En la oficina de un pequeño empleador, en cambio, es una conversación incómoda con la calculadora en la mano: ¿alcanzará el mes para pagar a todos sin recortar en otra parte?
El aumento no se queda en la boleta. Arrastra la asignación familiar, que sube a S/ 123, y se refleja en la CTS, las gratificaciones y las vacaciones de quienes ganan el mínimo. Para una microempresa de entre dos y diez trabajadores, con márgenes estrechos y clientes que ya piden descuentos, cada sol adicional pesa más de lo que aparenta: una planilla de cinco personas, por ejemplo, ve crecer su gasto mensual antes de vender una sola unidad más. El Gobierno reconoció esa realidad al anunciar un bono transitorio para este segmento, un gesto necesario, aunque no resuelve el problema de fondo.
Ahora, mirar solo el costo sería injusto. Un ingreso algo mayor suele traducirse en equipos más estables, con menos renuncias y mejor ánimo. Reemplazar a un trabajador implica tiempo de selección, capacitación y errores de aprendizaje, un gasto que casi nunca aparece en el presupuesto. Además, quien gana el mínimo gasta casi todo lo que recibe en el barrio: la bodega, el mercado, el transporte. Parte de lo que el empleador paga de más puede volver a su caja a través de clientes con algo más de poder de compra.
Los desafíos, con todo, son reales. El primero es la informalidad: la norma solo alcanza a quienes están en planilla, y existe el riesgo de que algunos negocios contraten menos o mantengan a su gente fuera del registro formal. El segundo es la previsión: un segundo tramo de S/ 70 llevará la remuneración a S/ 1300 durante el primer semestre de 2027, pero sin fecha precisa, lo que obliga a planificar a ciegas. El tercero es la productividad, porque pagar más sin producir más es una fórmula con fecha de vencimiento.
La lectura más sensata quizá sea la menos épica. El aumento resulta justo en términos de dignidad, pero solo será sostenible si llega acompañado de lo que casi siempre queda pendiente: menos trabas para formalizarse, financiamiento accesible y capacitación que eleve el rendimiento. El empleador que se anticipe, ajustando precios con cuidado, midiendo sus costos reales y conversando con su equipo, tendrá ventaja. El que espere a que la cuenta se acomode sola probablemente se quedará sin margen.
Finalmente, el sueldo mínimo no es solo un costo ni solo una conquista. Es, sobre todo, un recordatorio de que ninguna empresa crece sobre personas que no pueden vivir de su trabajo.

