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¿El mundo está loco, loco y más, loco?

“La derecha aspira a conservarlo todo, hasta lo injusto, y la izquierda a destruirlo todo, hasta lo bueno” – José Antonio Primo de Rivera

POR: CÉSAR A. CARO JIMÉNEZ    

Soy de aquellos que creen que no se debe condenar ni santificar a nadie por sus ideas. Es decir, que no se debe recurrir al fácil método de calificar negativamente a alguien, bajo epítetos como el tacharlo de comunista, liberal, anarquista o derechista, para, a partir de allí, colocar sus pensamientos y obras bajo siete llaves u ocultarlo totalmente. Algo que ha ocurrido y ocurre con diversos personajes de distinto sesgo político, como es el caso de González Prada o nuestro Lino Urquieta o del español José Antonio Primo de Rivera, que fue un abogado y político fundador de la Falange Española, que fue fusilado por las fuerzas republicanas en plena Guerra Civil, y de cuya imagen se apropió Franco, ocultando ciertas frases o ideas que en la época actual en el cual es cada vez mayor el poder de los centros del sistema económico mundial, que acarrea no solamente guerras localizadas, sino también una difusión del espíritu de empresa, del consumo mercantil, de la libertad política o libertinaje político que da lugar a impresentables y corruptos políticos tanto de derecha o de izquierda, en tanto se produce también una división creciente de la población mundial entre un sector central y un sector periférico, que no es el de los dominados sino el de los excluidos o marginales que es harto difícil pensar que se beneficien tanto de los adelantos científicos como de la inteligencia artificial.

Permítanme darles a conocer algunas de sus frases, la mayoría de las cuales tienen aún plena vigencia y que muy bien podrían haber sido escritas en nuestro Perú: «El capitalismo, muy en breve, en cuanto vinieron las épocas de crisis, acudió a los auxilios públicos; así hemos visto cómo las instituciones más fuertes se han acogido a la benevolencia del Estado aquí y en otros lugares del mundo, bien para implantar protecciones arancelarias o para obtener auxilios en metálico. Es decir, que, como dice un escritor enemigo del sistema capitalista, “el capitalismo, tan desdeñoso, tan refractario a una posible socialización de sus ganancias, en cuanto vienen las cosas mal, es el primero en solicitar una socialización de las pérdidas.»

Cabe recordar que el socialismo, contrafigura del capitalismo, supo hacer su crítica, pero no ofreció el remedio, porque prescindió artificialmente de toda estimación del hombre como valor moral, como lo pudimos observar en la Unión Soviética que jamás pudo pasar del capitalismo de Estado”.

Y aquí cabe resaltar que hoy en día, en que está de moda criticar al Estado, los países más capitalistas son aquellos donde se ha desarrollado la socialdemocracia. En estos países se ha producido una redistribución de los ingresos, gracias a la intervención del Estado que recauda más de la mitad del ingreso nacional y, a veces, como en el caso de Escandinavia, una proporción superior.

La fuerza principal de la idea socialdemócrata procede del vínculo que ha establecido entre el conflicto social y la democracia, convirtiendo al movimiento obrero –que en nuestro país está en crisis, al igual que casi todas las instituciones– en el principal artífice de la construcción de una democracia a la vez social y política. Esto demuestra que no hay democracia sin adhesión de la mayoría a los principios centrales de una sociedad y de una cultura, pero tampoco hay democracia sin conflictos sociales fundamentales y, sobre todo, sin eficacia productiva y sin combate pleno contra la corrupción, que, según ciertos cínicos aprendices de políticos, se ha convertido en una forma de distribuir la riqueza.

Y aquí, ante el posicionamiento de ciertos políticos conservadores o de derecha, con discursos y propuestas altisonantes que, en lo que a mi persona respecta, me hacen recordar en mucho a nefastos personajes como Hitler, Stalin, Mussolini y otros tantos que en su momento gozaron de amplio apoyo popular, cabe preguntar: ¿en qué reside hoy día la democracia? ¿Cuál es la naturaleza concreta de la acción democrática y en qué consiste el contenido «positivo» de la democracia?

La respuesta a esta pregunta implica, en primer lugar, el rechazo de todo principio único, venga de donde venga. La democracia no puede ser ni exclusivamente liberal ni enteramente popular. Por un lado, hay transformaciones permanentes que imponen la multiplicación de los intercambios y la circulación más intensa posible del dinero, el poder y la información. Por otro lado, está la resistencia de los individuos a la lógica del mercado, apelando a una subjetividad que se define como una voluntad de libertad individual y como una vuelta a la tradición, a la memoria colectiva con exigencias opuestas a las del mercado económico del dinero y de la identidad.

Esto es algo que viven y sienten sobre todo los jóvenes, quienes cada vez se resisten más a formar familia y tener descendientes, porque intuyen que el mundo actual no tiene mucho que ofrecerles, dado que es propiedad de los nuevos nobles o monarcas (los CEOs y dueños de las grandes trasnacionales) que rigen los destinos del mundo, no desde la ONU y Nueva York, sino desde Davos y otros «clubes» económicos exclusivos que tienen como instrumentos básicos de dominio a las grandes instituciones financieras y a los tratados de libre comercio, que son los paraguas que protegen la explotación de nuestros recursos no renovables. A ellos les importa llevarse nuestra riqueza sin importarles el precio ni la libertad. Para nada recuerdan lo que Walt Whitman decía: «La democracia es una bella palabra cuya historia aún está por escribirse».

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