POR: OMAHAR TORRES MENDOZA
Cuando empezamos a leer es importante entender de qué trata el texto, qué tipo de análisis se puede hacer del mismo y qué enseñanza obtenemos. Eso es comprensión lectora. En un mundo subyugado por la modernidad de la informática, estamos perdiendo la costumbre de maravillarnos con grandes y pequeñas obras, porque estamos dejando que la inteligencia artificial piense por nosotros, solo por interacción de algoritmos y no por sentido común o conciencia humana.
Esta realidad no es solo de los estudiantes o los niños; somos los adultos quienes apoyamos, sin darnos cuenta, este retroceso pedagógico. Frente a pruebas como la prueba PISA —que evalúa a alumnos de 15 años sobre lectura, matemáticas, ciencias y el contexto de realidad de los jóvenes—, no es novedad que estemos en una ubicación preocupante, porque así ha venido ocurriendo cada tres años que se realiza. Y más aún cuando el actual gobierno quiere culpar a todos, menos a quienes han planteado experimentos de políticas educativas durante décadas, sin tomar en cuenta que se viven diferentes circunstancias, ya sea por ubicación geográfica o socioeconómica.
Las reformas educativas aplicadas en el Perú se han estado realizando desde los años 20 del siglo pasado, con la Ley Orgánica de Enseñanza N.º 4004 (1920); posteriormente, en 1972, con el Decreto Ley N.º 19326 del gobierno militar de entonces; en 1980 se aplicó un nuevo Proyecto Educativo Nacional; y en 1990, otra reforma que buscó que el sector privado participara como parte de la oferta pedagógica, con la cual el gobierno se lavó las manos y dejó de mejorar la calidad de la enseñanza.
Ahora se va a desarrollar el Plan Nacional de Educación durante este quinquenio (2026–2031), pensando erróneamente que se solucionará con leer una hora diaria y obligatoria, aduciendo que los docentes no están capacitados y exigiéndoles evaluación. Esos lineamientos son solo signos de improvisación una vez más; porque para mejorar no hay que pensar desde un escritorio, sino hacer trabajo de campo y pedir la opinión a todos los sectores involucrados para que planteen su problemática y también las posibles soluciones.
¿Cómo se le puede obligar a un niño a leer más si casi no hay bibliotecas escolares, los textos están siendo satanizados por sus términos y el apoyo estatal para publicar obras literarias es mínimo o nulo? Por esta razón, muchos escritores peruanos publican en otros países y solo por su trascendencia exterior recién se les toma en cuenta en el país; todo esto sumado a la gran cantidad de vicisitudes de los alumnos, en especial de quienes viven en las zonas de la periferia de las ciudades o en pequeños poblados de la sierra o la selva.
La revolución educativa se tiene que dar pidiendo opinión a los profesores, porque ellos están inmersos y conocen lo que sucede en cada aula. A pesar de muchas falencias, la vocación es la que prima por encima de todo: aportan mucho más de su horario regular y de su propio peculio para tener material de enseñanza, aun cuando en algunos casos la infraestructura está en escombros. De continuar así, el Proyecto Educativo Nacional visionado hasta el 2036 solo será letra muerta y los implicados y afectados seguirán siendo datos estadísticos en rojo, con nuevas generaciones desfasadas. El problema se agrava aún más cuando se empieza a analizar la formación en centros educativos particulares, con docentes percibiendo salarios mínimos y, en algunos casos, en planteles tugurizados; la visión de futuro no es muy positiva.
Que debemos leer más es muy cierto: los grandes clásicos, los inolvidables escritores, las historias que se han convertido en eternas, con personajes con quienes identificarse. Esa es la maravilla que existe en cada hoja. Pero eso no se logra cuando te obligan a leer una hora; el hábito de la lectura es un modo de vivencia, no un experimento gubernamental.

