POR: GUSTAVO PINO ESPINOZA
Hay frases que, aun dichas al aire y con el micrófono encendido por accidente, terminan diciendo mucho más de lo que probablemente quiso expresar quien las pronunció. Durante su presentación ante la Comisión de Defensa Nacional y Orden Interno del Senado, el ministro del Interior, César Astudillo, dejó abierto el micrófono y se le escuchó preguntar: «Oe, ¿y cómo hago para leer toda esa huevada?». Ocurría justamente después de solicitar que la sesión pasara a carácter reservado. Podríamos quedarnos con la anécdota. Con el exabrupto. Con la lisura. Incluso podríamos hacer memes —que seguramente ya los hay— y seguir con nuestras vidas. Pero sería demasiado fácil.
Astudillo acudió al Senado para explicar las acciones del Ejecutivo frente a uno de los problemas que más preocupa a los peruanos: el avance de la criminalidad. En su exposición reconoció que la extorsión y el sicariato constituyen importantes desafíos para la Policía. También habló de la brecha tecnológica, de la necesidad de fortalecer a la institución policial y de reformas para enfrentar mejor al crimen organizado. Hasta allí, todo razonable. El problema apareció cuando llegó el momento de hablar de los homicidios. El ministro sostuvo que estos no habían «ensombrecido» al país y atribuyó parte de la preocupación ciudadana a una «percepción mediática». Entonces me pregunto, como muchos peruanos, ¿quién está percibiendo mal la realidad? ¿El ciudadano que tiene miedo de caminar por su barrio? ¿El comerciante que recibe una amenaza? ¿El transportista que trabaja bajo presión? ¿La familia que ya no siente que su casa sea necesariamente un lugar seguro? ¿O el Estado? ¿El país no está siendo «ensombrecido» por la violencia?
Un Estado serio no puede gobernar a partir de sensaciones. Necesita cifras, indicadores, mapas del delito, tendencias y evidencia. Y quizá allí estuvo el principal problema de la intervención de Astudillo.
Horas después, el propio ministro tuvo que reconocer que se había expresado mal. Precisó que existe un temor real entre los ciudadanos y sostuvo que su compromiso es reducir esa «percepción de miedo» y «de terror». Bien. Pero si existe miedo real, entonces ya no estamos hablando simplemente de una «percepción mediática». Estamos hablando de una consecuencia concreta de la inseguridad. Y eso obliga a formular otra pregunta: ¿qué está haciendo el Estado para que el ciudadano vuelva a sentirse seguro, no para convencerlo de que debería sentirse seguro? Porque hay una diferencia enorme entre ambas cosas. Una política de seguridad no puede tener como objetivo principal mejorar la percepción de seguridad mientras las causas que producen esa percepción permanecen intactas. Sería como pintar de blanco las paredes de una casa mientras el techo sigue goteando.
Y aquí volvemos a la famosa frase: «Oe, ¿y cómo hago para leer toda esa huevada?». Por eso, el incidente resulta casi una metáfora involuntaria de estos tiempos. Un funcionario encargado de enfrentar la inseguridad llega al Parlamento con una montaña de documentos y termina preguntándose cómo va a leerlos. Mientras tanto, afuera, hay millones de peruanos que hace tiempo aprendieron a codificar el miedo. Algunos, ahora, caminan cuestionándose qué resulta más preocupante: si la huevada que el ministro tenía que leer o la realidad que el Gobierno todavía no termina de leer. Y esa sí es una pregunta que no admite sesión reservada.

