Prevenir el suicidio también es aprender a escuchar

Hablar, escuchar y acompañar puede ayudar a salvar una vida. Una conversación que llega a tiempo puede convertirse en una esperanza que también llega a tiempo.

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POR: ABOG. JESÚS MACEDO GONZALES

El 10 de septiembre se conmemoró el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Hablar de este tema no es fácil, porque significa hablar del dolor humano, de la soledad y de momentos en los que una persona puede sentir que ya no encuentra una salida. Pero precisamente por eso tenemos que hablar.

La Organización Mundial de la Salud nos propone “Cambiar la narrativa sobre el suicidio”, dejando atrás el silencio y los prejuicios. Hablar, escuchar y acompañar puede ayudar a salvar una vida. Muchas veces preguntamos: “¿Cómo estás?” y recibimos automáticamente un “bien”. Pero pocas veces insistimos: “No, en serio… ¿cómo estás?”. Incluso me ha pasado que, cuando un amigo me pregunta cómo estoy, en realidad me está diciendo indirectamente que él está mal y necesita conversar. Tal vez tengamos que recuperar la capacidad de mirarnos y escucharnos un poco más.

Vivimos corriendo entre el trabajo, los estudios y las obligaciones, y podemos tener muy cerca a alguien que está sufriendo sin darnos cuenta. Por eso debemos reconocer algunas señales de alerta: aislamiento, cambios bruscos de comportamiento o estado de ánimo, pérdida de interés por actividades habituales, despedidas inesperadas, regalar objetos importantes o expresar frases de desesperanza, como sentirse una carga o decir que preferiría no estar aquí. También debemos tomar muy en serio cuando alguien habla directamente de hacerse daño o quitarse la vida.

Estas señales no significan necesariamente que una persona vaya a suicidarse, pero nunca deberían ignorarse. ¿Y qué podemos hacer? Lo primero es escuchar. Escuchar sin interrumpir, sin juzgar y sin sermonear. Frases como “tienes todo para ser feliz”, “hay personas que están peor” o “pon de tu parte” pueden aumentar el sentimiento de incomprensión. Una persona que atraviesa un sufrimiento intenso necesita sentir que alguien está dispuesto a quedarse a su lado.

Si sospechamos que alguien piensa en suicidarse, podemos preguntarle directamente: “¿Has pensado en hacerte daño?” o “¿Has pensado en quitarte la vida?”. Preguntar no significa darle la idea; puede ayudar a que la persona se sienta comprendida y abra una puerta para recibir ayuda.

Si responde que sí, no debemos dejarla sola ni comprometernos a guardar el asunto en secreto. La vida está primero. Debemos contactar a un familiar o persona de confianza, buscar ayuda profesional y acompañarla a un establecimiento de salud. Si existe peligro inmediato, debemos alejar objetos o medios con los que pudiera hacerse daño y acudir a un servicio de emergencia.

En el Perú contamos con la Línea 113, opción 5, del Ministerio de Salud, que ofrece orientación y apoyo psicológico. También podemos acudir a un establecimiento de salud o a un Centro de Salud Mental Comunitaria. Pedir ayuda profesional no debe causar vergüenza; es una decisión responsable.

Pero la prevención también exige preguntarnos qué hacemos como familias, colegios, universidades, centros laborales, municipalidades y sociedad para proteger la salud mental. Necesitamos espacios donde un adolescente pueda decir “no puedo más” sin recibir burlas; donde un joven pueda reconocer que teme al futuro sin ser llamado débil; donde una persona adulta mayor pueda admitir que se siente sola y encuentre a alguien dispuesto a escuchar.

Prevenir significa también enfrentar el bullying, la violencia, la discriminación y el aislamiento, facilitar el acceso a servicios de salud mental y comprender que una persona puede sonreír ante nosotros y, aun así, estar atravesando una batalla que desconocemos.

Detrás de cada suicidio hay una silla que queda vacía y una familia marcada por una ausencia. Quizá nosotros no podamos resolver todos los problemas de una persona ni tengamos las palabras perfectas. Pero sí podemos hacer algo: acercarnos, preguntar, escuchar, acompañar y buscar ayuda. Porque, algunas veces, una conversación que llega a tiempo puede convertirse en una esperanza que también llega a tiempo.

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