La lucha de Esther por recuperar a su hija: “No la llevé en mi vientre, pero nació en mi corazón”

Durante casi dos años, “Lucía” vivió bajo acogimiento familiar con Esther Ramos. En diciembre de 2025 fue retirada de su colegio por la UPE y, desde entonces, ambas no han vuelto a verse.

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POR: SOLEDAD ORCOAPAZA LUQUE

Por protección de identidad, los nombres de los menores mencionados en esta nota han sido cambiados.

La ropa de Lucía sigue en el mismo lugar. Esther Ramos Tuyo no la ha movido desde diciembre. Tampoco ha guardado la cama ni las cosas que dejó aquella mañana rumbo al colegio. En casa, sus otros hijos todavía hablan de ella. Esther responde casi siempre lo mismo: “Ya va a volver”. No sabe cuándo.

La última vez que la vio fue el 15 de diciembre de 2025. Lucía había amanecido con dolor de estómago, pero quiso ir a clases. Antes de salir pidió que la peinaran y Esther le hizo una colita. Horas después, personal de la Unidad de Protección Especial (UPE) retiró a la niña de la institución educativa. Esther no estuvo allí. Desde ese día, no ha podido volver a verla.

Para entender por qué Esther habla de Lucía como una hija, hay que retroceder algunos años, cuando para la niña era simplemente “la señora de las verduras”.

LA SEÑORA DE LAS VERDURAS

Durante los años de la pandemia, Esther y su esposo salían a vender verduras. Los martes pasaban por un sector de la Pampa Inalámbrica donde vivían Lucía y su hermana Valeria junto a su bisabuela. Lucía tendría entonces unos cuatro años.

La relación nació alrededor de esas visitas. Las niñas aparecían cuando veían llegar a Esther y, algunas veces, le pedían un chocolate, una gaseosa o algún bocadillo. Ella solía regresar también con algún detalle por un cumpleaños o una fecha especial.

Con el tiempo, la bisabuela empezó a hablarle sobre la situación de las niñas y lo que podría ocurrir si algún día faltaba. Esther conserva especialmente un pedido referido a Lucía y Valeria: “Que nunca se separen”.

Tras la pandemia, las visitas disminuyeron. Tiempo después supo que la bisabuela falleció y que Lucía había sido derivada a un albergue. Fue entonces cuando intentó saber de ella y averiguar si podía visitarla.

No tenía parentesco con la niña y esa fue la primera dificultad. Desde la UPE preguntaron a Lucía si conocía a Esther Ramos y ella respondió que no: durante aquellos años nunca la había llamado por su nombre.

“Pregúntenle por la señora de las verduras”, pidió. Cuando hicieron la interrogante de esa manera, la niña la reconoció.

Ese reconocimiento abrió una nueva etapa. Esther y su esposo solicitaron formalmente el acogimiento familiar y comenzaron entrevistas y videollamadas. El expediente de la UPE da cuenta de un vínculo afectivo con Lucía y concluyó que ambos reunían condiciones para asumir su cuidado.

Ramos recuerda que Lucía atravesaba un momento difícil y se preguntaba por qué su hermana tenía una familia y ella no. Para entonces, Valeria vivía en Tacna con su padre.

LA PRIMERA VEZ QUE LA LLAMÓ “MAMÁ”

En una de aquellas conversaciones, la niña dejó atrás la forma en que había conocido a Esther y la llamó “mamá”.

“Mamá, ¿cómo estás?”, le dijo. Esther recuerda haber respondido con naturalidad: “Bien, hijita. ¿Y tú cómo estás?”.

Finalmente, la UPE declaró procedente la solicitud y consideró a ambos idóneos para asumir el cuidado de Lucía. Incluso prescindió del periodo previo de convivencia al reconocer el vínculo afectivo y dispuso que la niña pasara al acogimiento familiar con Esther.

Mientras avanzaba el procedimiento, Lucía llevaba su propia cuenta de cuánto faltaba para salir: primero hablaba de 60 días, después de cincuenta y tantos y luego de cuarenta. El 21 de diciembre de 2023 llegó finalmente la comunicación que Esther esperaba. Podía ir a recogerla.

Cuando se encontraron, se fundieron en un abrazo.

FALTABAN CUATRO DÍAS PARA NAVIDAD

En casa, sus hijos ya sabían que Lucía llegaría a vivir con ellos. Esther había preparado todo para la niña: sábanas de la Princesita Sofía, personaje que le gustaba, además de juguetes y ropa nueva.

Desde ese momento comenzó otra etapa. Lucía iba a levantarse, comer, estudiar, jugar y dormir en esa casa. También habría que matricularla y aprender, entre todos, a convivir.

APRENDER A SER FAMILIA

Esther sostiene que esperaba orientación de la UPE para completar la documentación y conseguir una vacante, pero terminó realizando varias gestiones por su cuenta. Con apoyo del colegio, logró matricular a Lucía y preparar lo necesario para sus clases. Al ver una lista de útiles, Lucía preguntó qué era. Esther se lo explicó y la niña le contó que anteriormente había utilizado cuadernos reciclados. Ramos recuerda que ambas terminaron llorando.

“Es como un cuaderno viejo que tú has tenido. Lo vamos a botar. Vamos a comprar un cuaderno nuevo y vamos a escribir una nueva historia, hijita”, le dijo.

EL RETO DE LA ADAPTACIÓN

La convivencia no estuvo libre de problemas. Esther habla de dificultades de adaptación y situaciones que, por momentos, no sabía cómo enfrentar. No presenta esos casi dos años como una vida perfecta.

Ante esas dificultades, Esther afirma que buscó ayuda en la UPE y pidió orientación profesional. Dice que le señalaron que acudirían a la vivienda, pero las visitas no siempre se concretaron. Esa falta de acompañamiento, como ella la describe, adquiriría otra importancia cuando el caso volvió a ser evaluado con mayor intensidad en 2025.

Mientras tanto, Lucía seguía estudiando y mejoró sus calificaciones. A la vez, continuaba preguntando por Valeria, por lo que mantener el vínculo entre las hermanas se convirtió en una preocupación constante.

En vacaciones, Esther viajaba con Lucía a Tacna para que pasara algunos días con Valeria. Sostiene que antes consultó con un profesional de la UPE y recibió una respuesta favorable. Cuando la niña decía que extrañaba a su hermana, Esther buscaba la manera de reunirlas.

“¿Qué te falta para ser feliz, hija?”, recuerda haberle preguntado. Lucía respondió que quería ver a su hermana. “Vamos a verla”, le dijo Esther. El pedido de la bisabuela seguía presente: que nunca se separaran.

CUANDO LA UPE VOLVIÓ A MIRAR EL CASO

Esther ubica un cambio importante el 21 de septiembre de 2025, cuando personal de la UPE llegó a la vivienda con documentos relacionados con el seguimiento realizado durante el acogimiento.

Ramos se negó a firmarlos. Sostiene que consignaban actuaciones que ella no reconocía como realizadas y que no estaba dispuesta a validar un trabajo que, desde su experiencia, no había ocurrido con esa continuidad.

“Yo no voy a firmar ningún documento porque ustedes no han trabajado conmigo”, recuerda haber dicho.

Después llegaron las intervenciones en el colegio. Esther afirma que personal de la UPE llevó a Lucía a la Dirección para entrevistarla durante clases. Según la niña le contó después, le preguntaron por su convivencia en casa y su relación con Esther.

Ramos asegura que algunas preguntas fueron retomadas más de una vez, lo que, según explica, aumentó sus reparos sobre la forma en que se desarrollaba el seguimiento.

CAMBIA EL PANORAMA

El conflicto tomó otra dimensión el 4 de diciembre de 2025. Personal de la UPE y la Fiscalía acudieron al colegio buscando a Lucía. La niña había viajado a Tacna para acompañar a Valeria por su fiesta de promoción. Después fueron a la vivienda.

Esther sostiene que hasta entonces no conocía el contenido de la resolución que cambiaba la situación de Lucía, pues asegura que el documento no le fue entregado físicamente.

Según recuerda, el fiscal identificó problemas de comunicación entre ella y la UPE y habló de “reestructurar el diálogo”. Esther respondió ofreciendo retomar el trabajo con los profesionales.

“Si ustedes quieren trabajar, trabajemos. Vengan, por favor, por el bien de la pequeña, conversemos”, recuerda haber dicho. Sostiene que ese acercamiento no se concretó.

Once días después, la situación cambió por completo.

EL DÍA QUE NO VOLVIÓ

La mañana del 15 de diciembre, Lucía tenía un ligero dolor de estómago. Esther pensó que debía quedarse en casa, pero la niña insistió en asistir porque tocaba el ensayo de villancicos. Durante la mañana, personal de la UPE acudió al plantel para ejecutar el retiro. Esther no estuvo presente y reconstruye esos minutos principalmente a partir de lo que le contó la profesora de Lucía.

Según ese relato, la docente habría intentado permanecer con Lucía hasta que llegara alguien de la familia. La niña lloraba desconsoladamente, pero finalmente fue trasladada en un taxi. La profesora intentó acompañarla, pero, siempre según ese relato, le indicaron que regresara a su aula. Entre las frases que Esther atribuye a aquel relato hay una que le resulta difícil olvidar. Lucía habría dicho: “Yo me escaparé”.

DOLOR DE MADRE

Ramos supo que la niña se halla en otra ciudad. Desde entonces, sostiene, no ha podido tener un encuentro directo con ella. Los días que siguieron fueron especialmente duros. Esther cuenta que pasó muchas noches sin dormir y que hubo días en los que no comió por la angustia.

Entre las personas ante las que reclamó se encuentra Elizabeth Maquera Atencio, directora de la UPE. Esther asegura que, durante una conversación, Maquera le manifestó que Lucía “no tenía familia”, una frase que provocó su respuesta inmediata: “¿Cómo que no tiene familia? Ahora sí tiene. Acá estoy yo”.

Desde la institución, sostiene Ramos, le han recordado que ella no es la madre de Lucía. Esther no discute la ausencia de vínculo biológico; se apoya en casi dos años de convivencia, durante los cuales la niña la llamó mamá.

“No la llevé en mi vientre, pero nació en mi corazón”, nos dice entre lágrimas.

VIVIR EN UN ALBERGUE

La preocupación tiene una raíz personal. Esther pasó parte de su infancia en un albergue y recuerda que, cuando tenía unos seis años, escapó junto con su hermano después de una situación que identifica como un intento de abuso.

No sostiene que Lucía atraviese algo similar. Sin embargo, al saberla nuevamente en un albergue y no poder verla, revive parte de lo que ella misma vivió y teme que la niña pueda sentirse sola o asustada.

LUCHA POR VERLA

La separación alcanzó también a los otros niños de la casa. Camila comenzó a escribir cartas para Lucía y algunas noches duerme con Esther en la cama que ocupaba su hermana. Mateo, en una iglesia, pidió a la Virgen que le devolviera a su hermanita.

Esther asegura que continuará por las vías legales hasta volver a ver a Lucía, con apoyo de los abogados Emmanuel Paxi y Oscar Dioses. En una solicitud dirigida a la UPE de Moquegua pidió conocer qué observaciones sustentaron el cambio de medida.

Mientras aguarda una respuesta, la ropa de Lucía continúa en el mismo lugar.

Y cuando algún compañero del colegio vuelve a preguntarle: “¿Dónde está Lucía?”, Esther responde: “Ya va a volver”.

La lucha de Esther por recuperar a su hija 0826 2 scaled La Prensa Regional
En un paseo familiar, “Lucía” compartía actividades cotidianas con Esther Ramos y los demás niños del hogar, con quienes convivía como hermanos. Hoy están alejados.

 

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