POR: GUSTAVO PINO ESPINOZA
«La gente pobre no tiene mucho que perder porque no tiene nada», dijo Mónica Delta durante una transmisión televisiva posterior a las elecciones presidenciales. Más tarde explicó el contexto de sus palabras y pidió disculpas. Sin embargo, la frase quedó flotando en el aire porque tocó una fibra sensible del país.
Y los pobres sí tienen mucho que perder.
Desde una perspectiva semiótica, las palabras nunca son inocentes, pues describen y construyen una realidad. Cuando se afirma que los pobres «no tienen nada», la pobreza se trasmuta en una condición económica para convertirse simbólicamente en una ausencia total. No se habla únicamente de bienes materiales; se transmite la idea de que quienes viven en situación de pobreza carecen de aquello que otorga valor social. Es una frase que, quizá sin proponérselo, reduce personas a carencias.
Sin embargo, reitero, los pobres tienen mucho que perder.
Tienen el pequeño negocio que levantaron después de años de esfuerzo. Tienen la chacra que depende de una temporada de lluvias. Tienen la educación de sus hijos, la salud de sus padres, el trabajo que apenas alcanza para llegar a fin de mes y la esperanza de que el próximo gobierno haga algo distinto a los anteriores.
Quien afirma que los pobres no tienen nada parece olvidar que la pobreza no es ausencia de vida. Es, muchas veces, una vida sostenida con enormes sacrificios. Es levantarse antes del amanecer para trabajar. Es caminar kilómetros para acceder a servicios básicos. Es administrar la escasez como si fuera una ciencia cotidiana.
Paradójicamente, son los sectores más pobres quienes más pierden cuando el país fracasa. La inflación no golpea primero a quienes tienen cuentas bancarias robustas. Golpea a quien compra el pan de cada día. La corrupción no afecta únicamente las cifras del presupuesto público. Afecta al estudiante que no recibe una educación adecuada, al paciente que espera atención médica y a la comunidad que continúa sin agua potable.
Pero la frase también merece una reflexión periodística. El periodismo tiene la obligación de explicar la realidad, no de simplificarla. Cuando un comunicador habla de pobreza, habla de millones de personas cuyas experiencias son mucho más complejas que una estadística o una tendencia electoral. El problema no es el error verbal ni la disculpa posterior. El problema es que determinadas expresiones revelan la distancia que a veces existe entre quienes observan el país y quienes lo viven todos los días.
Quizá por eso los resultados electorales suelen sorprender a quienes observan el Perú desde los estudios de televisión o desde sus atalayas y no desde las calles, los mercados, las comunidades campesinas o los asentamientos humanos. Allí donde el Estado llega tarde o simplemente no llega, las personas no votan porque no tengan nada que perder. Votan porque todavía conservan algo más valioso que cualquier estadística: la esperanza.
La pobreza no elimina los sueños, las expectativas ni la dignidad. Tampoco convierte a las personas en ciudadanos de segunda categoría. Reducirlas a la idea de que «no tienen nada» es desconocer que detrás de cada cifra existe una historia, una familia y una lucha diaria por salir adelante.
Los pobres sí tienen mucho que perder. Y tal vez por eso son quienes más razones tienen para exigir que el país cambie.

