Vitaliano Becerra Herrera, héroe moqueguano de la Guerra del Pacífico

En 1908, por la Ley N.° 0728, con el grado de capitán, su nombre fue grabado en las Placas Murales de la Cripta de los Héroes, en Lima.

ARCHIVO

POR: MAG. VÍCTOR CASANOVA VÉLEZ

Vitaliano Becerra Herrera nació el 29 de enero de 1856. Se creía que había nacido en Torata. Luis Kuon (UNAM, 2019), basado en su partida de bautismo N.° 27, afirma que nació en Moquegua y fue bautizado en la Iglesia Matriz, según consta en el Archivo Parroquial de Moquegua:

Partida N.° 27. Libro de Bautismo N.° 23, de enero de 1851 a setiembre de 1863.

“Año del Señor de mil ochocientos cincuenta y seis, en veintinueve de enero, yo, el teniente cura Domingo Godínez, bauticé y puse óleo y crisma a una criatura de cinco días de nombre Vitaliano, hijo legítimo de D. Lucas Becerra y doña Dominga Evelina Herrera” (Kuon, 2019, p. 729).

FORMACIÓN Y PRIMEROS AÑOS

Estudió en el Colegio Nacional “La Libertad”; integró un grupo de traviesos estudiantes con tareas extras como castigo, pero sin desaprobar ningún curso, según Manuel Zenón Vera. Estudió Letras y Leyes en la Universidad de San Agustín, Arequipa, donde se graduó de bachiller en Derecho, en 1878.

Practicaba su carrera en Tacna cuando se declaró la guerra, el 5 de abril de 1879. Como subteniente, se enroló en el Batallón N.° 1. Luego, con 24 años y como teniente del batallón “Granaderos de Tacna” N.° 31, fue asignado al fuerte “Ciudadela”, ubicado en la cima del cerro Chuño, el puesto más avanzado de la defensa de Arica por el este. Era un cuadrilátero cerrado formado por paredes de 3 metros de altura, elaboradas con sacos llenos de arena. Estaban decididos a “…morir en la demanda para dar mayor lustre a las armas nacionales…” (Dellepiani, 1977).

EL FUERTE CIUDADELA

Durante la noche del 6 de junio de 1880, el 3.° y 4.° de Línea y el regimiento “Buín” avanzaron cautelosamente hacia el Morro hasta colocarse a 1000 metros del “Ciudadela” y del fuerte “Este”, y esperar el alba para asaltar.

A las 5:00 a. m. del 7 de junio de 1880, el 3.° de Línea “…avanzó en formación de asalto, por las pendientes del cerro Chuño, a paso de trote” (CNCGP, 1980). Cuando los chilenos se encontraban a 300 a 400 metros de los dos fuertes orientales, fueron descubiertos.

Los defensores del “Ciudadela” se lanzaron a los parapetos para la defensa, mientras que sus cañones rompían el fuego. Los del 3.° de Línea, en cerrada columna de asalto, respondieron con vivísimo fuego de fusil.

Los 420 peruanos del “Ciudadela” enfrentaban a los 1200 soldados del 3.° de Línea, los 1200 del “Buín” y 200 jinetes de caballería. La suerte estaba echada. Carlos Dellepiani (1977) escribe: “…el número abrumador de fuerzas enemigas que los tiradores peruanos veían aparecer a su frente, en densas formaciones de ataque, les hizo comprender que debían sacrificarse por el honor nacional sin esperanza de éxito”.

EL SACRIFICIO DE BECERRA

Los asaltantes llegaron a los pies del “Ciudadela” y, usando sus corvos, rasgaron los viejos sacos de arena de los muros, vaciándolos fácilmente y obteniendo pase libre al interior.

Dentro empezó la cruenta y desigual lucha cuerpo a cuerpo, donde sucumbían los menos numerosos: “…los soldados no solo lucharon con bravura contra lo imposible, sino que buscaban la muerte con intención heroica…” (Dellepiani, 1977).

En torno a Becerra sucedía la carnicería de la guarnición peruana, que sucumbía sin dar ni pedir cuartel. Finalmente, cuando el “Ciudadela” ya era “una pira sangrienta”, Becerra, Pedro Correa y Ordonel Vargas —también citan a Alfredo Maldonado— fueron quienes pusieron fuego al polvorín del fuerte; la terrible explosión desapareció a todos en mil pedazos.

De 26 oficiales peruanos, quedó uno herido, dos prisioneros fuera del fuerte y murieron 23. También volaron docenas de enemigos.

La revista El Perú Ilustrado, N.° 174, del 6 de setiembre de 1890, dice:

“Digno émulo de Ricaurte, pues Vitaliano Becerra recibió orden de incendiar la Santa Bárbara y, sereno como un espartano de los tiempos fabulosos, marchó a entregar su vida por la adorada Patria; prendió la mecha del polvorín y voló junto con centenares de enemigos. Pedro Correa y Ordonel Vargas, dos jóvenes amigos de Becerra, lo secundaron en el grandioso sacrificio, así es que esos tres nombres deben ir unidos en el libro de la historia, como sus espíritus inmortales”.

TESTIMONIOS HISTÓRICOS

El historiador chileno Nicanor Molinare, en 1911, dice:

“Fue tal y tan espantosa aquella represalia, que el vasto e inmenso recinto del Ciudadela se convirtió en humeante poza, charco horrible de sangre humana; y tanto subió el nivel de aquel lago, que el caballo del general en jefe, don Manuel Baquedano, cuando más tarde penetró en aquel mudo y desolador lugar, se perdió en la sangre peruana, hasta los mismos nudillos”.

Carlos Dellepiani agrega: “…fue un suicidio colectivo, realizado por hombres que saben alcanzar la altura de lo divino, por soldados que, al inmolarse libre y consentidamente en aras de la Patria, presentían la lección de su actitud…” (1977).

Nicanor Molinare considera a Becerra y a los combatientes del “Ciudadela” como “únicos héroes de este evento bélico”, por su sacrificada resistencia.

RECONOCIMIENTO EN LA CRIPTA DE LOS HÉROES

En 1908, por la Ley N.° 0728, con el grado de capitán, se ha grabado su nombre en las Placas Murales de la Cripta de los Héroes, en Lima, junto a su compañero de sacrificio Pedro Correa Becerra, porque sus cuerpos nunca se encontraron (Vargas, Gerardo, p. 501).

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