POR: VICENTE ANTONIO ZEBALLOS SALINAS
Fuimos a las elecciones generales premunidos de un rechazo cuasi unánime a nuestra representación política, con percepciones jamás vistas: un Parlamento que no superaba el 3% y una institución presidencial vapuleada. Y si sobreviven políticamente, es por la inercia de las circunstancias.
A pesar de este desfase, un importante número de parlamentarios fue por la reelección, acomodando las reglas electorales, usufructuando su posición de dominio como congresistas en ejercicio. Siguieron dictando normas populistas y, adueñados de una incontestable prepotencia, se hicieron parte de un sesgado debate electoral.
Desde la vertiente opuesta, los electores participamos con cierto dinamismo, legitimando con nuestro actuar a quienes no lo merecían, a quienes debilitaron gravemente nuestra modesta institucionalidad. Nuestro acontecer político continuó su camino como si nada pudiera alterar el estado de cosas del que salíamos.
RESULTADOS Y PARADOJAS
El poselectoral nos brinda elementos especiales. Si bien parte importante de la “camarilla” política naufragó en menos del 5%, sin superar la valla electoral y condenada a una reingeniería para impulsar su nueva inscripción por la cancelación de su matrícula electoral, no es menos cierto que ratificamos con nuestros votos a tres agrupaciones que, precisamente, ocuparon los tres primeros lugares en las preferencias electorales.
Fueron quienes actuaron de manera concertada para impulsar leyes con nombre propio, autoprotegerse políticamente, acosar a otros poderes y menoscabar nuestra estabilidad política. Me refiero a Fuerza Popular, Renovación Popular y Juntos por el Perú. Qué paradoja la nuestra.
REDES SOCIALES Y NUEVOS ACTORES
Es importante reconocer la gravitante incidencia que han tenido las redes sociales. Si bien desde procesos anteriores nos acompañan, esta vez fue más decisorio su rol, y consideramos que la respuesta a su eficacia es el repunte, en el tramo final, de Ricardo Belmont y Jorge Nieto, que no solo lograron superar la valla electoral, sino colocar una importante representación parlamentaria, ubicándose como verdaderos árbitros en medio de las demás opciones.
Si bien Belmont tuvo una apresurada e imprudente decisión de retirarse pronto, nos quedan figuras relevantes que pueden significar una renovación política en el mediano futuro. Cito al propio Nieto, a López-Chau, incluso a Marisol Pérez Tello, que, aun en lo limitado que significó la campaña electoral, hicieron una encomiable labor, sacando de su adormecimiento a los desmotivados.
SEGUNDA VUELTA Y PASIVOS POLÍTICOS
Si bien tenemos dos candidatos en segunda vuelta, pese a la inmadurez política de López Aliaga, que incluso antes de las elecciones ya advertía su desencanto con el proceso, es evidente que asumía indirectamente su menguada aceptación electoral, que le negaría la posibilidad del éxito.
Ambas candidaturas arrastran tras de sí un trascendente pasivo, que difícilmente podrán sacudir. Andarán en este tramo con esa pesada mochila: el comportamiento del órgano legislativo en la producción normativa como en su función política, que significa el menosprecio por las instituciones y nuestro propio orden constitucional, ha tenido como protagonistas a estas dos agrupaciones.
Eso les significará mucho para poder desprenderse de sus graves responsabilidades políticas, asumidas de forma abusiva y prepotente en este presente y pasado inmediato.
Con ligereza focalizamos nuestra atención en estas dos agrupaciones y, sin embargo, si interiorizamos, encontramos que es la misma fotografía política de hace cinco años: Keiko Fujimori, con un remozado estilo político, más de estilistas, vendiendo la imagen de cauta, pausada y dueña de escenarios; y, en el otro lado, nos encontramos con un reconfigurado Pedro Castillo. Me refiero a Roberto Sánchez, quien, a sabiendas de lo trascendente que es culturalmente el fenómeno de la “victimización”, en demasía busca su aprovechamiento, rayando lo ridículo.
CIFRAS Y REPRESENTACIÓN FRÁGIL
Las cifras publicitadas por el JNE son: Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, con 2,877,678 votos, equivalente al 17.19%; y Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú, con 2,015,114 votos, equivalente al 12.03% de los votos válidos.
Es necesario precisar que estos resultados se dan sobre los votos válidos, que no es lo mismo que los votantes habilitados. De estos últimos se consideraron 27,325,432 electores; en los votos válidos no se consideran los votos nulos, los votos en blanco ni tampoco los que no fueron a votar, que suman 10,587,393 electores.
Entonces, ambas candidaturas no llegan al 30% de aceptación ciudadana solo de los votos válidos, lo que significa una frágil representación.
Un detalle nada menor es que, gradualmente, ha ido disminuyendo la aceptación ciudadana por sus liderazgos políticos. En 2006, quienes pasaron a la segunda vuelta fueron Alan García y Ollanta Humala, ambos sumaban el 54%. Diez años más adelante, en 2016, Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski sumaban el 60%. Ahora, ambas participantes de la segunda vuelta apenas rozan el 30%.
APATÍA Y CULTURA CÍVICA
Esto último nos permite diversas lecturas: hay una apatía política, a los ciudadanos no les despiertan simpatía o interés las propuestas partidarias, o se trata de un verdadero desapego democrático —no encuentran respuestas en nuestra democracia—, o más bien se trata de la carencia grave de una cultura cívica que no acaba de entender y asumir el verdadero significado de un proceso eleccionario.
Una cifra importante a tomar en cuenta es que más de 2 millones de nuevos electores participaron por primera vez, y todos eran obviamente jóvenes.
Uno mira el mapa político y observa una imagen reiterativa, evidencia del escaso esfuerzo político por la construcción de una identidad país. Allí está la fractura política, lo urbano y rural, o lo que el facilismo intenta: izquierdas y derechas liberales. Cuando, en el fondo, hay una voz silenciosa o silenciada que exige respuesta, atención, esperanzas; ese Perú profundo que reclama su existencia, y por supuesto es legítimo plasmar en su soberana decisión electoral una posición contestaria al statu quo.
El politólogo Alberto Vergara decía, en un análisis reciente, que estas elecciones no son un punto de quiebre que nos permita alinearnos hacia un nuevo proceso político. Continuará la inestabilidad política y el malestar social.
Y, a pesar de ese diagnóstico duro, lo cierto es que tenemos la necesidad de dar un paso adelante, girar la mirada a la señalada desconfianza ciudadana, empezando por recuperar credibilidad en las instituciones. Será un proceso lento y complejo, pero irrenunciable.
Estas elecciones son una lección-reflexión. Reclaman involucrarse, participar. La democracia no nos defrauda; nosotros estamos defraudándola a ella. Más democracia desde la democracia.

