POR: VICENTE ANTONIO ZEBALLOS SALINAS
Llama a un “golpe militar democrático” el general (r) Roger Zeballos, alegando fraude electoral, haciéndose eco de las denuncias del candidato Rafael López Aliaga, cuyas huestes han asumido una agresiva campaña contra las autoridades del sistema electoral, cuando los resultados electorales se van cerrando y consolidando su no ingreso a la segunda vuelta electoral de este último; y no es una posición aislada, distintos actores, de manera directa o subliminal, intentan subvertir nuestro orden democrático. Matizando su propuesta, manifiesta que sería una medida temporal con el único objetivo de convocar a nuevas elecciones generales.
Es indiscutible que han ocurrido graves negligencias en el proceso, advertidas, denunciadas y corregidas en la medida de lo posible, pero no alcanzan a constituir un fraude electoral que altere la soberana decisión de los electores, que afecte el ejercicio democrático y constitucional de participación política; en el supuesto negado de que haya ocurrido una alteración a la voluntad electoral, esta fue alegada originalmente por López Aliaga, pero este exigía elecciones complementarias, convalidando el proceso general, y ante la carencia de evidencias ahora se va por exigir una auditoría externa. El fácil aprendizaje de los malos modales democráticos, acentuados por Keiko Fujimori, ante sus consecutivas derrotas y la falta de responsabilidad política para reconocer que una decisión mayoritaria le negó la confianza. La insolencia de no asumir la regla democrática: ir a elecciones es aceptar sus resultados.
Steven Levitsky, con precisión, señalaba que la democracia exige que los partidos sepan perder; es la regla cardinal de la democracia. Cuando un partido importante no sabe aceptar la derrota, la democracia está en problemas. En las democracias, los partidos tienen que ser capaces de vivir con la derrota.
Esta artificiosa construcción de “golpe de Estado democrático” es un contrasentido, con un sesgo manifiesto. Son los militares quienes nos van a dar lecciones de lo que es democracia, de cómo debe desarrollarse un proceso eleccionario, de qué autoridades electorales son las habilitadas para su conducción, de quiénes pueden o no participar o cuáles son los resultados válidos y legítimos. Una democracia exige tolerancia, pero el tocar las puertas de los cuarteles es denostar precisamente esa democracia; Santo Tomás de Aquino decía: no por defender nuestras creencias vamos a destruir los valores en los que ella se soporta. Una democracia constitucional implica contrastes políticos dentro de la habilitación que permite el propio marco normativo preestablecido, pero no la imposición vertical, antojadiza e interesada; la primacía de una verdad sobre otra, la prepotencia de una idea sobre otra es la antítesis de una democracia. La compleja realidad social, los desniveles socioeconómicos, la diversidad cultural, los propios avances tecnológicos han generado y alentado una pluralidad de enfoques y posiciones que enriquecen nuestra democracia, la convierten en una oportunidad para todos, apegados al ejercicio de nuestras libertades con equidad.
Una referencia de nuestra historia constitucional nos da el Tribunal Constitucional en la STC 014-2003-AI/TC: de las 12 constituciones que ha tenido el Perú, 9 han sido promulgadas por militares; Augusto B. Leguía y Alberto Fujimori Fujimori tuvieron un origen democrático para convertirse en autócratas; promulgaron, respectivamente, las Constituciones de 1920 y 1993. Solo la Constitución de 1979 no cuestiona su legitimidad; todas las demás han tenido, en variable grado, un déficit de legitimidad de origen. Los problemas de nuestro país son estructurales y gran parte de ellos tienen precisamente como responsables a los militares en el Gobierno: ausencia de libertades, pero sobre todo ausencia de controles, que como una tara irrecuperable se adueñaron de nuestro destino, teniendo como corolario nuestro déficit institucional. Uno de los Gobiernos más corruptos en el mundo fue el de Alberto Fujimori, y estuvo acompañado por la jerarquía militar, que en democracia fue investigada y sancionada, lo que no les otorga una licencia de transparencia y honestidad —sin generalizar—, ni mucho menos otorgarles el atributo de árbitros de nuestra democracia.
Sin embargo, este exabrupto no puede soslayar, como lo señala Roberto Gargarella, que la democracia va feneciendo de manera pausada, de erosión lenta, en donde los gobernantes de turno van desmantelando, poco a poco y a través de pasos en apariencia legales, los sistemas de “frenos y controles” existentes, hasta vaciar a la democracia de contenido y poder gobernar así, libres de ataduras y fiscalizaciones molestas. Nuestra parsimonia, la no reacción de órganos autónomos, la manipulación mediática, las componendas políticas nos han llevado a un empoderamiento parlamentario, con claro desmedro de nuestra institucionalidad; es decir, un golpe de Estado encubierto. Compartimos un acelerado proceso de afectación al principio de separación de poderes; y precisamente este parlamento alteró las reglas electorales, propiciando la atomización de participantes en las recientes justas electorales y la confusión e incertidumbre de los electores.
Bajo estas circunstancias políticas tenemos que recuperar nuestros determinantes institutos: la democracia militante, concepto propio de Alemania, asumida como adhesión positiva al ordenamiento constitucional y librarla de sus enemigos; allí, por ejemplo, se proscriben los partidos políticos que se sustenten en un discurso que pretenda la propia destrucción del sistema democrático y acabar con el pluralismo democrático. En tal sentido, nuestro Tribunal Constitucional argumentó que somos una democracia pluralista, en la que el disenso es posible y la diversidad de opiniones deseable. En este contexto, las burdas expresiones golpistas pretenden despertar miedos y temores, provocar a nuestro orden constitucional, menoscabar nuestro sistema democrático; el pluralismo y la tolerancia son la esencia democrática, pero también tienen sus límites: la democracia se defiende desde la democracia.
“La política es, para empezar, la única forma conocida de mejorar nuestras vidas, nuestras relaciones, nuestro modo de estar en el mundo. Pero, para eso, tenemos que creer que no es esas reyertas y querellas, barullos y chanchullos que ellos montan en sus despachos y sus restaurantes. Que la política debería ser reunirse y organizarse para conseguir cosas, desde una buena sanidad hasta la posibilidad de gobernarnos entre todos o aumentar la frecuencia del tren, desde una justicia justa y útil hasta la creación de un parque o el fin de los grandes privilegios. Recordar que la política es mucho más que eso que hacen los políticos; recuperarla es la única esperanza de salvarnos”, expresiones recogidas de un artículo de Martín Caparrós, que las suscribe.

