POR: ABOG. JESÚS MACEDO GONZALES
Hace poco celebramos el Día del Trabajo, pero hoy quiero invitarte a pensar en otro tipo de labor que suele generar mucha incomodidad, malentendidos y, sobre todo, estigmatización: el trabajo infantil. Ante esto, surge una pregunta que merece nuestra atención: ¿realmente se valora el trabajo de los niños?, o bien, como se suele debatir, ¿deben o pueden trabajar? Analicemos el tema desde una perspectiva más amplia.
Para empezar, vale la pena hacernos una pregunta fundamental: ¿qué entendemos realmente por “niño”? Más allá de una cuestión de edad, se trata de una perspectiva social. Si definimos la infancia únicamente como una etapa de estudio, juego y obediencia ciega, es lógico que nos choque la idea de que un niño trabaje; automáticamente pensaremos que está “perdiendo su infancia”. Pero, ¿es esta la única forma de entender el desarrollo infantil?
Si miramos hacia nuestras zonas rurales, la realidad es muy distinta. En el campo, los niños se integran al trabajo desde muy pequeños, y esto no tiene nada que ver con la mentalidad urbana o eurocéntrica de que el trabajo es exclusivo de los adultos. En las comunidades rurales, el trabajo es comunitario y formativo. Desde pastorear ovejas hasta ayudar en la cosecha, los niños aprenden a ser parte del sistema productivo conforme van creciendo y según sus capacidades.
Entonces, antes de criticar apresuradamente si los niños deben o no trabajar, es fundamental entender qué significa ser niño y qué implica el trabajo en el campo. Resulta irónico que, al ver a un niño trabajando, muchas veces lo juzguemos o lo veamos como una víctima, sin detenernos a analizar el contexto: el porqué y el cómo lo hace.
Aquí es donde debemos trazar una línea muy clara: la diferencia entre trabajar en condiciones dignas y la explotación laboral. Si pensamos en los adultos, el trabajo es una actividad que nos permite aportar al desarrollo del país, mostrar nuestras capacidades y obtener una retribución económica. En ese sentido, ¿por qué no podría ser lo mismo para los niños? Un trabajo infantil en condiciones dignas puede ser una herramienta que contribuya a su crecimiento personal y al desarrollo de sus habilidades y también del país.
A menudo, el Estado y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) invierten años y recursos en intentar erradicar el trabajo infantil, una meta que no han logrado ni lograrán. Lo que realmente se debe combatir es la explotación infantil. No podemos permitir que un niño deje el colegio o realice tareas que no corresponden a su edad, tal como lo establece el Código de los Niños y Adolescentes. De hecho, nuestra Constitución también protege el trabajo formativo y digno, mientras que las normas nacionales e internacionales castigan la explotación infantil por ser un delito.
Cuando el trabajo infantil se da en condiciones dignas —es decir, con el apoyo de los padres, dentro de un negocio familiar y de manera compatible con los estudios—, fomenta la responsabilidad, evita la sobreprotección y prepara a los jóvenes para la vida. De esa forma no estamos criando a “hijitos de papá y de mamá”, que todo lo hacen y vuelven inútiles a los niños o inseguros.
Es cierto que existen casos donde los padres obligan a sus hijos a trabajar, lo cual debe ser prohibido y sancionado porque constituye explotación. Sin embargo, existe cierta ironía en nuestra memoria colectiva: muchos adultos de hoy fuimos niños y adolescentes trabajadores, ya sea por necesidad o para ayudar en casa, y hoy recordamos esas vivencias como lecciones de autonomía, increpando a nuestros hijos: “cuando yo era pequeño trabajaba y tú ahora lo tienes todo”. Tal vez, como padres, no deberíamos ser tan sobreprotectores y sería bueno permitirles asumir ciertas responsabilidades si así lo desean.

