POR: GUSTAVO VALCÁRCEL SALAS
EL CURA SE REBELA
No bien se funda la villa de San Francisco de Esquilache el 6 de junio de 1618, en el lado Cochuna, provincia de Colesuyo, al lado norte del río Moquegua, al día siguiente Pedro Alonso Bajo, chantre y gobernador del obispado de Arequipa, ordena reiteradamente a Gerónimo Cataño de Aragón, cura y vicario de Moquegua, ahora designado para Esquilache, que traslade los ornamentos sagrados del templo de Santa Catalina del pueblo de Moquegua a la reciente villa.
Ante la persistente negativa del cura a obedecer con el citado traslado, quien tampoco quiso hacerse cargo del curato como se le mandó, la autoridad obispal amenazó con retirar la puerta de la iglesia moqueguana y tapiarla con piedra y lodo. Hasta esos extremos empezó a llegarse.
LOS MOQUEGUANOS NO SE TRASLADAN A LA VILLA
Además de este incidente, los vecinos de Moquegua se negaron a trasladarse a la villa, tal como se les mandó. Fue clara la orden que dio el virrey al corregidor al disponer la fundación en el sitio de Escapagua: «donde recogeréis y reduciréis todos los españoles que habitan, asisten y viven en el dicho valle de Moquegua, así de la otra parte del río como de la otra, mandándoles que sin excusa alguna se pasen, vivan y asistan en él».
Fue reiterativo en disponer que «sin excusa alguna se pasen, vivan y asistan en él, agregándose los heredados y personas que vivían de la otra parte del río de la jurisdicción de Chucuito con los de la parte de Colesuyo».
No obstante la insistencia para que los moqueguanos se trasladen, igualmente tenaz fue el desacato, con visos de desafío a la máxima autoridad virreinal: se negaron a obedecer. Siguieron viviendo en las cálidas faldas del cerro Chenchén. Era una clara manera de desconocer la fundación de la villa de San Francisco de Esquilache, de no aceptar lo dispuesto por el virrey.
PROTESTA ANTE EL VIRREY
Los moqueguanos no solo se negaron a acatar lo dispuesto, sino que, apenas transcurridos dos meses de la fundación de la villa de San Francisco de Esquilache, veintiocho «vecinos y heredados estantes y habitantes de este valle y pueblo de Moquegua, por nos y en nombre de todos los demás vecinos de este valle y pueblo», reclamaron que tal fundación se anule y se respete el acuerdo que ambas partes —los de Moquegua «y los que viven en la parte que llaman de Cochuna»— firmaron voluntaria y solemnemente en 1611 ante notario público, pidiendo que la fundación debía hacerse en el pueblo de Santa Catalina de Moquegua.
Reclamaban que, después de firmar el solemne acuerdo, algunos de los que viven en Cochuna, «motivados por sus particulares intereses, han pretendido que la fundación se haga en el asiento que llaman de Escapagua».
No vacilan en detallar las deficiencias que, a su juicio, tiene la parte de Cochuna: un lugar con arenales, lleno de piedras y sepulturas antiguas de indios, sin acequias adecuadas, con el riesgo de que «se pierdan todas las haciendas de indios y españoles», además de ser parte malsana y deshabitada; y, sobre todo, en los tiempos de entrada del río, no poder pasar a oír misa, entre otros graves inconvenientes que están dispuestos a probar. Todo lo cual consideraban hacía inadecuado el lugar para la fundación.
Con ese fin, dan poder a don Juan de la Raya y Cámara y a Juan de Arriola Peñarrieta, vecinos de la ciudad de los Reyes, para que presenten los escritos necesarios dirigidos a su majestad, al excelentísimo señor virrey y a sus reales audiencias, incluyendo a las autoridades eclesiásticas, ante las cuales puedan presentar peticiones, memoriales, probanzas y otros recursos, para «suplicar y contradecir la dicha población por los grandes inconvenientes que tiene».
Además, los facultan para que puedan «asalariar letrados y procuradores» con el fin de obtener «las provisiones de justicia y gobierno que a nuestro derecho convengan».
Y, si a pesar de los ruegos y argumentos no logran convencer que se deje sin efecto la fundación de San Francisco de Esquilache, en ese caso pidan que se haga otra fundación en este pueblo de Santa Catalina de Moquegua, tal como todos los vecinos lo imploran.
La enemistad se hizo evidente.

