Sudamérica: de la izquierda a la derecha

El problema político de América Latina no es la derecha neoliberal ni la izquierda estatista; ambos modelos han fracasado y seguirán fracasando por ser proclives al autoritarismo.

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POR: EDGARD NORBERTO “BETO” LAJO PAREDES   

En la actualidad, Sudamérica ha virado a la derecha. De siete gobiernos de izquierda estatista en 2023: Venezuela, Colombia, Perú, Brasil, Bolivia, Chile y Argentina; ha pasado a ser de derecha en 2026: Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Paraguay y Argentina. Hay quienes se han alegrado por el triunfo de la derecha; otros han celebrado la derrota de la izquierda estatista, pero no los convence el retorno de la derecha neoliberal; habiendo los que no aceptan los resultados electorales desfavorables a la izquierda.

En esta tribuna escribí: “Cambio de péndulo y crisis en Latinoamérica” (25/08/25). Dije: “¿Estamos ante un nuevo péndulo de carácter ideológico en América Latina? De tener gobiernos de derecha neoliberal (privatistas), los mismos entran en crisis, posibilitando el advenimiento de gobiernos chavistas del socialismo del siglo XXI (estatistas), como sucedió en Venezuela con la elección de Hugo Chávez, por mayoría absoluta, y desaparición de los partidos democráticos populares: Acción Democrática (afín al aprismo) y Copei (socialcristiano). Luego, entran en crisis los gobiernos del socialismo, generando las condiciones para el ingreso de gobiernos de derecha, como lo acontecido en Argentina, con el triunfo de Javier Milei, y derrota del peronismo kirchnerista; en Ecuador, con la elección de Daniel Noboa, y desplazamiento electoral del correísmo”.

También señalé: “Tenemos casos en los que no se dan crisis propiamente dichas, pero sí agotamiento de tendencias, caso Colombia, donde el uribismo (derecha) se agotó, dándose las condiciones para el ascenso al poder de Gustavo Petro (marxista exguerrillero); en Chile, se desgastaron los gobiernos de la concertación (Democracia Cristiana y Socialismo Democrático), irrumpiendo la derecha con Sebastián Piñera; en las últimas elecciones presidenciales, se inclinó a Gabriel Boric (izquierda estatista); en las proyecciones de las próximas elecciones se observa un posible retorno de la derecha. En Venezuela, Nicolás Maduro (socialismo del siglo XXI) no ha respetado los resultados electorales de julio de 2024, donde ganó abrumadoramente la oposición democrática venezolana”.

Por último, escribí: “El anterior péndulo de índole político en Latinoamérica, del pasado siglo XX, se daba entre gobiernos civiles y democráticos (elegidos por el pueblo), seguido de gobiernos militaristas y dictatoriales (producto de golpes de Estado); también signados por dificultades de vacíos de poder; a la crisis de los civiles, entraban los militaristas; a la crisis de estos, retornaban los civiles”. Concluí: “La verdad es: en América Latina, han fracasado el neoliberalismo privatista y el socialismo estatista”.

En nuestro país, el fujimorismo de la década del noventa se agotó con la privatización de empresas públicas. Estabilizó la economía a muy alto costo social; pero, a fines del siglo XX, ya no supo qué hacer. No olvidar que debilitó la institucionalidad, dándose casos de violación de derechos humanos, y persiguió a opositores. Por ello, Alberto Fujimori huyó del país, dejándolo en crisis; fue extraditado, procesado y sentenciado. Vino la transición con Valentín Paniagua (2000-2001); luego, el gobierno de Alejandro Toledo (2001-2006) hizo fujimorismo sin Fujimori, el propio Toledo así lo declaró; accediendo al gobierno por segunda vez Alan García (2006-2011), consiguió para nuestro Perú el grado de inversión, crecimiento económico de 7.2 % promedio anual; redujo la pobreza en 20 puntos; creó más de 2 millones y medio de empleos, y respetó la democracia.

El problema político de América Latina no es la derecha neoliberal ni la izquierda estatista. Ambos modelos, reiteramos, han fracasado y seguirán fracasando por ser proclives al autoritarismo. El problema es la ausencia de una izquierda democrática indoamericana que conjugue, democrática e inteligentemente, la promoción de la inversión privada nacional y extranjera con la justicia social, también con la responsabilidad fiscal; a fin de que nos lleve a ser un pueblo continente de democracia plena, como los países nórdicos, donde los empresarios tributen sin evasiones ni elusiones, y el pueblo tenga pleno empleo formal y real seguridad social.

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