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Sentimiento porteño

Por: Arnulfo Benavente Díaz   

Camino relajado en un amanecer de verano por las calles de mi tierra Mollendo, puerto bravo. Algunas se encuentran impolutas y otras regadas de botellas de licor con mixtura de multicolor papel.

En la plácida calle de Alfonso Ugarte varias canciones escucho que escapan de un seductor bar. Un grupo de estibadores marítimos se encontraban departiendo las mejores anécdotas y éxitos ocurridos en el antiguo y nuevo muelle. Las sonrisas en el muro laboral de los lamentos eran evocadas con pesadas bromas.

«El trabajo suave en Matarani, en la harina de pescado, no es comparable al infierno de la urea y el metal», afirmó el más joven.

«Sí, también compara el trabajo de estiba en el viejo muelle. En aquella época se trabajaba a pulso, pero hoy todas las secciones tienen maquinarias modernas», expresó una persona canosa y nadie se atrevió a rebatir.

Las dinámicas melodías de “Cumbia que te vas de ronda”, “La Pollera Colorada” y “Cuando Calienta el Sol”, de Javier Solís, motivaron a la pluralidad. Las voces de Bienvenido Granda con “Dos Gardenias” y la canción “Soy Mollendino”, retumbó la añosa vitrola tocadiscos y los estibadores empezaron a cantar con algarabía.

Los vidrios de las botellas con cervezas, sonaban en la dilatada mesa y una jarra de fina porcelana rebosaba la tradicional bebida de chuflay.

Juan Barullaje, un paisano, estaba con camisa blanca con mangas dobladas. Su pantalón blue jean y zapatos mocasines negros hacían contraste con calcetines albinos. Un periódico llevaba en la parte de lo bolsillo posterior de su pantalón, recordando a la chanchera bolsa de papel.

De pronto, su faz mestiza se sorprendió y el cerillo que presionaba sus dientes, voló por los aires.

Sus oscuros ojos de chilicuto de cubierta, me miraron fijamente y dijo: “Qué hay compadre, pase usted”.

«No puedo, porque hoy está chicha la vieja», respondí y me despedí con el brazo en alto.

La luz del sol alumbraba con sus rayos anaranjados, las antiguas casonas estructuradas con cemento de ultramar. Los cholloncos revoloteaban en los balcones de madera Oregón de Estados Unidos y en cabelleras de árboles palmeras centenarios.

Me dirigí hacia la playa, llevando en la mochila, un fierro cobador, un chinguillo, un largo cuchillo. Asimismo, varios cordeles de pesca, anzuelos y plomos.

Iba evocando los tiempos de la abundancia de gabinza y corvinilla en el acantilado de playa Cero.

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