POR: JORGE ACOSTA ZEBALLOS
El Perú ha sido históricamente una potencia pesquera mundial. La anchoveta, pequeña en tamaño, pero inmensa en volumen, convirtió al país en líder global de la producción de harina y aceite de pescado. La pesca extractiva, que en años recientes ha oscilado entre cinco y seis millones de toneladas métricas, sigue siendo el pilar de la economía pesquera nacional. Sin embargo, la mayor parte de ese volumen —cerca del 80 %— se destina al consumo humano indirecto, es decir, a la industria de la harina y el aceite, con destino a mercados internacionales. El consumo directo, que debería fortalecer la seguridad alimentaria interna, representa apenas una quinta parte de la captura.
ILO Y LA MEMORIA DEL BOOM PESQUERO
En Ilo, puerto emblemático del sur, esta realidad se refleja con claridad. El desembarque de anchoveta para harina de pescado, a diferencia de los puertos del norte, es poco significativo. La memoria colectiva recuerda los tiempos del boom de la segunda mitad del siglo XX, cuando cinco grandes empresas procesaban anchoveta y el dinero circulaba en bares, restaurantes y comercios. Hoy, la actividad industrial se sostiene con menor escala, mientras que la pesca para consumo directo —pota, jurel, bonito, perico, etc.— abastece los mercados locales y regionales, aunque en volúmenes mucho menores.
LA ACUICULTURA COMO ALTERNATIVA
Frente a esta hegemonía de la captura, la acuicultura peruana aparece como un sector emergente. Su producción ronda las 150 mil toneladas métricas, una cifra pequeña frente a la pesca extractiva, pero estratégica en términos de diversificación y sostenibilidad.
La trucha arcoíris en Puno y Junín, la tilapia en la Amazonía, el langostino en Tumbes y la concha de abanico en Piura son ejemplos de cómo “sembrar el agua” puede complementar la captura y garantizar alimentos para el consumo interno. Estos cultivos, además, tienen un destino mayoritario en el consumo humano directo, lo que los convierte en aliados de la seguridad alimentaria.
El desafío es evidente: mientras la pesca extractiva depende de cuotas, vedas y de la imprevisible presencia de fenómenos climáticos o la irresponsable depredación del recurso, la acuicultura requiere inversión, tecnología y regulación sanitaria. La resistencia de los pescadores artesanales a dar el salto hacia el cultivo es comprensible, pues implica cambiar tradiciones y asumir riesgos económicos. Sin embargo, la experiencia internacional muestra que el futuro de la pesca está en el equilibrio entre captura y acuicultura. Noruega y Chile han demostrado que el cultivo de salmón y trucha puede convertirse en motor de exportación, mientras que China lidera la producción mundial de carpas y tilapias.
SEMBRAR EN EL MAR, LAGOS Y RÍOS
En el caso peruano, la paradoja persiste: somos potencia mundial en harina de pescado, pero aún no logramos consolidar una acuicultura que garantice seguridad alimentaria y sostenibilidad. El Día del Pescador, celebrado cada 29 de junio, debería ser también un llamado a reflexionar sobre este dilema. El mar y las aguas continentales no son inagotables; siempre habrá un fenómeno de El Niño que nos recuerde la fragilidad de los recursos.
El futuro de la pesca peruana dependerá de nuestra capacidad de sembrar en el mar, en los lagos y en los ríos, de regular con justicia y de aprender a consumir de manera responsable lo que producimos. Solo así podremos honrar la memoria de los pescadores y asegurar alimento para las generaciones venideras.


