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Moquegua… ¿anclada en el pasado?

POR: CÉSAR CARO JIMÉNEZ   

En años pasados, con motivo de la celebración de la fundación española de Moquegua, he escrito diversas notas, parte de las cuales – con el perdón del lector –, me permito transcribir porque las mismas tienen su origen en innumerables conversaciones de sobremesa con mis abuelos, padres, nuestros tíos más queridos y amigos del entorno familiar que nos enseñaron a crecer amando a Moquegua en su historia, sus tradiciones, sus sueños e ilusiones de progreso y desarrollo.

¡Y en tal sentido, para mi Moquegua es un sentimiento! Una emoción del cual me siento orgulloso cuando contemplo en la relación de los directores del hoy Colegio Emblemático Simón Bolívar, los nombres de mis abuelos paterno y materno. (Y al respecto, espero escribir alguna vez los pormenores respecto al nacimiento de José Carlos Mariátegui, quien fue inscrito por mi abuelo materno).

Y si bien, he vivido más en Ilo, no tengo sentimientos confundidos al respecto. Nunca traté de establecer diferencias. No sería noble para ninguna de las dos ciudades. Pero llegué a definirlo así: Moquegua es mi madre, e Ilo, mi padre adoptivo. Las dos buenas urbes, pero distintas. Los sentimientos diferenciados hacia Moquegua son notables. A Moquegua la amo, a Ilo lo respeto. Y sueño verlos unidos, definiendo roles en procura de un progreso compartido, dejando de lado las posiciones que por conveniencias políticas y en muchos casos intereses personales, nos enfrentan y desunen para regocijo de ciertas empresas y departamentos vecinos, que cuentan con la ayuda de la indolencia y/o incapacidad de muchas de nuestras autoridades para imponer sus apetitos o mermar nuestro territorio.

Y ello no solo es solo culpa de nuestros gobernadores y alcaldes. También lo es de la sociedad civil, las instituciones y sobre todo también de gran parte del periodismo, porque este último en gran parte ha abdicado de su principal rol:  buscar la verdad y difundirla, lo que otros términos significa investigar y enseñar con mirada crítica. Caso contrario, se estaría reemplazando a los relacionistas públicos y dando la razón a lo que señaló Sánchez Carrión: “hay una herencia de bajeza y adulación en el Perú”.

Herencia, que en muchos casos permite que año tras año desde hace décadas el mismo sentimiento y actuar: celebramos la fecha evocando glorias y prosperidad pasadas, para luego caer  en el ritual de siempre: una que otra inauguración intrascendente casi siempre, desfiles, discursos, condecoraciones, diplomas, ferias y brindis en una atmósfera de alegrías y risas  totalmente irreales con toques fantasmagóricos al recordar las imágenes de nuestras glorias pasadas y en algunos casos ocultando su pensamiento, lo que permite que no tengamos una visión real de nuestras limitaciones  y lo que es posible intentar lograr, si realmente analizáramos nuestro presente. ¿O creen acaso que cambiando monumentos como ocurre con el de José Carlos Mariátegui, se está contribuyendo a mejorar a nuestra sociedad? ¿O creen acaso que colocando flores o efectuando ceremonias protocolares en recuerdo de nuestros insignes personajes históricos estamos resaltando la identidad moqueguana, más aún cuando la gran mayoría de los que viven en la región desconocen quienes fueron, por qué se distinguieron y qué plantearon?

¿No sería acaso más atinado y provechoso, –lo propongo por enésima vez–, crear un curso de historia, folklore que refuerce la identidad moqueguana en nuestros centros educativos, porque como señalan muchos entendidos, la experiencia histórica de una sociedad es su único referente positivo, su única advertencia tangible, su forma de evitar cualquier tipo de salto al vacío o actuación a ciegas o por simple tanteo?

Y para lograrlo es necesario educar o informar a los vecinos, porque la calidad de una ciudad depende no de su tamaño sino primordialmente de la calidad de las personas que residan en ella y de su habilidad para desarrollar y atraer talento, o sea, del atractivo que represente vivir en ella. En la ciudad las personas son la principal riqueza, la cual se logra propiciando el civismo, la cultura y la participación ciudadana. Hay que enraizar que Moquegua es una ciudad que hay que amar, cuidar y respetar como a la propia casa, como a la misma familia. Solo así un “nuevo sol radiante nos iluminará” y nuestra patria chica, volverá a ocupar el lugar que antaño e históricamente tuvo y debe volver a tener.

Pero dejemos de lado el presente que a decir verdad no es muy grato y sumémonos a un aniversario más de Moquegua.

Uno no escoge el lugar en que uno nace como tampoco se puede olvidar los recuerdos las alegrías y tristezas vividas en la infancia y la adolescencia temprana, como el compartir con los abuelos, tíos y primos queridos el preparar la comida, los dulces y la chicha, escuchando al gallo mañanero o los ladridos de los perros salchicha de mi abuela Gumercinda. Y recuerdo algunos atardeceres húmedos de rocío, cuando contemplábamos la luna detrás de los ficus de la plaza amada.

Y recuerdo cada aroma, cada vivencia de mi niñez y algunas de mi mocedad como una de las mejores épocas, una etapa feliz llena de cuentos de duendes, hadas y glorias pasadas cada 25 de noviembre, cuentos e historias que conservan muy bien mi primo Eduardo y mi amigo Ricardo “pato” Guezala.

Moquegua está linda, siempre lo estuvo para nosotros… aun cuando antaño las calles eran polvorientas, habían pocas horas de luz y escasez de agua potable y servicios adecuados, pero todos nos conocíamos, todos la amábamos a pesar de sus carencias, que en mucho aún perduran y que nos obligaron y obligan a que muchos de sus hijos emigren a otros lares en busca de mejores oportunidades tanto en la educación como en las posibilidades de trabajo.

Y no son cosas de viejo. Y no son cosas de romántico. Son sensaciones verdaderas e inevitables. Y no sé a ciencia cierta cómo definirlas. Pero algo es seguro. Evidente. La tierra, el suelo, el aire, llaman como la sangre. Quizás exista un proceso genético no conocido que, ante nuestra primera respiración al nacer, el suelo donde llegamos al mundo queda registrado. No sé. Quizás es difícil entender ello. Pero es lo que me pasa.

Mientras tanto, hasta que encuentre el término que defina esta sensación de manera exacta seguiré pensando que como en el caso del amor, el primero, nunca se olvida y parafraseando a Borges exclamo: ¡Feliz día Moquegua, eres más que tu pequeño territorio y que los días de tu largo tiempo, eres más que la suma del amor de todas tus generaciones!

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