Memoria, negacionismo e impunidad

Mantener viva la memoria no significa cultivar odio; significa cultivar conciencia.

ARCHIVO

POR: JESUS MACEDO GONZALES

El 28 de agosto de 2026 se cumplieron 23 años de la entrega del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR). Este documento dio cuenta de las causas de la violencia terrorista, sus consecuencias y las responsabilidades existentes. La conmemoración coincide hoy con la controversia sobre el Lugar de la Memoria y las propuestas para modificar su administración o reorganizarlo. Frente a ello debemos preguntarnos: ¿qué hemos aprendido los peruanos de uno de los períodos más dolorosos de nuestra historia?

Recordar no siempre es agradable. Recordar la época del terrorismo duele porque significa volver la mirada hacia las comunidades destruidas, las familias que perdieron a sus seres queridos, los desaparecidos, las ejecuciones, los atentados y las graves violaciones de derechos humanos que marcaron al Perú entre 1980 y el año 2000. Pero una sociedad madura no recuerda solamente aquello que la enorgullece; también debe ser capaz de mirar aquello que la avergüenza.

El Informe Final de la CVR no debería entenderse como un documento destinado a enfrentar a civiles con militares, ni a la izquierda con la derecha. Tampoco puede utilizarse para relativizar la responsabilidad criminal de Sendero Luminoso. La propia Comisión atribuyó a la dirigencia senderista la más grave responsabilidad por haber iniciado la violencia y desarrollado una estrategia terrorista caracterizada por el desprecio por la vida humana. Al mismo tiempo, documentó graves violaciones de derechos humanos cometidas por agentes del Estado.

EL DOLOR NO TIENE IDEOLOGÍA

Una madre que perdió a su hijo por un coche bomba merece memoria. Una comunidad campesina masacrada por Sendero Luminoso merece memoria. Un policía o un militar asesinado por el terrorismo merece memoria. Pero también la merece una familia cuyo padre desapareció después de ser detenido por agentes estatales. El dolor no tiene ideología.

Algunos sectores políticos conservadores mantienen profundas discrepancias con la Comisión de la Verdad y cuestionan la interpretación histórica que representa el Lugar de la Memoria. Ese debate es legítimo en democracia. Lo peligroso comienza cuando la discrepancia se convierte en negacionismo, cuando ya no se pretende discutir los hechos, sino minimizarlos, justificarlos o conseguir que simplemente dejemos de hablar de ellos. Porque el olvido también puede convertirse en una forma de injusticia.

Por otro lado, el Informe de la Comisión de la Verdad tampoco debe convertirse en un texto sagrado e intocable. Puede ser cuestionado, investigado y discutido académicamente. Eso es parte de la democracia. Pero existe una gran diferencia entre revisar críticamente nuestra historia y pretender borrarla.

NEGACIONISMO E IMPUNIDAD

Precisamente allí aparece uno de los problemas de nuestra sociedad actual: la peligrosa convivencia entre negacionismo e impunidad. Cuando justificamos las violaciones de derechos humanos dependiendo de quién las cometió, dejamos de defender principios y comenzamos a defender bandos.

La democracia exige condenar sin ninguna ambigüedad el terrorismo de Sendero Luminoso. Pero también exige reconocer que ningún Estado democrático puede combatir el terrorismo violando los derechos fundamentales. La legitimidad del Estado radica precisamente en encontrarse sometido a la Constitución, a la ley y al respeto de la dignidad humana.

Por eso necesitamos lugares de memoria, sean físicos, como el Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Inclusión Social (LUM), en Lima, o espacios de memoria colectiva que nos permitan asumir nuestro pasado, aunque duela. Países como Alemania, Argentina y Chile mantienen estos espacios precisamente para que las nuevas generaciones conozcan las cicatrices de su historia y eviten repetirlas.

Fuimos una sociedad profundamente fragmentada —o quizá lo seguimos siendo—, donde durante demasiado tiempo la vida de un campesino pobre, indígena o quechuahablante pareció valer menos. ¿Todavía sigue igual? Fuimos un Estado que en determinados momentos no pudo proteger adecuadamente a sus ciudadanos. ¿Como en los últimos gobiernos? Y fuimos también un país brutalmente golpeado por una organización terrorista que pretendió imponer mediante la violencia un proyecto totalitario. ¿Quizás el terrorismo ahora está en otros senderos no luminosos?

VERDAD, JUSTICIA Y MEMORIA

Por eso, frente a quienes sostienen que recordar divide al país, debemos responder lo contrario: lo que verdaderamente divide a una sociedad es que unas víctimas tengan derecho a ser recordadas y otras sean condenadas al silencio. Mantener viva la memoria no significa cultivar odio; significa cultivar conciencia.

Hemos avanzado, pero todavía nos falta mucho. Verdad, justicia y memoria siguen siendo tres palabras fundamentales para comprender lo que fuimos y, sobre todo, para recordarnos aquello que nunca más debemos volver a ser. Y hacer memoria de nuestro pasado, aceptando la realidad sin negar y eliminando la impunidad, son componentes de la identidad que todo peruano y peruana debería tener.

LO ÚLTIMO