Martín Vizcarra y/o la decadencia de la política (II)

Si Martín Vizcarra se hubiese instruido habría tenido siempre presente algunas anécdotas históricas, tales como aquella de Marco Aurelio, que era siempre acompañado por un esclavo que caminaba algunos pasos detrás de él y que cuando los vítores y las aclamaciones arreciaban, se le acercaba discretamente y le susurraba al oído “Recuerda, solo eres un hombre”

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POR: CÉSAR CARO JIMÉNEZ   

Hay ocasiones en las cuales me pregunto o imagino cómo describirán los historiadores peruanos de aquí a medio siglo o una centuria, los acontecimientos de nuestros días, en los cuales muchos fanáticos seguidores de Vizcarra y él mismo intentan justificar su abuso del poder para vacunarse contra el Covid-19, usando como excusa o telón de fondo mentiras idiotas y una supuesta “valentía”, dado que según su decir la vacuna china no contaba con los permisos respectivos,  cuidándose de señalar que ello era cierto en cuanto al Perú, pero no en cuanto a otras naciones y el país de origen de la misma, donde ha sido inoculada a casi toda la jerarquía de la República Popular China.

En cuanto a Vizcarra, la respuesta en el fondo es sencilla y quizá se le puede aplicar la auto calificación de otro ex presidente hoy fugado: es un error estadístico. Apreciación que se refuerza si consideramos que mayormente –aparte de la propaganda mediática–, no puede exhibir obra alguna exitosa, ni como presidente regional, ni como presidente de la república.

Y si bien Vizcarra tiene regular olfato o reflejos políticos, al no haberse cultivado intelectualmente, –no lee prácticamente nada, no habla otro idioma, lo que es quizás perdonable en un ciudadano común, pero no en un líder –, no tiene los “anticuerpos” que se requieren para combatir la inseguridad disfrazándola con la mentira, la autosuficiencia, la mediocridad y la soberbia.

Si Martín Vizcarra se hubiese instruido habría tenido siempre presente algunas anécdotas históricas, tales como aquella de Marco Aurelio, que era siempre acompañado por un esclavo que caminaba algunos pasos detrás de él y que cuando los vítores y las aclamaciones arreciaban, se le acercaba discretamente y le susurraba al oído “recuerda, solo eres un hombre”…O a Alejandro Magno rechazando un casco lleno de agua en medio del desierto y que para que sus tropas vean que sufría las mismas privaciones que ellos, derrama  el agua lentamente, ante los ojos asombrados de las personas que habían venido a ver cómo su rey tenía agua y ellos no, diciendo inteligentemente solo estas palabras: “Demasiado para una persona, muy poco para todos”… O a el historiador británico Lord Acton que escribió: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Pero, no seamos tan injustos con Vizcarra. El aparte de su actuar y sus mediocres excusas y propuestas es un esclavo de las circunstancias. Y si bien gracias a su “picardía” y a su “valentía” para vacunarse ha podido superar hasta la fecha el ser contagiado por el coronavirus, al parecer no sucedió lo mismo con ese otro virus que ha infectado a gran parte de nuestra sociedad: ¡la corrupción! Y si bien en el caso de la primera al parecer ya existen vacunas salvadoras, en el caso de la segunda recordando al preclaro investigador Alfonso Quiroz y su “Historia de la corrupción en el Perú” y los esfuerzos denodados de otros tantos a través de nuestra historia, sin mayor resultado, pareciera que en muchos la corrupción es asintomática como pareciera ser el caso de Vizcarra.

La corrupción se ha convertido en un modo de vida que se transmite de padres a hijos o se aprende de amigos, colegas o conocidos. La gente en cierta forma se ha acostumbrado a la misma, a tal punto que un moqueguano presidente de un importante club, seguidor a ultranza sin dudas ni murmuraciones de Vizcarra me encara diciéndome textualmente entre otras cosas: “…eres un mal moqueguano haciendo daño al pueblo que te vio nacer por resentimientos”.  ¡El colmo: ¡para dicho señor, Vizcarra encarna a Moquegua al margen de su honestidad y desempeño!

Me imagino que el mismo sentimiento o estolidez, por no decir intereses guían a quienes en estos días han amenazado atentar contra mi integridad física, lo que me preocupa, pero no me quita el sueño, dado que he mantenido mis posiciones críticas incluso en el apogeo del poder y popularidad de Vizcarra, que de una u otra forma influyó en que La República suspendiera la publicación de mi columna.

Es cierto: cuando la corrupción está metida en el tejido social, no hay leyes que puedan eliminarla. En particular, las leyes son ineficaces si el mal ejemplo viene de arriba. En este caso el hombre ordinario se disculpa a sí mismo pensando que, si los de arriba pueden hacer grandes porquerías, él tiene derecho a hacer o a tolerar pequeñas porquerías.

Y si es cierto, como señalaba Marx que las relaciones de producción determinan la superestructura, es decir las instituciones económicas, sociales, legales, políticas, etcétera, al ser las primeras en un 70% informales, es de esperar que las segundas sean “chichas” en el mismo porcentaje, lo que es crítico en cuanto al grado de corrupción de nuestra sociedad, la cual es un sistema en el cual no se puede alterar uno de sus componentes sin cambiar al mismo tiempo todos los demás. Por consiguiente, toda reforma de las costumbres, previa formalización al máximo de las relaciones de producción debe ser integral, o sea, tanto política (en particular jurídica) como económica y cultural.

Una reforma moral se necesita urgentemente en nuestro Perú donde impera la corrupción, como pan de cada día. Se la necesita para abaratar el costo de bienes y servicios, así como para mejorar su calidad, desdibujada por las coimas y los favoritismos.

Se la necesita para que la gente se acostumbre a vivir exclusivamente de su trabajo. Y se la necesita para evitar que la política sea un mercado persa como es en la actualidad en la cual se eligen antes que programas y partidos, a personajes que se venden con propuestas demagógicas disfrazándose de pasta de dientes o detergentes.

Es cierto: la reforma moral no se alcanzará de la noche a la mañana. Por ello es indispensable desde ya recurrir no solo a la educación y a los sermones. Se necesita el ejemplo y para ello es necesario el afianzamiento de los hábitos democráticos lo que implica la participación civil y la sanción judicial de coimeadores y coimeados cualquiera que sea su cargo público.

Y si realmente se quiere recuperar la confianza pública en la clase política y en la justicia, se debe apresurar la investigación y castigo al margen de tecnicismos legales de todos aquellos, –incluido en primera fila Vizcarra por todas las ilusiones que despertó–, que aprovecharon sus cargos para lucrar deshonestamente tanto en el sector público como privado. (Continuará)

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