POR: GUSTAVO PINO ESPINOZA
Víctor Arpasi Flores (Moquegua, 1942) irrumpe en la habitación donde paso las horas de los días laborales. Yo estaba embebido en un informe interminable, atrapado entre memorandos, sellos y la lenta respiración de los papeles viejos. Levanto apenas la mirada y lo reconozco de inmediato. Su sonrisa díscola aparece antes que sus palabras. Tiene las cejas espesas y completamente blancas, los ojos empequeñecidos por el desgaste de noches largas —demasiadas noches— y el cabello igualmente níveo, como si el tiempo hubiera decidido aposentarse únicamente sobre su cabeza.
Él vuelve a sonreír al notar que lo reconozco.
Lo había conocido años atrás, cuando me pidieron tomarle una fotografía para uno de sus libros. Desde entonces comprendí que el profesor Arpasi parecía vivir dentro de uno de sus propios relatos; siempre entre la ironía, la nostalgia y una forma extraña de ternura que escondía detrás de las bromas.
—He venido a vender libros —me dice con esa mirada pícara de viejo conspirador.
—¿A cuánto?
—¡Cien soles!
Le respondo que no se pase, profesor, que ese precio es un abuso. Entonces se desternilla de risa, casi doblándose sobre sí mismo, y corrige la sentencia:
—Para ti es un regalo.
Después deja los libros sobre el escritorio como quien deposita pequeñas reliquias personales.
Esas visitas se han vuelto frecuentes. A veces aparece por las mañanas; otras, cuando la tarde comienza a caer sobre el pasaje Bayoneta, ese rincón cansado de Moquegua donde las paredes parecen sostenerse únicamente por costumbre. El edificio del Archivo se descascara lentamente igual que ciertos sueños viejos, igual que los atardeceres que desaparecen sin hacer ruido. Y en medio de ese escenario de humedad, expedientes y polvo, siempre termina apareciendo Víctor Arpasi con algún libro bajo el brazo y una nueva broma preparada.
Entre los ejemplares que me ha dejado se encuentran «Los cuentos del profesor Arpasi» (Luchócrates Ediciones, 2026), «El genio de la computadora» (Imprenta Acuario, 2018), «La última danza de Anselma y otros relatos de mi tierra» (VAF, 2017) y «La añoranza del Sarauja y otros relatos» (Ediciones Baluarte, 2025). Cada libro parece prolongar la misma geografía emocional: pueblos andinos suspendidos entre memoria y oralidad, personajes atravesados por la melancolía rural, hombres y mujeres que todavía conversan con el viento, con los cerros y con los muertos.
En «La añoranza del Sarauja y otros relatos», quizá uno de sus libros más íntimos, la tradición y la memoria aparecen profundamente entrelazadas. Sus cuentos no intentan impresionar mediante artificios narrativos; más bien avanzan lentamente, como quien conversa en una cocina campesina mientras afuera cae la tarde. Hay yatiris, niños marcados por la ausencia, mujeres que cargan la tristeza con una dignidad silenciosa y paisajes rurales donde la naturaleza parece poseer voluntad propia. La escritura de Arpasi conserva algo de la oralidad andina. Repeticiones suaves, frases que parecen dichas más para escucharse que para leerse y una permanente nostalgia por el mundo que desaparece.
En cambio, «El genio de la computadora» muestra un rostro distinto del autor. Allí aparece un Arpasi más irónico, casi burlón, dispuesto a jugar con lo absurdo contemporáneo y con las pequeñas miserias humanas. El relato principal convierte a la tecnología en una amenaza casi fantástica, un «genio» maligno oculto entre fierros obsoletos y programas olvidados. Pero detrás del humor permanece el mismo tema de siempre: la fragilidad humana frente a aquello que no comprende del todo. El libro parece escrito desde una mezcla extraña de fascinación y desconfianza hacia la modernidad.
«La última danza de Anselma y otros relatos de mi tierra» se mueve en otro registro. Sus relatos están atravesados por la memoria sentimental y el amor tardío, pero también por la muerte y la despedida. Los personajes de Arpasi nunca terminan de abandonar el pasado; viven perseguidos por recuerdos que regresan constantemente como si el tiempo no avanzara de manera lineal, sino circular. En varios cuentos, Moquegua deja de ser solamente escenario para convertirse en una especie de territorio emocional donde la infancia, la pérdida y la añoranza conviven permanentemente.
Finalmente, «Los cuentos del profesor Arpasi» reúne relatos donde el autor parece reírse un poco de sí mismo y del oficio de escribir. Allí aparece el viejo maestro provinciano que observa el mundo con ironía, consciente quizá de que la literatura también puede ser una manera de combatir la soledad. Sus personajes hablan como la gente común; exageran, bromean, recuerdan y sufren sin solemnidad. Arpasi no escribe desde la pretensión académica, sino desde la memoria cotidiana.
Mientras hojeo los libros, él vuelve a sonreír. Su rostro caricaturesco se ilumina otra vez, como si estuviera a punto de decir algo importante.
—Ya nos vemos, «escribidor» —me lanza antes de irse.
No termino de entenderlo. Ya me habían advertido que el profesor Arpasi tenía esas jugarretas verbales, esa costumbre de esconder el afecto detrás de la ironía.
Cuando se marcha, abro algunos de los libros dedicados. En ciertos ejemplares escribe frases sobrias y previsibles: «Para mi colega escritor». En otros deja palabras más afectuosas, pequeños gestos de complicidad. Pero una dedicatoria termina por arrancarme una carcajada involuntaria. Con letra temblorosa escribió:
«Para Mario Vargas Llosa, gran escritor de Moquegua».

