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La plaza de armas de Moquegua (II)

POR: GUSTAVO VALCÁRCEL SALAS

ARREGLOS SIGNIFICATIVOS

Un cambio sustancial en el ornato de la población, en particular en el aspecto de la plaza, se debe al diligente abogado español Francisco de Paula Páez, subdelegado entre 1809 a 1812. Gracias a él se trabajaron veredas alrededor de la plaza que acabó totalmente empedrada, se canalizaron las acequias con piedra de mampostería y se colocaron pilones en las esquinas para el mejor abastecimiento del vecindario. A él se debe la construcción del moderno local de la cárcel que ocupa medio frente del lado sur. En general, esa preocupación la tuvo por mejorar el ornato de toda la villa, las calles fueron enlosadas y empedradas. Así lo confirma el presbítero Antonio de Pereira y Ruíz en su visita a Moquegua poco después de 1814. En su Noticia de Arequipa (1816) escribe que a Páez se debe “la singular policía que se nota en esta villa y sus caminos. Sus calles están todas enlosadas y bien empedradas, con una acequia de agua corriente día y noche, que sirve para la misma limpieza de ellas. Sus paseos y caminos a las haciendas están bien limpios, y sus puentecitos necesarios, de manera que se singulariza Moquegua de las demás poblaciones de este obispado” (Arequipa). Páez fue destituido en medio de una fuerte polémica que dividió al vecindario entre quienes lo defendían por la labor desarrollada en beneficio de la villa y quienes lo acusaban por su duro e implacable carácter, entre otros cargos ¡quién sabe si veraces!

Los arreglos no son eternos, más aún cuando la ciudad acumuló los terremotos de 1831 y el de 1833, más fuerte y devastador, que ocasionaron serios daños en la población. Tres lustros después el general de brigada Juan Antonio Pezet se desempeñaba como prefecto, estuvo presente en los desastres de Torata y Moquegua en la campaña a puertos Intermedios, gracias a su gestión se empedró toda la plaza lo mismo que las calles; además, como el acueducto que conducía el agua a la pila presentaba desperfectos, lo hizo arreglar y cubrir con piedra. Por la urgencia y necesidad de estas obras, se vio obligado a tomar el dinero que estaba destinado para la tumba de mármol del gran mariscal don Domingo Nieto, los cimientos de este mausoleo ya se habían trabajado en el cementerio. Se aceptó el desvío de fondos porque asumió el compromiso de continuarlo pronto. Los trabajos del mausoleo no se reanudaron nunca.

VECINOS ILUSTRES

Es en la época de Páez cuando la plaza empieza a tener el perfil arquitectónico que le conocemos hoy. En la esquina que ocupa la casa del Correo en el siglo XVIII tenía su vivienda la linajuda familia de los Arguedas y Angulo que, con sus veintiséis metros de fachada por el lado de la plaza, colindaba con la cárcel; por la otra calle, con treinta y cinco metros, hacía frente al templo Santo Domingo. En 1775 fue comprada por la distinguida dama doña Manuela Fernández de Córdova y Rendón junto a su esposo don José Fernández Cornejo; en 1791 se la asigna a su hija María Bernarda que fue casada con Tomás Moreno Chocano. Fueron ellos los que la convierten en dos viviendas. La de la esquina fue heredada por su hijo José Santos Chocano, abuelo del poeta homónimo aclamado como el cantor de América quien años más adelante, en carta enviada a su tío José Benigno, anunciaba su llegada a Moquegua para visitar a la familia, que vivía en la otra esquina en la espaciosa casa que antes fuera de Nicolás Jacinto Chocano. La siguiente casa es de la familia de la Flor.

En la vivienda de los Chocano, que en el siglo XX tuvo como nuevo propietario a la familia Jiménez Gómez, hace más de un siglo empezó a funcionar la oficina del Correo, casa de amplio balcón a la plaza, coronado por un largo mojinete trapezoidal. Con un linajudo historial de propietarios y siendo ya oficina pública, no es de extrañar que, en cierta ocasión, al hacerse trabajos de remodelación, se encontrara un “entierro” de invalorables monedas de oro, libres del temido y fatal “antimonio”, cuyo monto y destino se olvidaron con el tiempo junto a las lamentaciones de su anterior propietario que nunca sospechó del “tapado”. Más sorprendente fue el día aquel de hace medio siglo, cuando en la ciudad entera se comentaba que una pava encontrada a media noche merodeando por la histórica pila fue llevada al calabozo. Al día siguiente, en su lugar, encontraron a una dama. Prodigiosa metamorfosis que en todos los tonos matizó el humor local larga temporada. ¡O tempora o mores!

En las casas edificadas en el entorno de la plaza podemos seguir la evolución de la arquitectura local y a través de la historia de sus propietarios atisbar la de nuestra sociedad. A mediados del siglo XVIII, en la casa que hace esquina frente a la imagen de La Soledad, hubo una penosa sucesión de desenfrenados celos, adulterium infraganti y doble sepelio que involucró a familias de la más rancia solera. Pocas décadas después la vivienda pasó a los Landa Vizcarra, de ellos Tomás y Bernardo fueron próceres de la independencia nacional; en el siglo XIX pasó a poder de doña María Martina Fernández Cornejo y Fernández de Córdova consorte de don José Carlos de Mendoza y Arguedas, quienes a sus expensas mandaron construir con piedra de cantería el magnífico hospital, esta casa es hoy de los Ghersi; en ella se aprecia, en sus dos fachadas, los mojinetes trapezoidales. En la esquina del frente está la que fue vivienda de José Santiago de la Flor, —nieto del conde de Alastaya cuya casa señorial quedaba en el siglo XVIII a espaldas de la Matriz, en el sitio que fuera reservado para la casa cural—; en el siglo pasado fue la popular botica Francesa del recordado Carlos Alberto Fernández Dávila —conocido por sus amigos como “el Francés”— que luce mojinete triangular, que son los de más antigua data; tipología constructiva introducida seguramente desde el siglo XVII. El mojinete, en sus dos estilos, es la expresión más característica de la arquitectura moqueguana cuyo inconfundible perfil se luce en las casas que circundan la plaza.

LA CÁRCEL

Con el paso de los años algunos ambientes del moderno y espacioso local de la cárcel, por la escasez de inquilinos, fueron cambiando de uso. En un momento del siglo XIX sirvió de prevención y cuartel; posteriormente, en la esquina, fue la sede del Cabildo, lugar que ocupó a principios del siglo XVIII. Antes que se construyera el moderno local, en ese lejano tiempo se produjo un memorable incendio que destruyó parte del viejo archivo; se estima que aquí se perdió el acta de fundación de la villa, entre otros valiosos documentos. En el pasado siglo una parte se convirtió en la recordada escuela de párvulos de Bayarri, conocida por la férrea disciplina que imponía en sus métodos educativos doña Josefa Bayarri, acompañada de doña Rosa Vera Tudela cuyo dulce trato obraba como apósito en una época cuando la paliza era consideraba el método más eficaz de lograr una buena disciplina, entendida como obediencia ciega; y se inculcaba que ante los mayores acatar, callar y nunca preguntar era una cultivada virtud. A la habitación de la esquina se la recuerda como el más frecuentado y artístico estudio fotográfico de Julio Bayarri, que desde fines del siglo XIX con sus descendientes prestó servicios hasta buena parte del siglo XX.

Para salvar el marcado desnivel que notoriamente ha presentado la calle del lado sur, se construyeron gradas para acceder a la vereda de la plaza, que por estar en la parte baja se le conoció como “el fondeadero”. Gradas que a inicios de la década de 1950 fueron reemplazadas por un muro, para ser felizmente restablecidas este año.

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