POR: JORGE ACOSTA ZEVALLOS (ECONOMISTA DEL CEOP ILO)
Para abordar la compleja arquitectura económica de Moquegua, es imperativo desglosar las cifras que arroja el Compendio Estadístico 2025 bajo una lente crítica. La columna del empleo revela una estructura profundamente atomizada y de baja especialización masiva: casi el 50% de la fuerza laboral se refugia en el sector servicios y un 17.4% en el agropecuario. Esto significa que dos tercios de los trabajadores moqueguanos operan en actividades que, en conjunto, apenas rozan el 14% del Producto Bruto Interno (PBI) regional.
En la acera opuesta, la columna del PBI exhibe una concentración de riqueza casi monacal, donde la minería y la manufactura —esta última ligada estrechamente a la fundición y refinación de metales— generan el 76.6% del valor económico, pero solo absorben al 28% de los ocupados. Esta asimetría no es una simple estadística; es la radiografía de una economía de “iniquidad” que produce riqueza a niveles de primer mundo, pero distribuye oportunidades laborales con la precariedad de una economía en vías de desarrollo.
LA PARADOJA MINERA
Moquegua habita la “paradoja minera” no por falta de recursos, sino por un fallo estructural en la transmisión de esa riqueza hacia la economía real. El PBI de otros sectores no crece porque la minería moderna es una actividad intensiva en capital y tecnología, no en mano de obra masiva.
Por ejemplo, una vez terminada la fase de construcción de proyectos como Quellaveco, la demanda laboral se desploma y se especializa al extremo, dejando fuera al grueso de la población local. El empleo se desborda en el sector servicios no por una señal de dinamismo, sino como un mecanismo de supervivencia y refugio ante la incapacidad de la industria para absorber trabajadores. Es aquí donde surge el fenómeno del subempleo y la informalidad en pequeñas unidades de comercio y hostelería que viven de las “migajas” del consumo minero, pero que carecen de capacidad de acumulación de capital para dar saltos tecnológicos.
EL ESTANCAMIENTO AGRÍCOLA
La agricultura moqueguana es el rostro más doloroso de esta paradoja. A pesar de décadas de ingentes recursos por canon y regalías, y de proyectos de irrigación que parecen eternos en su ejecución, el sector permanece estancado en una productividad de subsistencia.
El flujo de dinero público no se ha traducido en una verdadera innovación empresarial agrícola porque el canon se ha destinado mayoritariamente a infraestructura de cemento y no al fortalecimiento de cadenas de valor, biotecnología o acceso a mercados globales para el pequeño productor. Esto explica la “fuga de cerebros”: los jóvenes universitarios y técnicos, formados con las mejores expectativas, no encuentran en Moquegua un ecosistema que demande su talento.
El sector minero-industrial, por competitividad, solo requiere a una élite técnica, mientras que el resto de la economía local ofrece bajos salarios y pocas oportunidades profesionales. Moquegua termina exportando su capital humano más valioso, financiando indirectamente el crecimiento de otras regiones mientras su propia diversificación productiva sigue siendo un discurso de campaña.
ROMPER LA DEPENDENCIA RENTISTA
Salir de esta paradoja exige romper el cordón umbilical de la dependencia rentista. No basta con recibir el canon; se requiere una reingeniería de la inversión pública hacia “activos blandos”: educación de vanguardia conectada con la industria, centros de innovación tecnológica y el fomento de clústeres que transformen el metal o los productos agroindustriales con valor agregado antes de salir de la región.


