POR: ABOG. JESUS MACEDO GONZÁLES
A propósito del Día del Abogado, celebrado recientemente, resulta pertinente reflexionar sobre la paradoja de ejercer el derecho en un entorno social que parece caminar en sentido opuesto a la justicia. Nuestra labor suele estar rodeada de mitos y prejuicios: que, si buscamos «convertir al culpable en inocente», que, si «la ley solo favorece al que tiene billetera» o la clásica frase de «hecha la ley, hecha la trampa». Estas falacias desdibujan la verdadera labor de un profesional del derecho.
Hace unos años, una ex patrocinada me pidió defender a su medio hermano, acusado de violación. Al revisar el expediente, los hechos eran crudos: el consumo de alcohol, una relación sexual en un parque con un tercero presente y una denuncia de auxilio inmediata. Incluso existía un espermatograma que confirmaba la consumación del acto.
Al visitarlo en prisión, el imputado negó todo, culpando a su amigo pese a las pruebas y testimonios en su contra. No me miraba a los ojos. En ese momento, decidí desistir de la defensa por ética profesional. Un abogado no está para validar una mentira cuando la evidencia es incriminatoria. Mi labor podría haber sido buscar una atenuación de la pena basada en su historia personal o su estado de embriaguez —argumentos técnicos válidos—, pero jamás construir una defensa sobre la falsedad. Podemos asesorar para guardar silencio, pero nunca para mentir.
Históricamente, el imaginario colectivo nos ve como gladiadores de saco y corbata, listos para la trinchera del estrado. Lo que es peor, muchos abogados creen que la esencia del abogado es solo el litigio. Sin embargo, la modernidad nos exige ser puentes, no muros. Además, seamos honestos: nos llaman «doctores» cuando la mayoría no ostenta ese grado académico, una costumbre que a veces alimenta el ego por encima del servicio.
Debemos entender que el litigio debe ser la última ratio, el último recurso. Muchos patrocinados reniegan, y con razón, no solo por los honorarios, sino por un sistema judicial que ignora la celeridad procesal so pretexto de la carga laboral. Al final, el abogado termina siendo el «chivo expiatorio» de la ineficiencia del Estado.
El abogado no es un vendedor de papel impreso; es un custodio y promotor de los deberes y derechos humanos. La ética no puede ser una asignatura que se archiva tras el examen final; debe ser el aire que se respira en cada estudio jurídico y el estilo de vida de un abogado debe ser no solo caminar derecho, sino también lograr que la ley no esté escrita en piedra, y educar a la gente para que crea en ella y exija su cumplimiento.
Por eso, un buen abogado hoy debe ser, ante todo, un gestor de paz y promotor de los derechos humanos, combatiendo las injusticias de esta sociedad. Un abogado que soluciona un conflicto familiar en una mesa de negociación, ahorrando años de estrés y dinero a sus patrocinados, vale mucho más que uno que estira un proceso hasta el infinito.
Pero muchos jóvenes que inician esta carrera en la universidad viven el peligro del «mercantilismo» jurídico, ya que ingresan a las facultades de Derecho con los ojos brillantes, soñando con «hacer justicia» y cambiar el mundo. Sin embargo, el sistema es una fiera difícil de domar.
El mundo cambió y los códigos ya no pueden ser solo tomos de cuero llenos de polvo. Hoy necesitamos especialistas que entiendan los problemas del siglo XXI. Especialistas en derecho ambiental, ya que no basta con querer a la naturaleza; se necesitan abogados que sepan cómo litigar contra la contaminación de un río o gestionar bonos de carbono. También abogados especialistas en gestión pública, que entiendan que el Estado no es una empresa privada y que cada sol público debe protegerse bajo normas de transparencia y debe servir al ciudadano.
La realidad nos dice que la violencia contra los niños no ha sido disminuida; por lo tanto, se necesitan especialistas en derecho del niño, niña y adolescente que no vean a los menores como «objetos» de custodia, sino como sujetos de derecho con voz propia. Ahora que estamos en elecciones, se requieren especialistas en derecho electoral y parlamentario, con el objetivo de que nuestras leyes no salgan con errores de redacción y para que la democracia tenga árbitros que entiendan las reglas del juego político. Ni qué hablar de otras especialidades como la propiedad intelectual y empresarial, considerando que estamos en la era de la inteligencia artificial y los startups: proteger una idea o estructurar una empresa es vital para el desarrollo económico.
Ser abogado hoy no es saberse la ley de memoria, es tener la sensibilidad para aplicarla con humanidad y ética en un mundo de ilegalidades, mentiras y corrupción. Necesitamos que las nuevas generaciones recuperen ese fuego sagrado de la justicia y que entiendan que su firma en un papel tiene el poder de arruinar o salvar una vida. Menos expedientes acumulados y más soluciones reales; ese es el reto.

