¿Conocemos realmente al adolescente moqueguano? ¿Es irresponsable, rebelde o irrespetuoso?

La adolescencia posee potencialidades: desarrollo del pensamiento, creatividad, capacidad para cuestionar, adquisición progresiva de autonomía, formación de identidad y posibilidad de asumir responsabilidades cada vez mayores.

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POR: SAMUEL BRYAM ORIHUELA CONDORI

“Es rebelde porque es adolescente”, “a esa edad no escuchan”, “adolece de madurez” o “ya se le pasará cuando crezca” son expresiones que probablemente hemos escuchado más de una vez. Sin embargo, antes de atribuir determinadas conductas a una etapa de la vida, considero necesario hacernos una pregunta: ¿conocemos realmente al adolescente o conocemos los mitos que hemos construido alrededor de él?

Existe, desde el inicio, una confusión que merece aclararse. Adolescencia y adolecer no significan lo mismo ni poseen el mismo origen etimológico. La voz adolescente procede del latín adolescens, vinculada al verbo adolescere, que significa “crecer” o “desarrollarse”; adolecer, en cambio, se relaciona con padecer, sufrir.

A título personal, esto me lleva a recordar una conocida frase: “Lo que uno siembra, cosecha”. No pretendo afirmar con ello que los padres determinen completamente aquello que llegará a ser un hijo. Cada persona posee capacidad de decisión y, además de la familia, intervienen la escuela, las amistades y el entorno social. No obstante, tampoco podemos pensar que el adolescente llega a esta etapa como una hoja en blanco.

Los propios estudios desarrollados en Moquegua nos permiten aproximarnos a esta realidad. Balbuena Gonzales y Chipana Quiñones (2024) estudiaron a 148 alumnos de entre 14 y 18 años de tercero, cuarto y quinto de secundaria de la Institución Educativa (I. E.) Juan Bautista Scarsi Valdivia, en Samegua. En sus resultados generales predominó el estilo de socialización parental autorizativo, con 44,2 %, seguido del indulgente, con 28,8 %; el negligente, con 13,9 %, y el autoritario, con 13,1 %. Los autores caracterizan al estilo autorizativo predominante por la presencia de límites claros, comunicación, autonomía y participación progresiva en la toma de decisiones.

Estos resultados son importantes porque muestran una realidad más compleja que aquella imagen del adolescente permanentemente enfrentado con sus padres. Naturalmente, al tratarse de una institución educativa específica, no corresponde generalizar estos porcentajes a todos los adolescentes de Moquegua; pero sí constituyen una evidencia local que merece ser observada.

En esa misma línea, Escalante Flores, Valeriano Diaz y Quispe Vizcarra (2025) investigaron a 130 adolescentes de entre 15 y 17 años de una institución educativa pública de la ciudad de Moquegua. Encontraron que el 57,69 % presentaba un nivel medio de clima social familiar y el 62,31 %, un nivel medio de habilidades sociales. Asimismo, determinaron una relación estadísticamente significativa entre el clima social familiar y las habilidades sociales. Esto no significa que la familia determine por sí sola cómo será un adolescente, pero sí respalda una idea fundamental: el entorno familiar importa.

Ahora bien, hablar solamente de dificultades también sería caer en otro estereotipo. La adolescencia posee potencialidades: desarrollo del pensamiento, creatividad, capacidad para cuestionar, adquisición progresiva de autonomía, formación de identidad y posibilidad de asumir responsabilidades cada vez mayores.

Tal vez, entonces, deberíamos dejar de preguntarnos únicamente cómo “controlar” al adolescente y comenzar a preguntarnos cómo acompañarlo mientras crece. Necesita límites, pero también comunicación; orientación, pero igualmente oportunidades para asumir responsabilidades; corrección cuando corresponda, pero sin colocarle anticipadamente la etiqueta de rebelde, irresponsable o problemático.

Ser adolescente no significa adolecer. Significa crecer. Comprenderlo no implica justificar todas sus conductas, sino reconocer que detrás de aquello que vemos hoy existe una historia de desarrollo, una familia, una educación, un entorno y, sobre todo, una persona que todavía está formando buena parte de quien llegará a ser.

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